Bob Shaw
Una guirnalda de estrellas

Titulo original: A Wreath of Stars

Traducción: Carlos Gardini

©1976, Bob Shaw

©1979, E.D.H.A.S.A.

ISBN: 80-350-0264-X

Edición digital: Sadrac

Capítulo 1

Gilbert Snook pensaba a veces que era el equivalente social exacto de un neutrino.

Era ingeniero de aviación y por lo tanto la física nuclear no era su especialidad, pero sabía que el neutrino era una partícula elusiva que interactuaba de modo tan tenue con la materia hadrónica normal del universo que podía traspasar la Tierra sin golpear ni perturbar otras partículas. Snook estaba decidido a hacer lo mismo en el trayecto lineal del nacimiento hacia la muerte, y a los cuarenta años ya estaba a punto de lograr lo que se había propuesto.

Sus padres eran individuos borrosos y poco sociables, con tendencia a la estrechez de miras, que habían muerto cuando él era niño dejándole poco dinero y ningún lazo familiar. El único tipo de educación que las autoridades locales ponían a su alcance era de naturaleza técnica, presumiblemente porque era un modo más rápido y seguro de capitalizar las pérdidas que le acarreaba la comunidad, pero se había adaptado muy bien a las aptitudes del muchacho. Había trabajado duro, conservando sin dificultad su lugar en el aula y el liderazgo del grupo en el laboratorio. Después de reunir un considerable fajo de certificados había optado por la ingeniería aeronáutica, ante todo porque era una ocupación que le permitía viajar con frecuencia al exterior. Había heredado el gusto de sus padres por la soledad, y había utilizado plenamente su movilidad profesional para eludir las aglomeraciones. Durante casi dos décadas había deambulado por el Próximo y Medio Oriente, vendiendo imparcialmente sus habilidades a cualquiera — compañía petrolífera, línea aérea u organización militar— que tuviera una flota aérea tambaleante y estuviera en disposición de pagar bien para mantenerla en vuelo.

Esos años habían visto la lamentable fragmentación de África y Arabia en estados cada vez más pequeños, y en ciertas ocasiones Snook se había encontrado en peligro de ser relacionado o identificado con una u otra de las entidades políticas encaramadas en el poder. Ese compromiso podría haber acabado en cualquier cosa, desde la obligación de aceptar un trabajo permanente hasta tener que enfrentarse a la ametralladora del verdugo mientras el arma contaba su rosario de bronce y plomo. Pero siempre — como un neutrino— se había escurrido ileso antes que la trampa de las circunstancias le dejara encerrado. En caso necesario se había cambiado el nombre durante breves períodos o había aceptado otras clases de trabajo. Había seguido su camino sin que nada le afectara.

En el microcosmos de la física nuclear, la única partícula capaz de amenazar la existencia de un neutrino sería un antineutrino; resulta irónico, pues, que fuera precisamente una nube de esas partículas la que — en el verano de 1993— interactuó tan violentamente con la vida del neutrino humano, Gil Snook.


La nube de antineutrinos fue observada por primera vez el tercer día de enero de 1993, cuando atravesaba la órbita de Júpiter, y a causa de la extrema dificultad para detectar su existencia los astrónomos se contentaron con emplear el término 'nube' en sus primeros informes. No fue hasta más de un mes después que desecharon la palabra y la sustituyeron por la expresión 'planeta errante', mucho más precisa aunque demasiado dramática.

Esta definición más atinada del fenómeno fue posible gracias al perfeccionamiento del equipo de observación de magniluct, de reciente invención, que como es frecuente en la historia de los hallazgos científicos había aparecido en el preciso instante en que resultaba necesario.

El magniluct era un material con aspecto del cristal azul común, pero en realidad se trataba de una compleja modalidad de amplificador cuántico que actuaba como una cámara para baja luminosidad, aunque sin las complejidades electrónicas de esta última. Las gafas con lentes de magniluct permitían ver claramente de noche, dando al usuario la impresión de que el paisaje circundante estaba iluminado por reflectores azules. Las aplicaciones militares, como la utilización de gafas de magniluct en combates nocturnos, fueron lo primero — y rindieron a los inventores-fabricantes generosos dividendos—, pero además un astuto equipo publicitario promovió el nuevo material en muchos otros campos. Mineros, empleados de laboratorios fotográficos, espeleólogos, serenos, policías, acomodadores, taxistas y maquinistas de ferrocarril: cualquiera que tuviera que trabajar en la oscuridad era un cliente potencial. A quienes trabajaban en los observatorios astronómicos las gafas de magniluct les resultaron particularmente útiles; así equipados, podían realizar sus tareas de modo eficaz sin bañar en una luz molesta a colegas e instrumentos.

También se atuvo a la tradición clásica de los hallazgos científicos el hecho de que fue un astrónomo aficionado, instalado en una cúpula casera de Carolina del Norte, el que vio por primera vez el planeta errante cuando se aproximaba al sol.

Clyde Thornton era un buen astrónomo, no en la acepción moderna del término, que habría implicado un conocimiento cabal de matemáticas o física estelar, sino en el sentido de que le gustaba escrutar el cielo y allá arriba se orientaba mejor que en el distrito de Asherville donde se había criado. Además, podía localizar cada instrumento de su pequeño observatorio en la más negra oscuridad, y por lo tanto la semana anterior había comprado su par de gafas de magniluct más por curiosidad que por necesidades prácticas. Thornton amaba y apreciaba las novedades técnicas, y le intrigaba la idea de una transparencia inerte que transformaba la noche en día.

Había orientado el telescopio para fotografiar una nebulosa en una exposición de treinta minutos y se paseaba con aire satisfecho, usando las gafas nuevas, mientras la placa absorbía una luz que había iniciado el viaje hacia la Tierra antes que los ancestros del hombre hubieran descubierto el uso del garrote. Un impulso instintivo le incitó a examinar el visor auxiliar para cerciorarse de que el instrumento principal seguía el objetivo con exactitud, y por una distracción momentánea lo hizo sin quitarse las gafas.

Thornton era un sesentón modesto y apacible, exento de ambiciones comerciales, pero como todo callado observador del cielo, apetecía la discreta inmortalidad concedida a los descubridores de estrellas y planetas nuevos. El desconcierto le cortó la respiración por un momento cuando vio el objeto de primera magnitud posado en el hilo horizontal del visor, como un diamante que no tenía ningún derecho a estar allí. Thornton observó largo rato la mota brillante, para asegurarse de que no fuera un satélite fabricado por el hombre, y luego reparó en una molesta bruma azul que le obstaculizaba la visión. Trató de frotarse el ojo y sus nudillos tropezaron con el marco de las gafas de magniluct. Murmurando con impaciencia, arrojó las gafas a un lado y miró de nuevo el visor.

El objeto brillante había desaparecido.

El peso de una decepción insoportable aplastó a Thornton mientras controlaba las lustrosas piezas del telescopio para asegurarse de que no había alterado accidentalmente la dirección. Estaba tal como él lo había apuntado, salvo por un ínfimo deslizamiento del regulador automático. Incapaz de renunciar a la esperanza, separó la cámara del telescopio principal, insertó un ocular de poca potencia y miró a través de él. La nebulosa que había estado fotografiando estaba en el centro del campo visual — otra prueba de que el telescopio no se había desviado— y no había indicios del Planeta de Thornton, como más tarde se designaría al objeto en los catálogos.

Thornton aflojó los hombros mientras, sentado en las sombras, rumiaba sobre su necedad. Se había dejado arrastrar por el entusiasmo, igual que tantos astrónomos, despistado por un reflejo errático en el equipo. La brisa nocturna que susurraba a través de la abertura de la cúpula pareció de pronto más fría, y Thornton recordó que ya eran más de las dos de la mañana, hora de que un hombre de su edad se acostara a dormir bajo mantas calientes. Buscó las gafas de magniluct, se las puso y — en el resplandor azul que parecían crear— empezó a recoger libretas y lápices.

Fue un capricho, una breve negativa a aceptar los dictados del sentido común lo que le impulsó a volver al telescopio. Sin quitarse las gafas, apoyó el ojo en el visor. La nueva estrella titilaba como antes en el hilo horizontal.

Thornton permaneció un minuto entero acuclillado ante el visor, mirando alternativamente con y sin gafas, antes de aceptar del todo el fenómeno de un astro que sólo podía verse a través de una pantalla de magniluct. Se quitó las gafas y las sostuvo con los dedos trémulos, palpando las letras de la marca — AMPLITE— inscrita en relieve en el armazón de plástico, luego sintió la necesidad de echar un vistazo diferente y más detallado a su descubrimiento. Se encaramó en el taburete bajo y miró a través del ocular del gran refractor. Había una inevitable imprecisión producida por la transparencia del magniluct, pero el objeto se veía con claridad y tenía exactamente el mismo aspecto que en el visor de poca potencia. Por raro que parezca, no resplandecía más.

Thornton arrugó el ceño cuando consideró las implicaciones de lo que veía. Había supuesto que el objeto aparecería mucho más brillante a causa de la magnificación de la luz en la lente de veinte centímetros del telescopio principal. El hecho de que el objeto fuera exactamente igual significaba — la mente de Thornton forcejeó con los datos poco familiares— que no emitía ninguna luz, que estaba viendo por medio de algún otro tipo de radiación detectada por sus gafas Amplite.

Ansioso de hacer una nueva comprobación, se incorporó trabajosamente, rodeó la instalación del telescopio y salió de la cúpula al blando césped del jardín trasero. La noche invernal le apuñalaba la ropa con dagas de cristal negro. Alzó los ojos al cielo y, sin más instrumento que las gafas, buscó la región que le interesaba. Coma Berenices era una constelación insignificante, pero Thornton la conocía bien desde la niñez y de inmediato vio la gema recién adquirida enredada en los cabellos de la doncella. Cuando se quitó las gafas el nuevo astro desapareció.

En ese punto Thornton hizo algo muy poco característico de él: corrió hacia la casa a toda velocidad, sin preocuparse por la posibilidad de una torcedura de tobillo, decidido a llegar al teléfono sin perder un segundo. Muchos miles de personas en el mundo poseían gafas de magniluct. En cualquier momento alguien podría mirar al cielo y reparar en esa presencia nueva y desconocida en el espacio… Y Thornton ansiaba fervorosamente que la bautizaran con su nombre.

Los últimos minutos habían sido los más excitantes en sus cuarenta años de astrónomo aficionado, pero la noche le reservaba otra sorpresa más. En la casa totalmente a oscuras prefirió ponerse las gafas en vez de encender la luz, y se dirigió al teléfono del vestíbulo. Recogió el aparato y tecleó el número de un viejo amigo, Matt Collins, que era profesor de astronomía en la Universidad de Carolina del Norte. Y mientras esperaba la comunicación, alzó los ojos en un acto reflejo que le orientó la mirada aproximadamente hacia la misma dirección adonde él había orientado el telescopio.

Allí, reluciente como un diamante azul, estaba su estrella especial, visible con tanta claridad como si la parte superior de la casa, con sus vigas y tejas, no fuera más sustancial que las sombras. Mientras usara las gafas de magniluct vería nítidamente el nuevo astro brillando con un resplandor no opacado por la materia sólida.


El doctor Boyce Ambrose hacía lo posible por salvar un mal día. Se había despertado temprano por la mañana con una sombría sensación de fracaso, como a veces sucedía. Un aspecto molesto de estas depresiones era que no había modo de preverlas; o siquiera de saber qué las provocaba. La mayor parte de los días se sentía razonablemente satisfecho con su puesto de director del planetario Karlsen, con el soberbio y flamante instrumental y las constantes visitas, a veces personajes eminentes, a veces muchachas atractivas y ansiosas de oír cuanto él sabía acerca del cielo, hasta el punto de animarle a continuar con sus peroratas hasta el desayuno de la mañana siguiente. La mayor parte de los días disfrutaba de la rutina vagamente administrativa, de las frecuentes oportunidades que le brindaban los portavoces locales de pontificar acerca de cada acontecimiento que tuviera lugar entre los límites de la estratosfera y los extremos del universo observable, de la ronda de funciones sociales y cócteles donde era raro que las cámaras no registraran su presencia mientras Ambrose se dedicaba a ser alto, joven, guapo, culto y rico.

De vez en cuando, sin embargo, venían esos otros días en los que se veía como la más despreciable de las criaturas: el astrónomo oportunista. Eran los días en que recordaba que el título se lo había otorgado una universidad famosa por su susceptibilidad a las contribuciones financieras privadas, que la tesis de grado la había preparado con la ayuda de dos 'secretarios personales’ económicamente pobres pero científicamente calificados, que su puesto en el planetario había estado al alcance de cualquiera cuya familia estuviese dispuesta a invertir la mayor cantidad de dinero para la compra del equipo de proyección. En su primera juventud había decidido demostrar que podía hacer carrera sin necesidad de la fortuna de los Ambrose, pero luego había descubierto que le faltaba la voluntad necesaria. De vez en cuando pensaba que si hubiera sido pobre le habría resultado más fácil tolerar las largas horas de estudio solitario; su desventaja consistía en la posibilidad de costearse cualquier distracción. En esas circunstancias, lo más lógico era contrarrestar los efectos del dinero en su carrera académica con el dinero mismo, usándolo para comprar las cosas que le había impedido conquistar.

Ambrose podía vivir feliz con esta racionalización implantada bajo la piel, salvo en los malos días en que, por ejemplo, un vistazo incauto a una publicación científica le enfrentaba con ecuaciones que se suponía debía comprender. En esas ocasiones, a menudo decidía elevar su labor en el planetario a un nuevo nivel de eficiencia y creatividad, y por eso había viajado tres horas para ver personalmente a Matt Collins en vez de limitarse a llamarle por televideo.

— No soy experto en este asunto — le dijo Collins mientras bebían café en el confortable despacho color tostado del profesor—. Que Thornton y yo fuéramos amigos y él me llamara a mí fue pura coincidencia. En realidad, dudo que exista alguien que pueda denominarse experto en el Planeta de Thornton.