– Lo sé, lo sé. Eso es exactamente lo que me está volviendo loca -se pasó una mano por los cabellos y se volvió a mirarlo con dureza-. No puedo aguantar la preocupación de pensar que van a meterla en algún lugar malo para ella. Lo único que quiero es poder ocuparme de ella hasta que sepamos con seguridad lo que tiene en la vida. Sé que voy a quererla. Y aunque fuera solo eso, ya es mejor que el hecho de que la dejen en Dios sabe dónde.

– Win, si he entendido bien lo que me has dicho antes, te considerarían como posible guardián temporal si estuvieras casada. ¿Es eso cierto o no?

– Cierto. En realidad estoy casi segura de que me rechazarían por estar soltera. No conozco ninguna situación en la que a una mujer soltera se le haya permitido acoger a un niño. Aquí no. Siempre han sido familias con padre y madre.

– Entonces, casémonos.

Winona intentó contestar y terminó riéndose. Pero al momento se puso seria.

Justin jamás había visto a Winona descentrada. No tenía idea de que pudiera estar así… y menos por él.

Cuando levantó la mano, sabía que su intención era besarla. Cuando sus dedos acariciaron su mejilla, se hundieron con tanta suavidad en sus cabellos, y arrastraron su cabeza hacia él… sabía también lo que estaba haciendo. Más o menos. Desde luego sabía cómo besar a una mujer.

Pero jamás había besado a Winona. Y sabía que ningún beso iba a ser sencillo, al menos no con ella. No para él.

El beso la pilló de sorpresa, porque frunció el ceño y abrió los ojos como platos al ver que él se acercaba más y más. Pero cuando sus dedos se entrelazaron en sus cabellos, ella no se movió. Cuando sus labios rozaron los de ella, Winona no se retiró.

Pero nada en ella le recordó a una fría estatua. Era frágil, suave, cálida y atrayente.

Emitió un leve sonido cuando sus labios se posaron sobre los suyos. Win casi nunca usaba perfumes, pero de repente se vio envuelta en los suyos propios. El sabor a capuchino de su boca, el aroma a fresa del champú, el olor de la crema que se echaba en las manos y en la cara porque tenía la piel seca…

Lo agarró del brazo como para apartarlo, solo que no fue eso lo que hizo. Sus labios comenzaron a moverse bajo los de Justin, temblando como un susurro, y aleteó las pestañas, como si de repente la luz de la habitación fuera demasiado brillante.

Aquellos primeros besos se volvieron más profundos, más sedosos, más sensuales. Los dedos que le agarraban el brazo pasaron a entrelazarse en su cuello. Las lenguas danzaron, se enredaron. Justin la besó y continuó besándola, pero entonces sintió que la piel de Winona estaba cada vez más caliente, que su cuerpo se arqueaba sobre el suyo con un gemido fiero, ávido. Justin sonrió para sus adentros; Win no había tenido idea hasta ese momento de que había sentido deseo hacia él.

Ni él tampoco. Hasta entonces, Justin había estado seguro de que en todos esos años él había sido el único que había estado detrás de ella. Sí, entre ellos había cierto amor. El mismo amor que se tiene a un hermano al que uno agarraría del pescuezo y le daría azotes en el trasero. Se querían del mismo modo que uno quiere a un viejo amigo que conoce todos los secreto de su juventud. Pero él deseaba otro tipo de amor, el amor entre hombre y mujer, el que lo aguijoneaba a uno por dentro si uno lo permitía.

Y él quería permitirlo. Quería quitarle la sudadera, tumbarla sobre los cojines y hundirla en una sensualidad tan grande, tan caliente, que ninguno de ellos pudiera levantarse hasta que hubiera pasado. Deseaba verla desnuda, acariciarla desnuda, tenerla desnuda.

Pero había un bebé dormido allí junto a ellos. Además, Justin tenía miedo de ir demasiado deprisa y no poder obtener las respuestas que le interesaban.

De modo que intentó respirar con normalidad y apoyó la frente contra la de ella, con los ojos cerrados, encantado de que Winona estuviera respirando también como un tren de carga. Y eso lo ayudó a relajarse, a sonreír.

– Eh, Win… Tengo mucho dinero. Lo sabías, ¿verdad?

Ella lo miró y frunció el ceño.

– ¿Y eso debería importarme?

– Sí, porque es importante. Y es importante porque puedo arreglar los papeles para un matrimonio más deprisa que la mayoría de las personas. Y conseguir también aligerar los papeles para la custodia temporal. ¿Quieres este bebé? Podemos conseguirlo.

– Justin…

Tragó saliva con fuerza cuando él se puso de pie.

Justin ya había oído moverse al bebé. Se puso los zapatos y buscó su cazadora con la mirada, pero entonces la miró de nuevo a ella. Miró esos ojos suaves y claros como la superficie de un lago. Por primera vez en todos aquellos años, líquidos y suaves para él.

– No sé lo que pasará entre tú y yo. Pero nos conocemos de toda la vida, Winona. Y te lo vuelvo a decir, tengo dinero, recursos para arreglar esto con rapidez. Los necesarios para facilitar las cosas para los dos, para hacer lo que queramos hacer. No hay ninguna mujer en mi vida. ¿Hay algún hombre en la tuya?

Ella pestañeó.

– No.

– Vamos. Necesito que seas franca conmigo. Debe de haber alguien…

– No.

Justin no pudo ahogar una sonrisa. Le acarició con energía la cabeza, agarró su cazadora y salió de la casa. Había dejado caer su proposición. Pero sabía que Winona Raye jamás le daría un sí sin pensárselo.

Pero si salía en ese momento, no le daría la oportunidad de negarse.

Aquello no solo era progresar, sino casi rozar la gloria.

Con el bebé en brazos, Winona paseaba de un lado a otro del salón. El Porsche negro de Justin había desaparecido del camino hacía una hora, pero ella no dejaba de mirar hacia donde había estado. Tal vez su visita había sido un espejismo. O tal vez le hubiera echado algo en el café; porque llevaba un par de horas en un mundo de sueños.

Angela soltó un eructo adormilado y Winona sonrió. Había imaginado que Justin le había pedido que se casara con ella en serio. Nada de bromas. Totalmente en serio.

Vaya, eso sí que tenía gracia.

Tanta que incluso después de que el bebé se durmiera, esperaba que para toda la noche, Winona aún no podía pensar, ni respirar, ni dormir. Estaba cansada como un perro, pero seguía paseando en la oscuridad.

A medianoche, fue a la nevera, se sirvió una taza de leche y se metió en la cama para bebérsela. Hacía una noche estrellada y la luna, casi llena, brillaba en el cielo negro.

Había habido hombres, pero no desde hacía un tiempo. Cuando se había dado cuenta de que había sido ella la que había estropeado todas las relaciones, había decidido dejar de intentarlo. Le costaba trabajo abrir su corazón; ni en la cama ni fuera de ella.

En realidad, se le daba bastante bien fingir en la cama. Pero no parecía que tuviera mucho sentido. Ella no se sentía infeliz sola. Le gustaba su trabajo, su vida. Tenía amistades, era respetada en la comunidad. Le gustaba sentirse así. Segura. Tal vez le costaba confiar en otros plenamente. ¿Y qué?

Pero no le había gustado el beso de Justin. En sus labios había sentido la picadura de la abeja, y se le habían puesto los nervios de punta. Ella no solía dejarse llevar así. Jamás. Jamás se volvía loca, ni perdía la cabeza por un hombre, y menos aún por unos cuantos besos ridículos.

¿Qué diantres creía Justin que estaba haciendo besándola, ofreciéndole casarse con ella?

Winona concluyó que algo le estaba pasando a Justin. Algo muy serio. La idea la tranquilizó. Dejó la taza de leche vacía sobre la mesita y se acurrucó bajo la colcha, relajándose inmediatamente. Sencillamente debería habérsele ocurrido antes. Si Justin estaba actuando como un loco, tenía que haber una razón para ello. Fuera lo que fuera, hablaría con él. Lo ayudaría, como amigos que eran.

Y le aseguraría, por supuesto, que se había dado cuenta de que él nunca había tenido la intención de proponerle matrimonio.

Dos días después, mientras Justin se dirigía hacia el lugar donde el avión de Asterland había caído, iba pensando en Winona, no en el accidente. Pero según se iba acercando al lugar del siniestro, le fue cambiando el humor.

Finalmente apareció el avión. Justin detuvo su automóvil y salió; un viento frío como el hielo le mordió las mejillas.

– ¡Justin!

Ya había reconocido a los otros dos miembros del Club de Ganaderos de Texas y sus vehículos, pero por un momento se había distraído con la visión del avión. Al oír su nombre, se dio media vuelta y se dirigió hacia sus amigos. Típicamente, Dakota Lewis no parecía notar el frío de la mañana de enero, y llevaba la cazadora abierta, como si nada. Al menos Matthew Walker tenía la nariz y las mejillas coloradas, igual que él.

– Siento llegar tarde; el coche no quería arrancar.

– Solo llevamos unos minutos esperando.

Justin miró de nuevo a su alrededor.

– Caramba. Esto es desolador.

– Aún estoy sorprendido de que nos haya llamado la policía -comentó Matthew mientras los tres se dirigían hacia el avión.

– No creo que se le haya ocurrido a la policía. Sospecho que ha debido de ser la familia de la Princesa Anna. Ninguno de los pasajeros de Asterland u Obersbourg tiene contactos en América excepto nosotros, de modo que supongo que es natural que quieran que participemos en la investigación. Nos conocen y confían en nosotros -Dakota iba el primero-. Sería distinto si tuvieran alguna pista sobre la causa del aterrizaje de emergencia. Por supuesto, el fuego es la mejor manera de destruir las pruebas. Pero me parece que, en este momento, a todo el mundo sigue preocupándole que haya sido un sabotaje. Si no se encuentran respuestas enseguida, no me sorprendería que el gobierno de Asterland enviara su propia comisión de investigación.

– Bueno, no sé lo que podemos aportar nosotros -comentó Matthew.

– Yo pienso lo mismo, pero me parece que lo importante es echarle un vistazo a todo esto. Los expertos ya han peinado la zona, pero creo que somos los únicos que conocemos a la gente que despegó en este avión. Creo que suponen que encontraremos algo que tal vez nadie más sea capaz de percibir -frunció el ceño-. Pero pensé que Aaron y Ben estarían aquí con nosotros.

Dakota asintió.

– Ben sí. Estará aquí dentro de un rato. Llamó hace un momento al móvil para decirnos que se había tenido que entretener con un recado. Pero Aaron no… Aaron se marchó a Washington hará un par de días y aún no ha vuelto.

– ¿Se ha ido a Washington? ¿Por algo relacionado con esto? -preguntó Matthew. Dakota sacudió la cabeza.

– La verdad es que no sé qué está haciendo Aaron allí, pero cuando volvió a casa por vacaciones sé que tenía algún tipo de problema con su trabajo. Supuse que había pedido la excedencia en su trabajo como diplomático, de modo que supongo que estará en la embajada en Washington; pero lo único que sé es que estaba muy preocupado por algo.

– A mí me dio la misma impresión -opinó Justin.

– Yo intenté hablar con él la noche de la fiesta, pero entonces empezó a bailar con esa profesora tan feúcha de sonrisa dulce. ¿Cómo se llama? ¿Pamela?

– Pamela Miles -confirmó Justin, recordando que la había tratado la mañana del accidente-. Ella iba en el avión. Iba a Asterland a hacer un intercambio.

– Bueno, desde luego la noche de la fiesta no tenía en mente la enseñanza. Nunca imaginé que a Aaron le gustara ese tipo de chica, pero desde luego bailaron bien arrimados. Pero no tuve la oportunidad de preguntarle por su trabajo, y como se marchó temprano la noche de la fiesta…

Los tres hombres se quedaron en silencio bruscamente mientras caminaban en silencio por entre los restos del avión.

– Maldita sea. Qué desastre.

– Podría haber sido peor -murmuró Matthew.

– Muchísimo peor -Dakota fijó la vista en la cabina de mando; Dakota había servido en el Ejército del Aire, y estaba más familiarizado con todo ello que los otros dos-. Tú viste más que ninguno de nosotros, Justin.

– ¿Porque estuve aquí la mañana del accidente? Bueno, supongo que sí, pero yo solo tuve ojos para los heridos. No me entretuve en mirar el avión.

– Pues dejad que os cuente lo que sé. El fuego se inició aquí… -Dakota se movió y al momento volvió a moverse-. Robert Klimt iba sentado aquí. Y Lady Helena al otro lado del pasillo. Es normal que esos dos sufrieran heridas de mayor consideración que los demás.

Justin aspiró hondo y miró el interior del avión. Vio una novela tirada en el suelo, un zapato de tacón rojo tirado de lado. Un poco más allá había un bolso de piel de serpiente abierto, con un cepillo de pelo y barras de labios desperdigadas alrededor. Había un suéter allá, un abrigo acá. En el aire flotaba el olor acre del plástico quemado.

La puerta de la cabina del piloto estaba entreabierta, y por las ventanas entraba el frío aire de la mañana.

De pronto, un luminoso y breve destello le llamó la atención. En la moqueta, junto al asiento que había ocupado Lady Helena, Justin se puso de cuclillas y frunció el ceño.

– Matt. Dakota.

– ¿Qué? -Matthew se agachó también, pero Justin levantó una mano con cautela para impedir que tocara nada.

Dakota se acercó a ellos, intuyendo por la inusitada emoción y la seriedad de sus compañeros que habían encontrado algo importante. Se asomó por encima del hombro de Justin.

– Eso no puede ser lo que creo que es -suspiró.

Las dos gemas estaban allí, sobre la moqueta, entre el polvo y los objetos personales de los pasajeros. Muy cerca había un pañuelo, y un guante negro de conducir. Ceniza del fuego. Pero las dos piedras contrastaban con todo lo demás.

Una era un ópalo negro.

La otra, una esmeralda de tres quilates.

Justin, Dakota y Matthew se miraron con sorpresa. Matthew estaba pálido. Probablemente, Justin también.

En general a ninguno de los tres les importaban las joyas, pero los tres reconocieron esas en particular. Eran demasiado poco comunes y notables para ser confundidas con otras, incluso por personas no entendidas como ellos.

Toda la ciudad conocía la leyenda de las tres joyas del Club de Ganaderos de Texas. Y Justin recordó claramente que la vieja historia había sido contada en la última fiesta del Club; Riley Monroe se la había contado a un invitado de Asterland. Los habitantes de Royal no parecían nunca cansarse de contar el cuento de las joyas, aunque nunca creyeran que era cierto. Sencillamente, no importaba. Era una historia estupenda, y sobre todo una historia en la que se entreveían los valores del liderazgo, la justicia y la paz, el lema del Club de Ganaderos de Texas.

Dos de las gemas de la vieja leyenda eran, por supuesto, un ópalo negro y una enorme esmeralda.

Como esas dos que tenían delante.

Sorprendentemente, como esas dos. Exactamente, como esas dos.

Matthew sacudió la cabeza con fuerza.

– No lo entiendo. ¿Alguien ha intentado robarnos nuestras joyas? Pero no pensé nunca que nadie creyera de verdad la historia, y menos aún que nadie supiera dónde han estado encerradas todos estos años.