– ¿Puedo ayudarla en algo?

– Sí. Eso espero. Soy Claire. Claire Keyes.

La adolescente, una morena regordeta de enormes ojos marrones, suspiró.

– Muy bien. ¿Qué desea? El pan de ajo y romero acaba de salir del horno.

Claire sonrió esperanzadamente.

– Soy Claire Keyes -repitió.

– Ya lo he oído.

Claire señaló el letrero que había en la pared.

– Keyes. Soy la hermana de Nicole.

La adolescente abrió unos ojos como platos.

– Dios mío, no. ¿Es usted de verdad, la pianista?

Claire se estremeció.

– Soy concertista.

Solista, pero ¿para qué detenerse en sutilezas?

– He venido por la operación de Nicole. Jesse me llamó y me pidió que…

– ¿Jesse? -la voz de la chica chirrió-. No. ¿Lo dice en serio? ¡Oh, Dios mío! No puedo creerlo -dijo, y dio un paso atrás-. Nicole la va a matar, si es que no lo ha hecho ya. Yo… -alzó una mano-. Espere aquí, ¿de acuerdo? Ahora mismo vuelvo.

Antes de que Claire pudiera decir nada, la chica salió corriendo hacia la puerta trasera.

Claire se colocó el bolso en el hombro y miró lo que había dentro de las vitrinas de cristal. Había varias tartas, un par de bizcochos y rebanadas de pan. Le rugió el estómago, y recordó que no había comido en todo el día. Estaba muy nerviosa en el avión como para tomar algo.

Quizá pudiera llevarse un poco de aquel pan de ajo y romero y después pasar por el supermercado para…

– ¿Qué demonios está haciendo aquí?

Claire miró al hombre que caminaba hacia ella. Era corpulento y de aspecto duro, de piel bronceada y con un cuerpo que daba a entender que o hacía trabajo manual o pasaba demasiado tiempo en el gimnasio. Claire hizo lo posible por no arrugar la nariz al ver su camisa de cuadros y sus vaqueros desgastados.

– Soy Claire Keyes -dijo.

– Sé quién es usted. Le he preguntado qué hace aquí.

– En realidad me ha preguntado qué demonios estoy haciendo aquí. Hay una diferencia.

Él entrecerró los ojos.

– ¿Qué diferencia?

– Una pregunta denota interés en la respuesta, y la otra me hace saber que lo estoy molestando. No le importa qué hago aquí, sólo quiere darme a entender que no soy bienvenida. Lo cual es extraño, teniendo en cuenta que no me conoce.

– Soy amigo de Nicole. No necesito conocerla para saber todo lo que tengo que saber de usted.

Ay. Claire no entendía nada. Si Nicole todavía estaba enfadada con ella, ¿por qué la había llamado Jesse y le había dicho lo contrario?

– ¿Quién es usted?

– Wyatt Knight. Nicole está casada con mi hermanastro.

¿Nicole se había casado? ¿Cuándo? ¿Con quién?

Sintió una gran tristeza. Su propia hermana ni siquiera se había molestado en decírselo, ni en invitarla a la boda. ¿Hasta qué punto era patético todo aquello?

La emoción se reflejó en el rostro de Claire Keyes. Wyatt no se molestó en analizarlo. Las mujeres y sus sentimientos eran un misterio que un hombre mortal debía dejar sin resolver. Intentar descifrar la mente femenina podía llevar a un hombre a la bebida, y después matarlo.

La observó atentamente, en busca de parecidos con Nicole y Jesse. Era rubia, alta y esbelta. Sus ojos, quizá, pensó al ver que los tenía azules. Quizá la forma de la boca. El color del pelo… más o menos. Nicole sólo era rubia. Claire tenía el pelo de una docena de matices diferentes, y brillante.

Sin embargo, lo demás era distinto. Nicole era su amiga, alguien a quien conocía desde muchos años atrás. Una mujer guapa, pero normal. Claire iba vestida de blanco de pies a cabeza. Incluso su abrigo era blanco. Llevaba unas botas y un bolso color beige. Era como una princesa de hielo…, una princesa malvada.

– Me gustaría ver a mi hermana -dijo Claire con firmeza-. Sé que está en el hospital, pero no sé en cuál.

– No voy a decírselo. No sé para qué ha venido, señorita, pero sí puedo decirle que Nicole no quiere verla.

– No es eso lo que tengo entendido.

– ¿Con quién ha hablado?

– Con Jesse. Me dijo que Nicole iba a necesitar ayuda después de la operación. Me llamó ayer, y he tomado un avión esta mañana. No voy a marcharme, señor Knight, y no puede obligarme. Voy a ver a mi hermana. Si prefiere no darme la información, llamaré a todos los hospitales de Seattle hasta que la encuentre. Nicole es mi familia.

– ¿Desde cuándo? -murmuró él. Había reconocido el ángulo de obstinación de su barbilla y la decisión de su voz. Las mellizas tenían aquello en común.

¿Por qué lo había hecho Jesse, para causar más problemas? ¿O acaso estaba intentando arreglar una situación desesperada? La verdad era que Nicole iba a necesitar ayuda, y no quería pedirla. Él haría todo lo que pudiera, pero también tenía que llevar su negocio y cuidar a Amy. Nicole no iba a querer que Drew apareciera por allí, suponiendo que el vago de su hermano no se hubiera escondido ya en alguna parte. Jesse era una opción todavía peor, lo cual dejaba disponible exactamente a… nadie.

¿Por qué tenía que tomar él aquella decisión? Soltó una imprecación entre dientes.

– ¿Dónde se va a alojar?

– En la casa, naturalmente.

– Muy bien. Quédese allí. Nicole saldrá del hospital dentro de un par de días. Podrá hablar de esto con ella cuando vuelva.

– No voy a esperar dos días para verla.

Egoísta, caprichosa, narcisista. Wyatt recordó la lista de quejas que Nicole tenía sobre su hermana. Y en aquel momento, todas tenían sentido para él.

– Escuche -dijo-, puede esperar en la casa o volver a París, o al lugar en el que viva.

– Nueva York -dijo Claire en voz baja-. Vivo en Nueva York.

– Donde sea. Lo que quiero decir es que no va a ver a Nicole hasta que haya tenido un par de días para recuperarse, aunque yo tenga que hacer guardia en la puerta de su habitación. ¿Entendido? Ya está sufriendo lo suficiente ahora, después de la operación, como para tener que soportar más molestias.


Dos

Claire se desinfló como un globo pinchado y Wyatt se quedó con la sensación de ser un idiota. Se dijo que ella sólo estaba actuando, que había nacido para engañar a la gente y que había perfeccionado su técnica a medida que se había hecho mayor. Según decía, su hermana le importaba mucho; entonces, ¿por qué no había aparecido nunca, durante todos los años que habían pasado desde que él conocía a Nicole? Ni en sus cumpleaños, ni en la maldita boda. Se había perdido también la graduación del instituto de Jesse. Se le daba bien hacerse la víctima, eso era todo, y él no iba a permitir que lo atrapara en su juego.

Justo cuando creía que iba a darse la vuelta y a marcharse, ella irguió los hombros, alzó la barbilla y lo miró a los ojos.

– Me ha llamado mi hermana.

– Eso dice usted.

– No me cree…

– No me importa tanto como para pensarlo.

Ella ladeó la cabeza, y aquel pelo largo y brillante le cayó sobre un hombro.

– Es usted un buen amigo para Nicole. Espero que ella sepa apreciarlo.

Así que había pasado al halago. Probablemente, aquél era un plan efectivo para alguien que no estuviera sobre aviso.

– Me ha llamado Jesse -continuó ella-. Me contó lo de la operación. Se dará cuenta de que es cierto, porque, de otro modo, ¿cómo iba a saberlo? Jesse también me dijo que Nicole necesitaba que yo la ayudara después y que se alegra de que yo venga. Y yo me siento más inclinada a creerla a ella que a usted.

– Yo puedo decirle que, veinte minutos antes de la operación, Nicole no sabía nada de que usted fuera aparecer. Créame, me lo habría dicho.

Claire frunció el ceño ligeramente.

– Eso no tiene sentido. ¿Por qué iba a mentir Jesse? ¿Y por qué iba a mentir usted?

– Yo no miento.

Parecía que estaba verdaderamente confusa, y él estuvo a punto de creerla. Aquella situación era un enredo, y tenía la firma de Jesse. La cuestión era, ¿por qué lo había hecho la chica? ¿Para empeorar la situación, o porque de veras quería ayudar a Nicole? Con Jesse no era fácil de saber.

– Voy a quedarme -dijo Claire-, mejor que lo sepa. Voy a quedarme, voy a ir al hospital y…

– No.

– Pero yo…

– No.

Ella lo miró.

– Es usted muy decidido.

– Protejo a los míos.

En los ojos de Claire se reflejó algo triste que él no quiso identificar.

– Muy bien. Esperaré en la casa hasta que Nicole vuelva del hospital -dijo ella por fin-. Después, mi hermana y yo resolveremos lo que está sucediendo.

– Sería mejor que volviera a Nueva York.

– Yo no me limito a lo fácil, nunca lo he hecho. Supongo que tengo una profesión arriesgada.

Él no tenía ni idea de sobre qué estaba hablando. ¿Acaso pensaba que alguien podía creerse que tocar el piano para un puñado de ricos en Europa era arriesgado?

Se encogió de hombros. No podía obligar a desaparecer a la hermana de Nicole. Siempre y cuando no intentara molestar a Nicole en el hospital, él se mantendría al margen.

– ¿Nicole volverá a casa dentro de un par de días? -preguntó Claire.

– Más o menos.

Ella sonrió.

– Parece que está empeñado en ocultarme la información, señor Knight, pero como voy a vivir en la misma casa, será difícil que Nicole no sepa que he vuelto.

– Como quiera.

La sonrisa se borró de los labios de Claire.

– No le caigo muy bien.

Él no se molestó en responder.

– Ni siquiera me conoce -continuó ella-. No es justo.

– Sé lo suficiente.

Claire se puso rígida, como si aquello hubiera sido un golpe fuerte. Egoísta y sensible, pensó él con tristeza. Vaya combinación.

Ella se dio la vuelta y salió de la panadería. Wyatt la siguió para comprobar que se subía al coche y se alejaba. Miró hacia el aparcamiento, pensando que iba a encontrarse con una limusina o un Mercedes. Sin embargo, Claire llevaba un coche de alquiler de tamaño mediano, de cuatro puertas, con el equipaje en el asiento trasero.

– Ha traído tanta ropa -dijo sin poder contenerse- que ni siquiera le cabe en el maletero.

Ella se detuvo y lo miró.

– No. Sólo he traído esas maletas.

– ¿Y qué tiene en contra del maletero? ¿Es que le da miedo romperse una uña?

– Me dedico a tocar el piano, así que no llevo las uñas largas -dijo Claire, y se irguió de nuevo, como si quisiera prepararse-. Y como ya le he dicho, vivo en Nueva York, donde no tengo coche. No sabía cómo abrir el maletero.

Wyatt entendió por qué se había preparado. Estaba esperando que él le lanzara otro ataque. Se le ocurrieron cientos de respuestas. ¿Quién no sabía abrir el maletero de un coche? Incluso su hija de ocho años sabía hacerlo.

Lo que le impidió decirle eso y más fue el hecho de que ella estuviera esperando el golpe y que, incluso sabiendo que no le caía bien, hubiera revelado un punto débil. A Wyatt no le importaba ser malicioso, pero no era un matón.

Se acercó a ella, le quitó las llaves de la mano y señaló el llavero.

– ¿Nunca había visto uno de estos? Los dibujitos le indican lo que hace cada botón.

Apretó uno y abrió el maletero.

Claire sonrió.

– ¿En serio? ¿Eso es todo? -se acercó y miró el amplio espacio-. Es enorme. Podía haber traído más maletas. ¿Hay más botones?

Ella estaba entusiasmada a un nivel que no se merecía un llavero.

– No sale mucho, ¿verdad?

Su sonrisa se hizo más amplia.

– Incluso menos de lo que usted piensa.

– Cierre de puertas, apertura de puertas, botón del pánico.

– Es genial.

Era como un niño con un juguete nuevo. Tenía que estar tomándole el pelo.

– Gracias -le dijo ella-. En serio, me sentía como una tonta en el aparcamiento de la oficina de alquiler, mirando el coche como si no supiera qué hacer -añadió, y arrugó la nariz-. Ojalá conducir hasta aquí hubiera sido tan fácil. ¿Es que la gente tiene que ir obligatoriamente tan deprisa?

Wyatt no sabía qué pensar. Por los pocos comentarios que Nicole hacía sobre su hermana, era consciente de que no debía confiar en ella. Sin embargo, aunque era tan inútil como decía Nicole, aquella mujer no era tan fría ni tan distante.

De todos modos, aquél no era su problema.

Le devolvió las llaves. Ésta las tomó y, durante un segundo, quizá dos, se tocaron. Sus dedos rozaron la palma de la mano de Claire. Nada de importancia. Excepto por la súbita llamarada.

Dios santo, pensó Wyatt; apartó la mano y se la metió rápidamente al bolsillo. No, no, ella no. Dios, cualquiera menos ella.

Claire seguía parloteando, seguramente, dándole las gracias. Él no la escuchaba. Se estaba preguntando por qué, de todas las mujeres del mundo, tenía que sentir una atracción sexual ardiente por aquélla precisamente.


La suave voz femenina del GPS condujo a Claire hacia la casa en la que había pasado los seis primeros años de su vida. Encontró un sitio para aparcar en la calle delantera y apagó el motor. Salió del coche y cerró la puerta con el llavero. Con un sentimiento tonto de orgullo por haberlo conseguido, dio la vuelta a la casa y encontró la llave en el lugar que le había indicado Jesse. Abrió la puerta trasera y entró.

Llevaba años sin pisar esa casa. Casi doce, pensó, recordando la única noche que había pasado bajo aquel techo después de la muerte de su madre. Una noche en la que Jesse la había observado como si fuera una extraña mientras Nicole la miraba con odio. Su hermana melliza no se había conformado con comunicárselo en silencio. A sus dieciséis años, no le había importado nada decirle lo que pensaba.

– Tú la has matado -le gritó-. Te la llevaste y ahora la has matado. Nunca te lo perdonaré. Te odio. Te odio.

Lisa, la representante de Claire, se la había llevado entonces. Se habían alojado en una suite del Cuatro Estaciones hasta después del funeral. Desde allí habían ido directamente a París. Primavera en París, le había dicho Lisa. La belleza de aquella ciudad la curaría.

No había sucedido así. Sólo el tiempo había podido curarle las heridas, pero las cicatrices habían quedado para siempre. Primavera en París. Siempre que oía aquella canción, se acordaba de la muerte de su madre, y de Nicole gritándole.

Claire apartó todos aquellos recuerdos de su mente y entró en la cocina. Estaba diferente; era más moderna y más grande. Parecía que Nicole había reformado la casa o, al menos, algunas partes. Continuó por las escaleras y se encontró con que varias de las habitaciones pequeñas se habían transformado en un espacio más amplio. Había un gran salón con muebles cómodos, colores cálidos y un armario contra la pared, que ocultaba una televisión de pantalla plana y otros aparatos electrónicos. El comedor estaba igual. El dormitorio pequeño que había en aquella planta se había convertido en un pequeño estudio.

La casa estaba oscura y fría. Encontró el termostato y encendió la calefacción. Encendió también algunas lámparas, pero con eso no consiguió que la casa fuera más acogedora. Quizá el problema no fuera la casa. Era ella, y los recuerdos que no se iban.

La última vez que había ido a Seattle había sido para el funeral de su padre. Había recibido una llamada de teléfono de un hombre, quizá del propio Wyatt, pensó Claire mientras se sentaba en el sofá, que la había informado de que su padre había muerto. Le había dicho la fecha, hora y lugar en que iba a celebrarse el funeral y después había colgado.