– Oh, sí, claro. Lo recuerdo.

En realidad, Justin no tenía idea de quién era aquel hombre, pero siguió estrujándose el cerebro para intentar situarlo en su memoria. Klimt, Klimt… Estaba casi seguro de que alguien le había dicho que Robert Klimt era un miembro de la Cámara baja del Parlamento de Asterland.

– Estaba preguntándole al señor Monroe por el cartel que hay en el vestíbulo de entrada -Klimt señaló el logotipo que rezaba Liderazgo, Justicia y Paz-. He oído decir que ese eslogan viene de un suceso histórico de la ciudad. Tengo entendido que hay una romántica leyenda acerca de Royal en la que también hay algo relacionado con unas joyas, ¿no esa así?

– Oh, sí, sí.

Riley rellenó el vaso de Justin haciendo una fioritura, y seguidamente se volvió para sacar la botella de schnapps de importación de Klimt. Actos seguido, empezó a relatar la historia por la que el señor Klimt se había interesado.

La orquesta había empezado a interpretar un vals antiguo. Aaron Black pasó bailando junto a él con una joven feúcha. Justin creyó reconocerla. ¿Pamela…? No recordaba su apellido. ¿Sería una profesora? Se la veía muy tímida, muy formal.

Mejor aún que no estuviera bailando con Win. Justin paseó la mirada por la concurrencia. Vio a Aaron, vio a Matt, vio a… Por fin volvió a verla. Esa vez estaba bailando con un hombre de pelo negro como el azabache y extraordinarios ojos grises; una fila de blancos dientes brillaban en una sonrisa que rara vez aparecía en aquel rostro… el del jeque. Ben; otro miembro y compañero del Club, gracias a Dios, de modo que Justin no tenía que preocuparse de que no estuviera con algún caballero.

Confiaba en Ben lo mismo que confiaba en Aaron y en Matt. Les confiaría su vida. Pero confiarles a una mujer soltera y atractiva era harina de otro costal; sobre todo porque los hombres no tenían ni idea de lo mucho que él la quería.

Ni lo tendrían.

Toda esa vigilancia Justin la estaba llevando a cabo mientras charlaba con Riley y aquel invitado europeo que parecía tan interesado en conocer más sobre la leyenda más conocida del lugar.

Alguien interrumpió al jeque. Dakota Lewis.

Justin los siguió con la mirada sobre la pista y se vio impelido a sonreír. Dakota no era muy buen bailarín. Win tendría suerte si salía de la pista ilesa. Dakota aparentaba lo que era; no llevaba uniforme, pero su posición de militar retirado quedaba clara en la postura de su cuerpo y en su corte de pelo. A Justin no le preocupó ver a Dakota y a Winona juntos. Desde su divorcio, Dakota no había mostrado interés en ninguna mujer.

El hombre con el que habían estado charlando Riley y Justin se perdió entre los asistentes con su pequeña copa de schnapps en la mano.

Y Justin estaba a punto de hacer lo mismo también… hasta que Winona le llamó de nuevo la atención. Seguía bailando en la pista, pero esa vez con un extraño.

No era un lejano, sino uno de los invitados de Asterland, que Justin no conocía. Observó la manaza del tipo deslizándose por la espalda de Winona hasta el comienzo del trasero.

Ella sonrió al tipo. Y al momento siguiente, se volvió ligeramente y le retiró la mano de donde la tenía colocada.

Justin se movió con inquietud. No eran celos, Dios sabía que conocía todos los estadios de esa emoción en particular. Pero estaba claro que Winona se las estaba arreglando con el tipo; por muy protector que Justin se sintiera hacia ella, lo cierto era que jamás había visto a un hombre al que Winona no supiera manejar.

En realidad, era por esa misma razón por la que tan a menudo la engatusaban para que asistiera a aquel tipo de fiestas. La policía siempre estaba cerca por razones de seguridad, pero no era lo mismo. Lo pocos crímenes importantes que acontecían en Royal tendían a ser robos. De vez en cuando se cometían crímenes pasionales, alguna que otra pelea en el Restaurante Royal, disputas domésticas y ese tipo de cosas. Pero básicamente aquella no era una comunidad con un elevado índice de criminalidad. Aquella era tierra de petróleo. Los que alcanzaban el éxito, lo hacían a lo grande. Y los que no lo hacían, cobraban buenos sueldos, sencillamente porque había suficiente para todos. Los colegios eran de primera categoría, y en toda la zona los servicios eran muy completos. El único «riesgo» de una ciudad pequeña y rica como Royal era que servía de imán para los ladrones.

Razón por la cual Winona era irremplazable en aquellas fiestas. Siempre se presentaba con el mismo provocativo vestido negro, y los mismos sensuales zapatos de tacón alto. Y no enseñaba nada, jamás, pero no había nacido el hombre que se resistiera a acercarse a charlar con ella. Encima de eso, tenía un pronunciado sexto sentido; una intuición especial cuando algo o alguien no era normal.

Y Justin volvió a fruncir el ceño ligeramente. Ningún hombre la estaba mirando en ese preciso momento, y su pareja de baile había dejado de intentar ligar con ella. Pero ella estaba mirando alrededor del salón. Se tropezó aun estando agarrada a su pareja, lo cual no resultaba demasiado sorprendente en ella. Pero fue su manera repentina de moverse, con recelo, en tensión, lo que alertó a Justin y lo empujó a cruzar el atestado salón con la mayor rapidez posible.

Tal vez ella no supiera que Justin estaba enamorado de ella. Tal vez jamás había pensado en él como algo más que un viejo amigo con el que se había criado.

Pensándolo bien, tal vez nunca se diera cuenta de que sus proposiciones de matrimonio eran sinceras.

Pero si Winona estaba en peligro, Justin iba a estar allí junto a ella; lo quisiera ella o no.


Capítulo Dos

Winona estaba metida en un buen lío.

Llevaba dos noches seguidas soñando con la noche de la fiesta del Club de Ganaderos de Texas. Sabía que no era más que un sueño, porque cada vez se destacaban los mismos detalles. En su sueño ella era de una belleza superior, lo cual resultaba muy divertido pero nada realista. Bailaba con gracia sobre la pista, otra cosa que le llevó a pensar que había sido un sueño. Y en esos sueños bailaba y bailaba con una multitud de hombres; todos ellos adorables, todos ellos encantados con cada palabra que salía de sus labios, peleándose para volver a bailar con ella.

De acuerdo, de acuerdo, eran unos sueños bastante ridículos. Pero eran sus sueños, y se estaba divirtiendo de lo lindo con ellos.

Solo que en la versión particular de esa noche, Justin la estrechaba entre sus brazos mientras bailaban el Vals de Tennessee, una de las piezas más sensibleras que existían, y de repente ella estaba bailando desnuda. Y no pasaba nada porque estuviera desnuda, porque ninguna otra persona se daba cuenta, excepto ella…

Y Justin.

Winona se alarmó, pero al instante decidió no preocuparse. Aquello no era real, y como además era un sueño muy divertido, no quería que se terminara tan rápidamente.

Justin no podía apartar los ojos de ella. En realidad, le estaba paseando la mirada desde los dedos de los pies, hasta los ojos.

Sí, lo deseaba.

Siempre lo había deseado.

Winona se alarmó de nuevo… ¡Pero, por amor de Dios! Una chica debería de poder ser sincera consigo misma, al menos en la intimidad del sueño. Justin tenía un aspecto adorable. Era alto y desgarbado, con un acento suave y pausado y unos ojos de mirada sensual que harían temblar a cualquier mujer.

Un vago recuerdo afloró a su sueño. Tenía doce años. Hasta que la familia Gerard la había acogido, nunca había tenido una bicicleta. Acababa de irse a vivir a casa de los Gerard, y aún estaba esperando a que alguien la golpeara, a que alguien la regañara. Ocurriría. No sabía cuándo, pero esa vez desconfiaba, estaba preparada para protegerse. No necesitaba que nadie la vigilara… no era más que la bicicleta. Oh Dios mío, tenía tantas ganas de montarse en ella, y todo el mundo pensaba que sabría hacerlo, a su edad. Pero no era así. Y la primera vez que la había sacado estaba anocheciendo, porque así nadie la vería en la calle.

Y Justin había estado allí cuando se había empotrado contra un árbol. La había ayudado, le había arreglado la bicicleta. Un apuesto adolescente de diecisiete años, de carácter caballeroso, lo suficiente para ablandar el duro, frío y triste corazón de Winona. Le había rozado la mejilla, le había hecho reír. Después, ella había tenido que darle un puñetazo por ayudarla, por supuesto. ¿Qué más podía hacer una niña de doce años?

Winona abrió los ojos. Estaba en una habitación a oscuras. No tenía doce años ni se estaba enamorando de Justin Webb. No estaba bailando desnuda en el Club de Ganaderos de Texas. Solo estaba en su habitación, y el teléfono estaba sonando a las siete de la mañana, según marcaban los números digitales del despertador que había sobre la mesilla.

Nada más ver la hora que era, Winona abrió los ojos como platos. A esas horas solo podían llamarla por una razón. Había algún problema. Y aunque ella tenía un horario de nueve a cinco, cuando se trabajaba con adolescentes problemáticos, la realidad era que los chavales nunca se metían en líos a horas convenientes.

Encendió a tientas la lámpara y descolgó el teléfono.

– ¿Winona?

No era un chaval. Era un adulto. Más específicamente su jefe, desde la comisaría.

– Sabes que soy yo. ¿Qué ocurre, Wayne?

– ¿Sabes el jet que tenía que haber despegado anoche con destino a Asterland? ¿El vuelo donde tenían que viajar todos esos altos dignatarios?

– Sí, claro.

Lo sabía toda la ciudad.

– Bueno pues, algo fue mal. Despegó, y cuando llevaba unos minutos en el aire enviaron un mensaje por radio diciendo que tenían un grave problema. Al momento tuvieron que hacer un aterrizaje de emergencia a quince millas de Royal, en medio del campo. El avión se prendió fuego…

Los detalles no le importaban.

– ¿Y en qué puedo ayudar?

– En realidad, no lo sé.

Winona sabía que a Wayne no le gustaba que ocurriera nada en la ciudad. Tal y como lo veía él, Royal le pertenecía.

– Te estoy llamando desde el lugar del accidente. Esto ha ocurrido hace solo media hora. Primero hemos tenido que sacar a todo el mundo del avión. Solo un par de ellos parecen heridos de consideración, los demás solo están asustados. Pero no tenemos idea de lo que ha pasado.

– Wayne, dime entonces dónde quieres que vaya. ¿Al hospital, allí, a la comisaría?

– Quiero que vengas aquí. Las embajadas han empezado a llamar, también han llamado desde Washington. Tenemos coches de bomberos que han venido desde Midland a Odessa para ayudarnos. Después la mitad de la ciudad, naturalmente, está empezando a pasarse por aquí, y es como intentar detener una avalancha. Si siguen así, las mujeres empezaran a traer pucheros de caldo. Esto es una locura. Tenemos que averiguar cuál fue la causa del accidente, y para hacer eso tenemos que conseguir que todo el mundo salga de aquí para poner un poco de orden. Solo quiero que mi equipo al completo esté aquí. Incluso si…

– ¿Wayne?

– ¿Qué?

– Deja de hablar; estaré ahí en veinte minutos, ¿vale?

Un accidente de avión era algo muy gordo. Conocía de vista a todos los que habían montado en ese avión, que habían estado en la fiesta del Club de Ganaderos de Texas dos noches atrás, y algunos de ellos eran amigos personales de Winona.

Sí, en Royal había algunos robos, alguna que otra pelea y gente que perdía de vez en cuando la cabeza, pero nada fuera de lo común.

De repente, oyó un ruido; un ruido extraño e inesperado que le hizo detenerse de momento en medio del pasillo. Le pareció como el llanto de un bebé; pero, por supuesto, eso era ridículo. Al ver que no se repetía, siguió su marcha.

Encendió la luz de la cocina, decorada en tonos crema y melocotón, puso en marcha la cafetera, y volvió a su dormitorio, haciendo mientras tanto una lista en la cabeza de todo lo que tenía que hacer.

Se puso un sujetador deportivo, abrió al cajón para sacar un suéter negro de lana y… De repente, irguió la cabeza.

Maldita sea. Otra vez aquel ruido; un ruido que no era habitual en su casa. ¿Sería un cachorro de perro? ¿Algún gato perdido?

En silencio, aguzando el oído, se puso el suéter, después unos calcetines y por último se calzó las botas. Agarró un cepillo de pelo. Tenía el pelo todo alborotado, claro que ella siempre lo tenía así, incluso recién salida de la peluquería.

Desayunó y se preparó para marcharse. En cuanto lo tuvo todo listo decidió dar una vuelta rápida por la casa para asegurarse de que aquel extraño ruido no venía de dentro. Solo tardaría un minuto. Al fin y al cabo, vivía en un pequeño bungalow; pequeño pero suyo. Bueno, suyo y del banco.

De pronto, volvió a oír el ruido, el sollozo.

Y sin perder tiempo deslizó el cerrojo de la puerta de entrada y la abrió.

Allí, junto al umbral de la puerta, había una canasta de mimbre de esas que se usaban para colocar la ropa. La canasta parecía llena de sábanas viejas, pero desde luego, de entre las sábanas emanaba un llanto.

Cuando vio al bebé, Winona se quedó paralizada.

Un bebé abandonado. Habían abandonado a un bebé.

– Ssh, ssh, no pasa nada, no llores…

Con sumo cuidado, Winona sacó al pequeño de la canasta. La mañana era muy fría, aún no había amanecido. El bebé estaba demasiado envuelto en trapos y pedazos de mantas como para verle la carita.

– Calla, calla -continuó diciendo Winona, pero el corazón le latía a cien por hora.

Un sinfín de sentimientos se agolparon en su garganta, recuerdos guardados en lo más recóndito de su memoria, causándole un dolor indescriptible. Sabía lo que era ser un niño abandonado… y lo sabría toda la vida.

En ese momento vio un papel dentro de la canasta. Solo le llevó unos segundos leerlo.

Querida Winona Raye:

No puedo cuidar de mi Angela. Usted es la única a la que puedo pedirle que lo haga. Por favor, quiérala.

Como policía experimentada que era, Winona se dio cuenta inmediatamente de varias cosas. En primer lugar, no habría modo de averiguar de dónde había salido aquel papel, ni de quién sería aquella letra de trazo claro sencillo. Y en segundo lugar, que de algún modo la madre del bebé la conocía específicamente; lo suficiente para conocer su nombre y para saber que se ocuparía del bebé.

Que desde luego lo haría.

Pero en ese momento no tenía tiempo para seguir pensando en eso. Hacía mucho frío y el bebé podía pillar un resfriado. Agarró el rebujo y se metió en la casa, donde había una temperatura muy agradable, sin dejar de arrullar y mecer al chiquitín.

¿Dios mío, qué iba a hacer? Sin embargo, lo más importante en ese momento era ocuparse del bebé, asegurarse de que entraba en calor y de alimentarlo. Después, Winona intentaría averiguar por qué alguien le había dejado un bebé a su puerta…

Sin embargo, sabía que el bebé sería llevado a alguna institución, porque eso era lo que ocurría cuando un niño era abandonado. Y aunque alguno de los padres se presentara inmediatamente, el tribunal pondría al menor en manos de los servicios sociales correspondientes, al menos temporalmente, porque fuera cual fuera la razón por la que un padre abandonara a su hijo, significaba que tal vez el pequeño no estuviera a salvo bajo su cuidado.