La escalera conducía a los tres dormitorios y los dos aseos del piso superior. En la planta baja, la puerta principal daba directamente a un enorme salón con grandes ventanales con vistas al mar. Además de la cocina, había una sala de estar y un solario orientados hacia el este.

El trazado de la casa era excelente… pero era la decoración lo que desconcertaba a Mitch. Nicole tenía un talento innegable para el diseño de interiores, pero la decoración de su propio hogar era increíblemente horrible. Sin duda había invertido tiempo y dinero en ella, pero el estilo era austeramente minimalista… tonos neutros; alfombra, tapicerías y moquetas marrones; muebles funcionales; en definitiva, una ausencia absoluta de color y de creatividad. Algo que no iba con el carácter de Nik. La sala de estar le hizo pensar en un alma atrapada. Inquieto, Mitch revolvió las monedas que llevaba en el bolsillo, pensando en que, de no haber visto el otro lado de Nicole, no tendría el problema de estar enamorado como un tonto de ella.

Pero lo había visto. Volvieron los recuerdos de otra habitación de la casa… la única habitación donde Nik no había anulado cada ápice de su personalidad. Su dormitorio. Lo recordaba perfectamente. La gruesa moqueta rosada. La cama de estilo antiguo. La lámpara con perlas de cristal. Todo a base de ricas texturas y colores sensuales. Pero no fue la decoración del dormitorio lo que le robó el corazón la noche de la fiesta. Fue la Bella Durmiente que se despertó entre sus brazos, cobrando vida de repente…

Mitch oyó un ruido de pisadas. Se dio media vuelta y vio a Nicole bajando las escaleras, vestida con unos pantalones vaqueros y un jersey negro muy ancho y suelto.

– Que me aspen -murmuró-. ¿Quién hubiera imaginado que tienes prendas sin cuello? Estoy impresionado.

– Nada de bromas. Es un jersey sagrado para mí -dijo ella con desenfado.

– Comprendo. Yo tengo una camiseta sagrada de cuando jugaba al baloncesto en la universidad. Cuando mi padre enfermó, hace unos años, me presenté en el hospital con la camiseta. Mi madre se enfadó mucho, pero a mí no me importó. Deseaba darle suerte a mi padre.

Una sonrisa asomó a los ojos de Nicole, pero enseguida ladeó la cabeza.

– ¿Cómo está tu padre ahora?

– Sano como un caballo. ¿Preparada para salir?

– Sí, pero… no estoy segura de que sea una buena idea. Aún llevas los zapatos del trabajo. Temo que se estropeen en la playa. Y hace fresco… Podría dejarte una chaqueta, pero no creo que ninguna de las mías te quede bien.

Mitch pensó que sería una tarea ardua enseñarle a ser un poco egoísta. Como de costumbre, y a pesar de las circunstancias, Nicole sólo se preocupaba por él, y no por sí misma.

– Estos zapatos ya han visto arena otras veces. Y tengo una chaqueta de lana en el coche. La recogeré cuando salgamos.

– Muy bien. Entonces, vamos.

Fuera, el cielo se había oscurecido hasta adquirir un aterciopelado tono azul oscuro. La emergente luna les iluminó los pasos. Mitch recogió la chaqueta de lana y se la abrochó hasta el cuello, sintiendo en los pulmones el vigorizante aire salado. La espuma de las olas lamía la arena, dejando tras de sí una estela como de nieve. En la oscuridad, entre las escarpadas rocas y los grandes riscos que sobresalían del agua, ambos parecían los juguetes de un gigante.

Mitch se ajustó al paso de Nicole, ligero por naturaleza. Pasearon en silencio durante un rato, saboreando la magia del mar, de la noche, del aire fresco. Mientras caminaba al lado de Nicole, Mitch apreció su pequeña estatura, consciente de cómo los ceñidos vaqueros mostraban la forma de sus esbeltas piernas; consciente de las miradas furtivas que ella le lanzaba de tanto en tanto.

– Antes vivía en Seattle -dijo al fin.

– Lo sé. Recuerdo el dato de tu currículo. Trabajabas como arquitecto en una firma llamada Strickland's.

– Sí, trabajaba allí como arquitecto. Lo que no mencioné en mi currículo es que la empresa era mía.

Nicole ladeó el rostro y enarcó las cejas inquisitivamente.

– ¿Por qué no lo dijiste?

– Cuando empecé a buscar trabajo, recibí una serie de negativas. Sobre el papel, estaba sobrevalorado y cualificado en exceso. No conseguía que nadie creyera que realmente me interesara en el trabajo que se ofrecía.

– Debe de haber algo más en toda esa historia -instó ella.

– Sí, lo hay -Mitch agarró una piedra lisa y la lanzó al agua. Dio tres saltos antes de hundirse. Había perdido práctica-. Provengo de una larga familia de triunfadores. Mi padre, mi madre y mis dos hermanos lograron abrirse un exitoso hueco en el mundo de los negocios. Mi padre solía decir que yo tenía un talento especial para convertir un centavo en un dólar… y que por eso estaba orgulloso de mí. Empecé a invertir en acciones cuando tenía catorce años, y a los veinticuatro ya poseía la mayor parte de Strickland's. Naturalmente, la empresa pasaba por un momento más bien bajo, y cualquiera podría haberla adquirido con facilidad. Era tan joven y tan tonto que no sabía en lo que me estaba metiendo. En fin, cuando la vendí, hace dos años, Strickland's había pasado de ser una empresa con unos cuantos empleados a una compañía fuerte con una plantilla de más de sesenta miembros. Y ganábamos dinero a manos llenas.

– ¿Y ése era el problema? -inquirió ella irónicamente.

– Para mí, sí. No podía soportar la tensión. El estrés. Dormía cuatro horas cada noche. Tenía una úlcera que se negaba a sanar. Perdí a una mujer que realmente me interesaba porque descuidé nuestra relación de pareja. Y lo peor era que, siendo arquitecto, sólo me dedicaba a la gestión del negocio. Quizá tenía talento para las finanzas, sí, pero ésa no era la cuestión. Lo odiaba. Estudié arquitectura porque mi sueño era construir, crear. No me gusta el papeleo. Sin embargo, el negocio iba tan bien que me resultaba difícil cortar con todo. Estaba dejando que las expectativas de mi familia gobernaran mi vida, fingiendo ser algo que no era.

Por un instante, los ojos de ella emitieron un brillo de curiosidad.

– Sí, sé lo que es eso… tratar de satisfacer las expectativas de la familia. En fin, dices que vendiste el negocio…

– Sí. Y, por un tiempo, nada pareció salirme bien. Compré una casa aquí, adquirí un barco, practiqué la pesca y el montañismo. No puedo decir que necesitara ese descanso. Pero sí necesitaba tiempo para estar seguro de mí mismo, para pensar en lo que quería hacer. Y cuando creí tener ordenadas mis ideas, envié unos cuantos currículos… y entré a trabajar contigo.

Nicole titubeó.

– Es increíble que no intuyera algo de tu pasado antes. Tú y yo hemos chocado en el trabajo a menudo. Ahora todo tiene sentido. Estás acostumbrado a mandar. A tomar decisiones rápidas para solventar los problemas. Y siempre que lo haces mejor que yo, mi orgullo se resiente.

– Si crees que nuestros choques han formado parte de una lucha por el poder, olvídalo. No quiero tu puesto, Nik. Nunca lo he querido. Personalmente, opino que la tensión que existe entre nosotros tiene un origen muy distinto.

– ¿Cuál?

Mitch pensaba que la química existente entre ambos causaba una fricción sexual suficiente como para arrasar un bosque entero. Pero, de momento, no creía que Nicole estuviese preparada para oír aquello.

– Podemos hablar sobre ello en otra ocasión. Sólo te he hablado de mi pasado para estimular tu memoria. Porque no te he dicho nada de mí que no sepas ya.

Ella se detuvo en seco, con expresión confusa.

– No, no sabía…

– Sí que lo sabías. Hablamos sobre ello la noche de la fiesta -tal vez, hasta ese momento, Mitch no había creído realmente que no recordara nada. Pero vio cómo tragaba saliva, cómo sus ojos le penetraban ansiosamente el rostro. Lentamente, siguió diciendo-: Los demás se fueron poco después de media noche. Tú y yo nos quedamos un rato charlando. Me contaste muchos detalles personales de tu vida…

– Oh, Dios mío. ¿Qué te dije?

– Nada que deba preocuparte. Sólo intento explicar cómo transcurrió la noche. Bebí mucho champán. Igual que tú. No planeé acabar metido en tu cama, Nik… Diablos, hubiera llevado preservativos de haber atisbado la menor posibilidad de que eso sucediera. Simplemente, empezamos a hablar. Y tú nunca habías hablado realmente conmigo hasta entonces. Sí, estábamos bebidos, pero creo, sinceramente, que no hasta ese punto. Tal como yo lo interpreté, ambos tomamos la decisión en nuestro sano juicio.

Nicole agarró nerviosamente una piedra lisa y la lanzó al agua, como él hizo minutos antes. La suya rebotó seis veces, aunque ella no se detuvo a contemplarla. Volvía a mirar a Mitch a la cara.

– Mitch, jamás se me ha pasado por la cabeza culparte de nada. Ya suponía que todo fue culpa mía.

Un hondo sentimiento de frustración clavó sus garras en Mitch. Deseaba hacerla comprender que no había intentado aprovecharse de una mujer vulnerable con dos copas de más. Pero no había sido su intención hacerla cargar con la culpa de lo ocurrido.

– Nicole, escúchame. Quítate esa idea de la cabeza. Nadie tuvo la culpa de nada. Fue una noche inolvidable. Estuviste… increíble. Cálida, generosa, desinhibida. Salvaje. Me volviste loco. El champán no tuvo nada que ver.


Capítulo Tres

Por suerte, en la oscuridad Mitch no veía el rubor que inflamaba sus mejillas, pero en aquel instante Nicole no podía haber respondido aunque su vida hubiese dependido de ello. ¿Salvaje? Seguramente la habría confundido con otra mujer. ¿Cálida, desinhibida, increíble? Ignoraba a quién estaba describiendo, pero no podía tratarse de ella.

Se abrazó a sí misma con fuerza. Durante años, su vida había transcurrido por un sendero firme e inequívoco. Incluso había decorado su casa para expresar la clase de mujer que era… correcta, austera, formal. A pesar del champán, no podía imaginar que hubiese tirado por la borda su autocontrol para convertirse en la gatita apasionada que describía Mitch.

Ella no era apasionada.

Ni siquiera emocional. En ocasiones, había llegado a creer que se estaba convirtiendo en una aburrida mojigata… pero eso era preferible a ir por la vida cometiendo los desastrosos errores de antaño.

La marea fue subiendo y la espuma de las olas le acarició los pies, calándole las zapatillas. El agua estaba helada, pero Nicole no se movió, deseosa de que el frío penetrante aclarase su mente y le ayudara a recordar lo sucedido, aquella noche. Pero no fue así. La fiesta era una tabla rasa en su memoria… excepción hecha de las partes relatadas por Mitch.

Lo miró furtivamente y enseguida retiró la mirada. Era horrible. De repente, no podía mirarlo sin pensar en el sexo. Jamás había pensado en Mitch de ese modo, no porque fuese empleado suyo, sino porque no era su tipo. Solían gustarle los hombres morenos y corpulentos. Mitch era rubio, altísimo y delgado.

Ahora, sin embargo, empezaba a darse cuenta de la auténtica envergadura de sus hombros. Y su estatura de jugador de baloncesto le evocaba la energía y el ritmo de un atleta. Bien pensado, nunca la había mirado con aquellos ojos azules como el cielo de forma inocua o amistosa. Aquella expresión sensualmente tensa siempre había estado ahí. Cerca de Mitch, Nicole jamás había olvidado ni por un instante que era una mujer. De pronto, lo hubiera dado todo por recordar aunque fueran fragmentos de la noche de la fiesta.

– Mitch -dijo al fin-, si todo ocurrió tal como lo cuentas, ¿por qué no me has dicho nada hasta ahora?

– Quise hacerlo, créeme. Pero todo se complicó. Para empezar, me fui de la casa por la mañana, mientras aún dormías. No deseaba dejarte, pero me habías dicho que a primera hora llegaba el servicio de limpieza. Y pensé que no te gustaría tener a un hombre en la casa mientras las limpiadoras entraban y salían.

– No me hubiera gustado -reconoció ella.

– Te llamé más tarde, ese mismo día. Pero empezaste a hablarme de negocios… como si deliberadamente hubieras querido obviar lo sucedido unas horas antes.

– No quise obviar nada. ¡Te lo juro! Simplemente, no me acordaba.

Mitch asintió.

– Ahora lo sé. Pero, en aquel entonces, esa posibilidad ni siquiera se me ocurrió. Supuse que preferías darlo todo por olvidado. Te cerraste a mí por completo, y traté de explicarme por qué. Sabía perfectamente que no deseabas involucrarte con las personas que trabajaban para ti… Al final, llegué a la conclusión de que lo sucedido aquella noche te había disgustado tanto, que necesitabas tiempo para reflexionar sobre ello. Así que yo también guardé silencio. Y esperé… No quería presionarte o empujarte a hacer algo para lo que no estuvieras preparada. Pero…

– ¿Pero? -repitió Nicole al ver que él no concluía la frase.

Mitch se detuvo. El resplandor de la luna teñía su cabello de plata. Las angulosas facciones de su rostro parecían talladas en piedra. Sólo sus ojos parecían líquidos, y miraban a Nicole con la intensidad de una caricia.

– Pero creí que tú también lo sabías, Nik. Lo increíblemente maravillosa que fue aquella noche. La química que surgió entre ambos. Para serte sincero, ni siquiera pensé en el riesgo de que quedaras embarazada. Nunca esperé que una pasión semejante pudiera estallar entre nosotros.

Nicole se notó la garganta seca. Otra vez volvía a surgir el asunto del sexo. Y no de un sexo normal, sino de un sexo increíble. Creía firmemente en las palabras de Mitch. Confiaba en su integridad. Y, a decir verdad, podía imaginarlo generando un estallido de pasión como amante. Pero nunca le había ocurrido algo ni remotamente parecido a lo que él describía.

Quizá hubiera escogido el celibato en los últimos años, pero no era virgen. Sus primeros escarceos sexuales, sin embargo, databan de su época de adolescente temeraria y rebelde. Siempre quiso explorar los placeres del sexo con el hombre adecuado, pero tenía muchos errores que expiar y enmendar, de modo que se concentró en otros aspectos de su nueva vida. Había encerrado su libido en una suerte de trastero mental.

O eso había creído.

– ¿Te sientes incómoda hablando de esto? -inquirió Mitch.

– Que me sienta incómoda o no es lo de menos. Necesitaba saber la verdad -pero ahora apenas podía mirarlo sin sentirse invadida por un calor casi sofocante.

– Sí, estoy de acuerdo. Conocer lo sucedido es indispensable para que decidas lo que deseas hacer. Y hemos venido a hablar de eso, ¿verdad?

– ¿De sexo? -maldición. La palabra escapó de sus labios porque, sin duda, ocupaba un lugar destacado en su mente.

Pero Mitch se limitó a responder con una sonrisa lenta y provocativa.

– Eh, siempre estoy dispuesto a hablar de sexo… pero creía que deseabas hablar de los hijos.

– Naturalmente que deseo hablar de los hijos -se apresuró a asegurar Nicole-. El niño es lo único que ocupa mi mente.

– Vamos; no empieces a ponerte nerviosa…