Pero como esa noche tenían que discutir cosas muy serias, dejaron la charla para otro momento. Lo primero era buscar un escondite seguro para el ópalo y la esmeralda.

El trabajo le hubiera llevado a cualquiera cinco minutos. Pero habiendo cuatro hombres juntos, les llevó una hora y media.

Cuando terminaron de taladrar el agujero en la pared, Justin subió por la escalera que había en el vestíbulo de entrada. El cartel con el logotipo del Club, Liderazgo, Justicia y Paz, estaba tumbado de lado en el suelo. Y de pronto todos se quedaron en silencio.

Cada uno de ellos le echó una última mirada al ópalo negro y a la esmeralda, antes de que las dos piedras fueron envueltas en terciopelo blanco e introducidas en una fina caja de metal. Con el taladro habían hecho un agujero lo suficientemente grande para meter la caja, de modo que después de hacerlo, lo único que quedaba era colgar el cartel de nuevo.

– No podríamos haber buscado mejor sitio -dijo Matthew-. Quiero decir, a la larga tendremos que buscar un lugar más seguro para las piedras. Pero hasta que averigüemos qué ha sido del diamante rojo, este es ideal. Muy simbólico. Hemos hecho bien.

– Ojalá que los problemas relacionados con el accidente y el robo de las joyas fueran tan fáciles de resolver.

Barrieron, lo recogieron todo y guardaron la caja de herramientas. Sin embargo, terminaron todos de vuelta en el vestíbulo de entrada. Para ellos el cartel nunca había sido un símbolo de mal gusto, sino un recordatorio de los votos genuinos que habían hecho para ayudar a los demás cuando se habían unido al Club de Ganaderos de Texas. En ese momento, se sentían todos frustrados por no poder cumplir esa promesa.

– Cuanto más nos adentramos en este lío, menos sentido tiene -gimió Dakota.

– Repasemos lo que sabemos -sugirió Matthew-. Aún no se sabe nada de la identidad del asesino de Monroe, ¿no?

Aún no se sabía nada, y el diamante rojo seguía faltando. De momento, los hombres no tenían pruebas que pudiera conectar el accidente de avión con el robo de las joyas; pero el ladrón de estas tenía que ser sin duda uno de los pasajeros del avión de Asterland. Klimt, uno de los que podría haberles dado alguna respuesta específica de lo ocurrido, continuaba en coma.

– Bueno, algo tendrá que surgir -dijo Matthew-. Parte del problema es que ninguno de nosotros soportamos bien la frustración. Estamos acostumbrados a salir y hacer lo necesario para arreglar las cosas. Tener que esperar es, en parte, lo que nos está volviendo locos.

– También dudo de que haya una piedra tan única en todo el mundo como nuestro diamante rojo. Aunque apareciera en el mercado negro, se armaría un revuelo en cuanto eso pasara… si es que no damos con otro modo de encontrarla antes.

– Sí. El diamante rojo es la clave para resolver el resto -dijo Ben pensativamente-. ¿Justin? Justin se volvió hacia ellos con rapidez.

– Estoy de acuerdo con todos vosotros. Tan solo nos va a llevar un poco más de tiempo. Ninguno de nosotros ha aceptado jamás un fracaso y no lo vamos a aceptar ahora.

Los demás coincidieron calurosamente, pero Ben seguía mirándolo con el ceño fruncido.

– Estabas pensando en algo. Estabas mirando el cartel fijamente. ¿Se te ha ocurrido algo?

– Sí, se me ha ocurrido una cosa.

Justin no podía explicárselo a nadie. Pero aquella extraña manifestación había tenido lugar cuando le había echado un último vistazo al ópalo y a la esmeralda. De repente el corazón había empezado a latirle como un tambor, con inquietud, con miedo. La piedra que faltaba era la razón. El diamante rojo siempre había sido para todos el verdadero talismán de la causa del grupo. No porque fuera la más valiosa de las tres, sino porque representaba el liderazgo y el honor que debía tener todo hombre bueno.

Y los fuertes latidos de su corazón continuaron el sordo golpeteo. Recuerdos de Bosnia cruzaron su mente. Había tenido en mente un objetivo tan heroico cuando se había ido allí voluntario. Había querido ayudar, salvar a personas. Y en ese momento había sido lo suficientemente egoísta para pensar que era la persona ideal para hacer aquel trabajo; que era uno de los mejores médicos que había.

Solo que había aterrizado en una pesadilla. Paciente tras paciente había sufrido graves heridas a causa de las bombas, los tiros y la metralla. Pero las condiciones fueron horribles. A veces no había medicinas. A veces no había calefacción, ni electricidad; maldita sea, a veces ni siquiera agua corriente. El poseía la capacidad, pero no los medios para salvarlos. Y todos los pacientes, uno tras otro, habían muerto, hasta que Justin había empezado a sentir que se rompía por dentro. Tal vez no fueran sus fallos los que causaran las muertes, pero seguían siendo fracasos. Seguía siendo insoportable. Y cuando había vuelto a casa, se había especializado directamente en cirugía plástica, alejándose de cualquier especialidad en la que los pacientes murieran.

Hacía mucho tiempo que le había visto el sentido.

Le había visto el sentido hasta que le había pedido a Winona que se casara con él. Durante todos aquellos años había rezado para que Winona pudiera amarlo, pero una vez que ella había cedido a esos sentimientos… ah, bueno, Justin sabía exactamente por qué su corazón parecía vacío. Porque lo estaba. Tenía miedo de fallarle a Winona. Miedo de no ser ese hombre fuerte y honorable que ella parecía pensar que era; el hombre fuerte y honorable que Justin ya no estaba tan seguro ser.

Ben le agarró del hombro.

– A ti te pasa algo. ¿Quieres sentarte aquí? ¿O encontrar un sito donde quieras hablar?

Matthew se acercó a ellos.

– ¿Justin, qué te pasa? Cuéntanoslo. ¿Qué podemos hacer por ti?

– Nada.

No sabía si se sentía más aliviado o más preocupado de que por fin supiera por qué fijar la fecha de la boda lo tenía tan agobiado. Desgraciadamente, eso no quería decir que tuviera idea de qué hacer al respecto.

De repente sonó el teléfono, asustándolos a los cuatro. El recibidor más próximo estaba en el despacho del club, y Justin aprovechó la oportunidad para alejarse de sus amigos, por muy buenas intenciones que tuvieran.

– ¿Justin? Ay, gracias a Dios que te encuentro ahí… -era Winona, pero su voz no sonaba como siempre; a pesar de que ella siempre mantenía la cabeza fría cuando había una crisis, en ese momento su tono de voz era agudo y lleno de pánico-. Te necesito. Ahora mismo. Angela no respira bien. Le pasa algo malo. Tengo miedo de llevarla al hospital, miedo de hacer algo que pudiera hacerle empeorar…

Justin no tuvo que pensar. Winona lo necesitaba.

– Estaré allí en cinco minutos. Te lo prometo.


Capítulo Once

Winona había pasado miedo antes, pero no como en ese momento. A última hora de esa tarde había averiguado quién era la madre de Angela. En ese momento había pensado que no habría nada más importante o traumático que eso; pero se había equivocado.

En ese momento paseaba con el bebé en brazos porque tenía demasiado miedo para hacer otra cosa. Había vuelto a casa del trabajo y preparado algo de cena antes de preparar a Angela para dormir. Y todo había ido bien hasta que el bebé se había despertado, haciendo unos ruidos como si se estuviera ahogando.

Tenía miedo de acostarla. Miedo de que tenerla en brazos pudiera perjudicarla. Cuando se había entrenado para policía le habían enseñado primero auxilios, ¿pero qué había en aquel manual que sirviera cuando era su bebé el que sufría?

Winona oyó el ruido de la puerta de entrada.

– ¿Justin? ¡Estoy aquí! ¡Corre!

Quería prepararse antes de verlo, porque sabía que le dolería. Winona no tenía ni idea de lo que ese hombre estaba pensando, pero dos días atrás había sumado dos y dos. Durante días había estado presionándola para que se casara con él. Pero cuando había llegado el momento de fijar una fecha, se había echado atrás en más de una ocasión.

Había empezado a ver cuánto se preocupaba Justin; cuánto le había ocultado; cómo sería como padre, lo buen amante que era y todo el amor que llevaba dentro.

Solo que con todo ello había conseguido que se enamorara de él perdidamente. Prácticamente la había obligado a enamorarse de él total, profundamente. ¿Para después arrepentirse llegado el momento de fijar fecha?

Dios, cómo dolía. En realidad le dolía tanto que llevaba dos noches seguidas sin dormir apenas. Pero en ese momento no había tiempo para mostrar su dolor o su rabia. Solo tenía una cosa en la cabeza: el bebé.

Le oyó quitarse la cazadora antes de entrar en el cuarto de la niña.

– Lleva ya veinte minutos ahogándose como ahora. Tal vez debería haberla llevado al hospital, pero no entendía lo que pasaba; tampoco quería sacarla con el frío que hace, por si se ponía peor. Pero me doy cuenta, está claro, de que le pasa algo. No respira bien…

– Sigue hablando. Sigue contándome todo lo que le ha pasado.

– La puse a dormir hará unos cuarenta y cinco minutos. Ha pasado el día bien; bien del todo. Y se quedó dormida inmediatamente, pero fue como si se hubiera tragado algo, porque de repente empezó a toser. Yo estaba en la cocina y eché a correr hacia su cuarto. La levanté en brazos y empecé a darle palmadas en la espalda, pensando que podría ayudarla a que expulsara lo que fuera…

– ¿Y echó algo? -le preguntó Justin en tono tranquilo, pero con urgencia.

– No. Pero debió de echarlo. Porque después ya no parecía que se ahogara tanto. Siguió como está ahora. Ya ves lo mal que lo está pasando para respirar. Está casi azul…

– ¿Has llamado a un pediatra?

– No, por supuesto que no. Te he llamado a ti. Quería que vinieras tú.

– Win, vamos, sabes que yo no estoy especializado en bebés…

– Conoces la medicina como nadie. No hay nadie como tú.

– Maldita sea, Winona. No sabes lo que me estás pidiendo.

Fue algo tan raro por su parte decirle eso, que Winona levantó la cabeza. En ese momento ella y él no importaban. Lo importante era el bebé… pero de algún modo todo su dolor se desvaneció. No sabía por qué se había acobardado en el momento de fijar la fecha de boda, pero desde luego no era por falta de amor. Vio cómo la miraba. En sus ojos había una mirada tierna y llena de amor, fijada en la suya durante un largo segundo, antes de volverse a centrarse en el bebé.

Le quitó el bebé de los brazos y la tumbó sobre la superficie plana de la cuna. Con dedos ágiles y suaves le quitó la ropa y empezó a examinarla sin dejar de murmurarle.

– ¿Qué quieres decir con que no sé lo que te estoy pidiendo? -le preguntó en voz baja.

– No me puedo arriesgar a que le ocurra algo a Angela. A ella no. No puedo, Winona, maldita sea. Lo digo en serio. Ya no me dedico a esto.

Ella escuchó sus palabras, pero no tuvieron sentido; Justin ya estaba ocupándose de Angela del modo más competente posible.

Y nada más entrar por la puerta, Winona había dejado de sentir pánico. Bueno, casi. Aún estaba nerviosa y le temblaban las rodillas.

Pero si había alguien que pudiera salvar a un bebé, ese era Justin. Si alguien podía ayudar a Angela, Justin encontraría el modo de hacerlo. Si confiaba en alguien, y no había muchos en su lista, era en Justin.

– Enciende la lámpara -dijo en voz muy baja-. Tráeme el maletín negro y ábrelo, ¿quieres? Y después tráeme una paja de la cocina, ¿vale? Date prisa.

En su voz no oyó pánico, nada que pudiera causarle preocupación, pero instintivamente entendió que debía apresurarse. Volvió al poco tiempo con lo que le había pedido.

– Sabes lo que le pasa, ¿verdad?

– Sí -dijo-. Es la ballena.

– ¿Eh?

– El peluche. Nada más tumbarla en la cuna vi que el peluche tenía unos puntos sueltos, y que se le salía un poco de pelusa del relleno. Me da la impresión de que se ha metido un poco en la boca. Y seguro que le has estado dando palmadas ahí -señaló hacia la izquierda de la moqueta-, porque ha escupido un poco.

– Oh, Dios mío. ¿Crees que se ha tragado la pelusa? ¿Por eso le cuesta respirar? ¿Podría ser venenoso? ¿Podría…?

– Win.

– ¿Qué?

– Necesito que me escuches.

Ella tragó saliva.

– Te estoy escuchando.

– Esto no va a ser agradable. Aún tiene un poco de pelusa en la garganta. Esto es lo que le está obstruyendo el paso del aire. Tengo que sacarlo. ¿Winona?

– ¿Qué?

– Te quiero. Y te prometo, te prometo, que va a estar bien. Pero no va a ser bonito ver esto, de modo que quiero que vayas y te sientes en la habitación de al lado.

No pensaba moverse de allí; aunque sí que se tomó unos segundos para agarrar la ballena de peluche y tirarla a la papelera. Él continuó hablando en voz baja para tranquilizar al bebé, pero era a Winona a la que le estaba hablando, avisándola de que tal vez tuviera que hacerle una traqueotomía a Angela si no era capaz de aspirar la pelusa con la paja. De uno u otro modo tendría que sacársela.

Justin tenía razón. Nada de lo que hizo fue agradable a la vista, pero unos minutos después el bebé empezó a toser violentamente. Y entonces todo terminó. Justin se colocó a la pequeña apoyada en el hombro mientras le susurraba en voz baja y miraba a Winona con los ojos empañados.

– Ya puedes ir diciendo a nuestra hija que no vuelva a asustarme así -dijo Justin.

Winona deseaba abrazar a Angela, pero dejó que Justin siguiera con ella en brazos. Ella cambió las sábanas de la cuna por si quedaba algún resto de pelusa. Cuando todo estuvo listo y las luces apagadas, eran más de las doce. Justin le había puesto a la niña un pijama suave y caliente, y en ese momento Angela roncaba dulcemente. La tumbó en la cuna, pero ninguno de los dos quiso retirarse inmediatamente.

Quince minutos después, los dos seguían allí junto a la cuna, a pesar de que Justin había dicho tres veces que ya no había razón para preocuparse.

– Y duerme como un ángel -concedió Winona-. Vamos, es una tontería que nos quedemos aquí. Es hora de que nos acostemos y durmamos un poco.

– Ve tú. Yo me quedaré vigilándola un poco más.

– No, ve tú.

– No, tú.

A las dos de la madrugada, Winona se despertó en una mecedora junto a la cuna de Angela… y al momento vio a Justin a su lado en otra mecedora que había llevado antes. Tenía el cuello torcido como ella, y cara de cansado.

Winona sonrió mientras lo miraba. La amaba. Y también a Angela. No sabía lo que le había pasado unos días atrás, pero Winona sabía cuál era la verdad.

De repente, Justin abrió los ojos, como si hubiera sentido que ella estaba despierta y observándolo. Con la misma rapidez, se puso de pie y se inclinó para mirar al bebé, para ver si estaba tranquilo. Entonces se irguió y se frotó la cara con una mano.

– Está bien. Es una tontería que sigamos aquí, Winona. Nos hace falta dormir un poco a los dos.

– Lo sé -dijo, pero no se movió ni él tampoco-. Con todo lo que ha pasado, no he tenido oportunidad de decirte algo, Justin. Ya no hay razón para que te cases conmigo.