– No serás capaz de dejarme aquí sola viendo ese programa tan horroroso -protestó ella con voz incrédula.

– Tranquila. Enseguida volveré con el té. Por cierto, hay una manta bajo los cojines del sofá. Si te encuentras otra cosa, cierra los ojos y ya está.

– ¿Crees que voy a criticar tu inventiva labor de amo de casa?

– Has dado en el clavo al decir lo de «inventiva» -una vez en la cocina, Mitch sumergió la bolsita de té en el agua hirviendo una docena de veces antes de que ésta se colorase un poco. Y, por supuesto, derramó parte de la taza. Estaba nervioso. No obstante, cuando regresó al salón, vio que Nik se había portado bien y se había acurrucado en el espacioso sofá de piel.

Al verlo entrar, levantó la cabeza rápidamente.

– Mitch, me siento incómoda causándote todas estas molestias…

– ¿Crees que lo hago desinteresadamente? La próxima vez, cuando yo me quede embarazado y me dé un golpe en la cabeza, te exigiré que hagas lo mismo por mí. Así que aprovéchate mientras puedas.

El comentario le arrancó a Nicole una sonrisa.

– Si de verdad quisieras ser amable conmigo, me darías el mando a distancia.

– Buen intento. Pero no hay trato -Mitch acercó una silla y se sentó a su lado. Ni demasiado cerca ni demasiado lejos.

– No recuerdo cuándo fue la última vez que me senté a estas horas sin hacer nada.

– Bueno, las persianas están echadas. No creo que el dios de los adictos al trabajo pueda fulminarte con un rayo si no te puede localizar.

– ¿Mitch?

– ¿Si?

– Todos aceptan tus órdenes sin rechistar.

El súbito cambio de tema lo hubiera sorprendido de no estar acostumbrado a Nik.

– Te refieres a la plantilla. A lo de esta mañana.

– Sí -ella giró la cabeza, descansando la mejilla en la almohada. Sus ojos, serios y, suaves, sondeaban los de Mitch-. A los dos segundos de comprender que había un problema, todos contaron con que tomaras el mando. Ya te ven como un jefe.

Él se inclinó hacia delante, con la excusa de colocarle bien la manta.

– Nik, te lo dije ayer y te lo repito ahora. Sólo hay una jefa en la empresa, y ésa eres tú. No quiero tu puesto. Me encanta lo que hago actualmente. No ambiciono nada más. Y sólo tomé el mando esta mañana porque tú no estabas en condiciones.

– No, Mitch, no te estoy criticando. Simplemente, he pensado en lo que me dijiste. Sobre el embarazo y el niño. Y tenías razón. Eres la persona más adecuada para sustituirme cuando sea necesario.

Aquello constituía un inmenso paso adelante, se dijo Mitch.

– Nik… ¿sabes qué?

– ¿Qué?

– Creo que no tienes por qué tomar ninguna decisión en estos momentos. El niño no nacerá mañana. Estás preocupada y deseas hacer lo correcto, lo sé. A mí me ocurre igual. Pero… recuerdo cuando me gradué y empecé a vivir por mi cuenta. Una de las cosas que no sabía hacer era cocinar. Compré estofado precocinado e intenté calentarlo en la barbacoa.

– Vaya por Dios -exclamó ella con humor.

– Sí. La carne se puso tan dura que no la quiso ni el perro de la vecina. Lo que quiero decir es que, en la vida, algunas cosas son como la carne… No tienen por qué ponerse duras si las tratas correctamente. No todos los ratos que pasamos juntos han de constituir una prueba. Creo que podríamos compartir cosas sencillas… dar un paseo en barco, cocinar en la playa, etc. Y las respuestas llegarán solas si colaboramos y mantenemos un talante abierto el uno hacia el otro.

– Pero no creo que sea una buena idea que me quede a dormir aquí, Mitch.

Resultaba difícil estar de acuerdo, pero Mitch no tenía ninguna prisa por ser puesto a prueba en la cama. Sobre él pesaba un auténtico terror a no superar las posibles expectativas de Nik en ese aspecto.

– Muy bien. Nos lo tomaremos todo con mucha calma -convino al fin-. Pero trataremos de pasar más tiempo juntos.

– De acuerdo.

¿De acuerdo? La frente de Mitch se arrugó formando un ceño de alarma. Nicole había permitido que la cuidase. Se había relajado lo bastante como para echar una cabezada en su casa. Y no había discutido acerca de la sugerencia de pasar más tiempo juntos. Mitch casi se planteó llevarla a urgencias. Pero, en vez de eso, la dejó dormir.

Y, cuando se despertara, la sorprendería con un festín de patas de cangrejo.


Capítulo Cinco

El sonido del teléfono sacó a Nicole de un profundo sueño. Sólo sonó una vez antes de que se oyera el ruido amortiguado de fuertes pisadas, y a continuación la voz de Mitch en algún punto de la planta superior.

Nicole colocó los pies en el suelo con movimientos aturdidos y trató de despertarse del todo. Había tenido un sueño muy intenso. Las imágenes aún se cernían en la periferia de su mente. En ellas, Mitch trataba de abrirse camino a través de espinosos arbustos, y por fin la encontraba a ella, la besaba, le susurraba palabras dulces al oído con su voz ronca y profunda.

En fin, hacía tiempo que no fantaseaba en sueños. Y el hecho de que hubiera dormido tan poco en las noches anteriores explicaba que se hubiera quedado tan profundamente dormida. La realidad, sin embargo, le resultaba un poco sorprendente. Por algún motivo, estaba descalza y llevaba un jersey demasiado grande. Además, se hallaba en un espacioso salón con sofás tapizados en piel y una enorme chimenea de piedra.

Por fin recordó. Estaba en casa de Mitch, por supuesto. Con cautela, se palpó la hinchazón de la cabeza. El dolor seguía ahí, pero ya no tenía nada que ver con los tambores que habían resonado en su cráneo horas antes.

En la escalera se oyeron pasos, que enseguida se tornaron una humorística versión masculina del andar de puntillas. Mitch se asomó por la esquina de la chimenea.

– Maldición, ya temía que el sonido del teléfono te despertara. Y la llamada es para ti. De Wilma. Pero si prefieres seguir durmiendo…

– Tranquilo, estoy totalmente despierta -Nicole no podía creer que el reloj de la mesa de caoba diera la hora exacta. ¿Cómo era posible que ya fueran las tres de la tarde? Rápidamente, cruzó la habitación para arrebatarle a Mitch el teléfono de la mano y adoptó de inmediato su acostumbrado aire formal-. No, no, Wilma, ya te dije que llamaras si surgía algo. Desde luego… Está bien…

Dedujo que Mitch había estado trabajando. Conocía los signos reveladores. Si le dabas un cartabón y un tablero de dibujo, al cabo de una hora tendría, indefectiblemente, las mangas enrolladas hasta los codos, el cabello revuelto y los ojos distraídos. Mientras seguía charlando con Wilma, Nicole lo sorprendió observándola, con una expresión cálida, intensa e íntima como la de un amante. Un estremecimiento le recorrió la columna, pero enseguida puso coto a tan absurda sensación. Había imaginado a Mitch en un contexto sexual desde que le contó lo sucedido la noche de la fiesta. Y quizá no pudiera controlar sus sueños, pero fantasear con el hecho de que la estuviera mirando era de locos. Cielo santo. Entre los pies descalzos, el jersey arrugado y el antiséptico que embadurnaba su pelo, Nicole sabía perfectamente que debía de parecer un adefesio.

– Lo has hecho estupendamente, Wilma… Las recogeré dentro de unos minutos. Cierra el despacho. No hace falta que me esperes. Y gracias por defender el fuerte. Os veré a todos mañana -pulsó el botón de apagado y devolvió el teléfono a Mitch con una amplia sonrisa. Las noticias eran magníficas-. ¡Shaw ha aceptado el proyecto! Solamente exige unas cuantas reformas menores. Ha dejado la lista en mi despacho. Iré a echarles un vistazo y lo llamaré esta noche. Lamento pedirte que me lleves al despacho, pero como no he traído mi coche…

– En, eh, vas muy rápido para haberte despertado hace un par de minutos. Además, debes de estar hambrienta. Yo acabo de almorzar…

– No tengo hambre, de verdad. Ya comeré algo cuando llegue a casa. Y, por Dios bendito, no deseo pasarme aquí todo el día, molestándote de esta manera…

– Basta ya, Nik. No me molestas en absoluto. ¿Qué tal la cabeza?

– Muchísimo mejor. Maldición, dejé mi ropa arriba, ¿verdad? -Nicole subió las escaleras, buscó su traje en el cuarto de baño y soltó un alarido al verse en el espejo-. Menos mal que no habrá nadie en la oficina cuando llegue. ¿Me pusiste un bote entero de antiséptico en el pelo, canalla? Asustaré a todos los niños pequeños que me cruce por la calle.

– Qué va. Supondrán que estás en una banda de rock -contestó Mitch sardónicamente, pero su sonrisa no duró-. No hace falta que te des tanta prisa. Unos cuantos minutos no supondrán ninguna diferencia, y aún tienes que almorzar. Seguro que tienes hambre…

– No, de veras. Estoy bien.

– ¿Ni siquiera un poquito de hambre?

Nicole había recogido su ropa, los zapatos y el bolso, pero repentinamente titubeó mientras se dirigía hacia la puerta. En realidad, no se daba tanta prisa por motivos estrictamente laborales. Los mortificantes nervios que sentía en presencia de Mitch la trastornaban…

– Diablos, Mitch, me estoy portando como una estúpida desconsiderada. Estoy tan entusiasmada con el contrato de Shaw que no he tenido en cuenta que quizá no te vaya bien llevarme en estos momentos. Seguramente, te habías puesto a trabajar, y…

– Sí, estaba trabajando en lo de Schleishinger, pero me sentará bien un respiro. No tendré problema en llevarte. Aunque… detesto que vayas a ponerte a trabajar sin nada en el estómago.

Ella escrutó su rostro, tratando de desentrañar aquella repentina obsesión sobre su estómago vacío.

– Si crees que sería capaz de saltarme una comida… Bueno, te diré que llevo dos meses teniendo un apetito de lobo. Aunque no me preocupara la nutrición del niño, no podría saltarme una comida aunque quisiera. Pero acabo de despertarme y tengo el estómago un poco revuelto.

Aquella afirmación pareció disparar todas las alarmas internas de Mitch.

– Pues olvida que te he hablado de comida. Piensa en el clima. En el trabajo. En política. No, olvida esto último. Los políticos también pueden provocar náuseas. Piensa en…

Consiguió hacerla reír mientras se subían en el Miata rojo. Había empezado a caer una fina e insistente llovizna. El cielo semejaba una inmensa sábana gris perla. La conversación fue derivando hacia el clima… y los barcos.

– ¿Vives en la costa de Oregón y nunca has montado en barco? -inquirió él en tono incrédulo.

– ¿Qué quieres que te diga? Soy poco aventurera.

– Más bien trabajas como una mula. Se me acaba de ocurrir que… Bueno, según las previsiones, vienen tres días de lluvia, pero afirman que el cielo se habrá aclarado por completo el domingo. Si tienes un par de horas libres, te llevaré a dar un paseo en mi barco -como si anticipara el rechazo de Nicole, Mitch agregó rápidamente-: Así podríamos seguir hablando del niño… lejos del despacho y el estrés. Podemos tomar el sol y disfrutar del agua. ¿Qué te parece?

– Me parece estupendo.

Él la miró rápidamente.

– Si accedes con tanta facilidad, empezaré a preocuparme de nuevo por la posibilidad de que sufras una conmoción.

– Eh, yo juego limpio. Eres tú el que siempre le pones las cosas difíciles a tu jefa.

– Sólo porque es necesario. El resto de la plantilla te considera una santa. Piensa en cómo te aburrirías en tu pedestal si yo no te desafiara de vez en cuando.

– No soy ni de lejos una santa, Landers.

– Ya. Claro. ¿Cuándo fue la última vez que te divertiste un sábado por la noche, en lugar de irte a la cama con un contrato de trabajo?

Dado que él no se había percatado de su tono serio, Nicole estimó conveniente seguirle la broma.

– Quizá haya probado lo otro, y me resulte mucho más excitante y satisfactorio irme a la cama con un contrato.

– Caramba. Una respuesta muy difícil de rebatir.

Seguían bromeando cuando Mitch se detuvo en los aparcamientos de la empresa, minutos más tarde. Como cabía esperar, el resto de la plantilla se había marchado ya un rato antes, y los aparcamientos estaban vacíos.

– Si quieres, entraré contigo -sugirió él.

– No hace falta. Sólo voy a recoger la lista de reformas y luego me iré a casa -Nicole empezó a recoger el bolso y todo lo demás, pero de pronto titubeó. Mitch había hecho mucho por ella aquel día.

– ¿Mitch?

Él se había girado para recoger el bolso del asiento trasero, pero alzó la cabeza al oír cómo pronunciaba su nombre.

– Te has… portado estupendamente conmigo… -con un movimiento rápido y casual, le colocó una mano en el hombro y le posó un beso en la mejilla.

Él soltó una risita, presumiblemente por lo incómodo de la postura, y dicha risita sobresaltó a Nicole. A continuación Mitch dejó de reírse o de sonreír siquiera. Su mirada recorrió el rostro de ella como si sondease su estado de ánimo. Y, de pronto, con la presteza del rayo, retiró el brazo del asiento trasero y rodeó con él los hombros de Nicole, atrayéndola hacia sí.

Reclamó su boca, murmurando quedas palabras de aprobación, como si los labios de ninguna otra mujer le hubieran sabido nunca tan dulces, tan apetitosos; como si durante los siguientes minutos no tuviera nada mejor que hacer que seguir saboreándolos a placer.

Estaba lloviendo, pues la triste llovizna se había intensificado hasta convertirse en tormenta.

No obstante, ninguno de los dos reparó en el detalle. Nicole había retirado la mano del bolso para aferrar el cuello de la camisa de Mitch. Él no sabía dulce. No sabía apetitoso. El sabor de sus labios era semejante al de una droga irresistible.

Sus lenguas fueron profundizando el beso. Produciendo húmedos chasquidos. Mitch recorrió la mejilla de Nicole con la yema de los dedos, que a continuación descendieron por su cuello, mientras sus senos se hinchaban y se tensaban, conscientes de la cercanía de su mano. Un intenso calor invadió su bajo vientre. El calor de la necesidad. Del deseo. Jamás había deseado con tanta intensidad. No recordaba que nadie hubiera acelerado hasta tal punto los latidos de su corazón.

La niebla cubrió las ventanillas del coche. La lluvia tamborileaba con fuerza sobre el techo y el parabrisas. Los asientos tapizados en piel chirriaban y crujían. Y un beso siguió dando paso a otro. Unos eran suaves, otros tan profundos y ansiosos que Nicole sentía el cuello dolorido por la tensión. Se trataba, sin embargo, de un dolor agradable, motivado por el deseo.

Y entonces, de repente, el corazón empezó a martillarle en el pecho. Se echó hacia atrás, con la boca aún cálida y húmeda de los besos de Mitch. Su visión parecía tan empañada como las ventanillas… pero podía distinguir el rostro de él, sentir sus dedos aferrándole los hombros en un gesto cariñoso y tranquilizador.

– Todo va bien -murmuró Mitch-. No ha pasado nada. No quiero que te asustes de mí.

– No estoy asustada -pero, en realidad, lo estaba. No de él, sino de sí misma, de hasta qué punto se había visto sacudida por sentimientos inesperados hasta entonces.