Ella miró la brocha y luego sus ojos. Y en aquellos ojos vio al hombre al que amaba. Al hombre en el que confiaba.

– No te atreverás -lo desafió.

Sin pérdida de tiempo, Mitch alargó la mano y le soltó un goterón de pintura en la punta de la nariz. Y, para colmo, tuvo el descaro de echarse a reír.

– Serás… serás… -a Nik no se le ocurría ningún insulto lo bastante fuerte, pero volvió a quitarle la brocha.

Las sonoras risotadas de Mitch dejaron paso rápidamente a un tono conciliador.

– Vamos, vamos, Nik…

Utilizando la brocha como una espada, Nicole le dio una estocada en el ombligo. Y luego retrocedió velozmente, antes de que Mitch pudiera arrebatarle la brocha. Por desgracia, el espacio reducido del cuarto limitaba sus maniobras. Mitch empezó a avanzar hacia ella.

– Cuando agarre esa brocha, veremos lo guapa que estás con el pelo salmón -prometió amenazadoramente.

Parecía muy peligroso con el mentón pintado. Imprevisible. Amenazador.

– No pienso soltar la brocha -le informó Nicole.

– Oh, y tanto que la soltarás.

– ¿Piensas aprovecharte de una embarazada? ¿De una mujer indefensa, vulnerable y más pequeña que tú?

– Sí. Y disfrutaré haciéndolo.

– ¡En el pelo no, por el amor de Dios!

– Sí. En el pelo.

Nicole volvió a atacarle con la brocha y manchó de pintura su brazo desnudo.

Eso no le impidió seguir avanzando.

– Te la estás buscando. Y me alegrará darte tu merecido -Mitch alargó los brazos y la agarró por la cintura. Luego la atrajo de un tirón hacia sí. Nicole no tuvo ni la más mínima oportunidad de defenderse.

Con una rapidez que le impidió tomar aliento, Mitch la sujetó contra la pared, agarrándole en el aire la mano con la que sostenía la brocha, y la besó.

Nik dejó caer la brocha.

En el momento en que le rodeó el cuello con los brazos, ya era demasiado tarde para volverse atrás. Nicole le devolvió el beso. Con ansia. Con furia. Puso en ello la lengua, los dientes, el corazón y el alma, porque aquel maldito marido suyo se lo estaba exigiendo.

Mitch se echó hacia atrás de repente. Toda la soledad de las anteriores semanas se reflejaba en sus ojos, todos los miedos que no había permitido que Nicole viese con anterioridad.

– Me amas -susurró ella maravillada.

– Más que eso. Eres el centro de mi corazón.

– Maldición, Mitch… Entonces, ¿por qué no has hecho esto antes?

Él enarcó las cejas.

– ¿Te refieres a la lucha de pintura? -inquirió.

– No, tonto. ¿Por qué no me besaste antes? ¿Por qué no te enfadaste conmigo? Sí que estabas enfadado, ¿verdad? -intuyó Nicole de pronto.

– Furioso -reconoció Mitch, con la voz ronca y entrecortada por la emoción. Separó a Nik de la pared, pegando la frente a la suya-. Furioso porque hayas pensado que te he juzgado alguna vez. Pasaste por una experiencia horrible y peligrosa cuando eras una niña. ¿Cómo pudiste pensar que no te había comprendido? Me duele que no confiaras en mí.

Nik sintió un súbito dolor en el corazón al ver en los ojos de Mitch el sufrimiento que ella misma había provocado.

– No es que no confiara en ti, Mitch. Simplemente… temía que no pudieras amarme si lo sabías todo de mí. Cuanto más te amaba, más miedo tenía de decepcionarte, de fallarte. Sentía que no te merecía.

– Por el amor de Dios, Nik. ¿Crees que no sé a qué te refieres? Por eso exactamente exageré lo sucedido la noche de la fiesta. Llevaba enamorado de ti desde el principio. Y quería que me dieras una oportunidad. Pero empecé a tener miedo de no estar a la altura. De no merecerte.

Ella le acarició las costillas. El pecho. Parecía incapaz de dejar de tocarlo.

– No podría haber encontrado a un padre mejor para mi hijo, Mitch Landers. Ni a un compañero mejor -contuvo el aliento-. Ni a un amante que me haga sentir más.

Los labios de Mitch reclamaron los suyos en cuanto ella ladeó la cabeza. Con aquel beso, Nicole trató de comunicarle la felicidad que desbordaba su corazón… hasta que, de repente, él echó hacia atrás la cabeza.

– Señora Landers…

– ¿Lo has notado? ¿Cómo se ha movido nuestro hijo? -Nik le dirigió una sonrisa íntima, y luego volvió a tirarle de la cabeza para acercarlo a su boca. Ahora que lo tenía abrazado, no pensaba soltarlo.

– Señora Landers…

– ¿Mmm?

– ¿Se da usted cuenta de que estamos los dos embadurnados de pintura?

– ¿Mmm? -lo amaría para siempre, se dijo Nicole. Estaría junto a él cuando las cosas salieran mal. Protegería eternamente su corazón inmenso y maravilloso.

– Estoy tratando desesperadamente de llamar tu atención -murmuró Mitch-. Creo que quizá debamos continuar esto en otra habitación. Y lo primero que se me ha ocurrido es el dormitorio. Pero tal vez debamos ducharnos primero.

– Si insinúas que nos turnemos para utilizar la ducha, olvídalo. O juntos o nada, marido mío.

– O juntos o nada, esposa mía -prometió él-. ¿No te lo llevo diciendo desde el principio? Tú eres la jefa.


Jennifer Greene

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