Lo que quería en realidad era incorporarse, dar una patada en el suelo y decir que la que había sido maltratada allí era ella. Que Nicole le había dado la espalda hacía muchos años, y que se había negado a reconsiderar su postura. Que ella se había llevado la culpa de cosas que le habían hecho mucho daño también, tanto como a Jesse y a Nicole. Sin embargo, no tenía sentido empezar a decir todo aquello allí. Había ido a Seattle con un objetivo.

Se puso en pie.

– No me voy a ninguna parte. Me necesitas.

Nicole volvió a gruñir.

– Necesito muchas cosas, pero tú no eres una de ellas. Wyatt, ¿no te dije que me pegaras un tiro? ¿Por qué no me hiciste caso?

Wyatt le puso de nuevo la mano en el hombro.

– Todos los hombres son unos inútiles -murmuró Nicole, y después volvió a mirar a Claire-. ¿Te importaría apartarte, para que pueda salir de aquí? Me duele, estoy cansada y quiero ir a casa.

– Tengo el coche a la salida -dijo Claire-. Conozco el camino, lo he practicado.

– Estamos todos muy orgullosos -respondió Nicole con sarcasmo.

La enfermera sonrió comprensivamente a Claire y después empujó a su paciente hacia el ascensor. Claire los siguió, sin saber qué hacer ni qué decir. No podía obligar a Nicole a entrar en su coche. Quizá sería mejor dejar que Wyatt la llevara a casa y tomar las riendas desde allí.

Sin embargo, le dolía ser rechazada. Tenía la esperanza de que las cosas hubieran sido distintas.

– Las cambiaré -se dijo mientras caminaban hacia la mañana fresca de primavera.

Había una furgoneta grande aparcada junto a la entrada. Wyatt abrió la puerta, sentó a Nicole en el asiento y cerró de nuevo.

Claire los observó, con el corazón dolorido al ver la ternura y el cuidado que mostraba Wyatt. Quería un poco de eso para sí misma. No de Wyatt, pero sí de otra persona. Quería que un hombre se preocupara por ella, que la quisiera. Quería tener amigos y familia. Quería tener una vida.

Y había vuelto a casa a buscar todo aquello.


Tres

– Pensaba que estabas mintiendo -dijo Nicole cuando salían del aparcamiento del hospital-. Pensaba que estaba teniendo alucinaciones a causa de los medicamentos. No puedo creerme que esté aquí. Seguramente, es la mujer más inútil del planeta. ¿Por qué yo? ¿Y por qué ahora?

Wyatt no podía responder, así que se quedó callado. Había oído suficientes cosas sobre Claire con el paso de los años como para formarse una mala opinión de ella. Sin embargo, aquel día en el hospital, parecía tan esperanzada, y tan herida, que casi se había sentido mal por ella.

Lo cual demostraba lo tonto que era en relación a las mujeres. Siempre elegía a la peor. Tenía el divorcio para demostrarlo. Nicole conocía a su hermana mucho mejor que él, y él confiaba en Nicole. Lo que ésta afirmaba debía de ser cierto.

– ¿Qué vas a hacer con ella? -preguntó.

– Supongo que pedirte que le pegues un tiro es una pérdida de tiempo -suspiró Nicole-. No lo sé. Hacerle el vacío y esperar a que se vaya.

– Pero vas a necesitar ayuda, al menos durante los dos primeros días.

Wyatt mantuvo los ojos en la carretera, pero sintió la mirada de enfado de Nicole.

– ¿Me estás tomando el pelo? No estarás sugiriendo que deje que se quede y cuide de mí… ¿Sabes lo inútil que es? No es una persona, Wyatt. Es un mono amaestrado. Me asombra que sepa conducir. Oh, espera. No he visto su coche. Te apuesto lo que quieras a que es una limusina, con chófer. Claire no arriesgaría sus preciosas y delicadas manos haciendo un trabajo de verdad. Agarrar el volante podría causar un impacto en sus interpretaciones, y eso no se puede permitir.

Wyatt sabía que las hermanas no se llevaban bien, y conocía los pormenores del distanciamiento, pero nunca había entendido la profundidad de la ira y la amargura de Nicole.

Separarse de Claire había sido doloroso, pero hasta aquel momento, él no había imaginado que las heridas fueran tan profundas. El humor negro y el sarcasmo ocultaban mucho dolor. Era como si le gustara hacerse la malvada sólo para protegerse.

– Yo puedo ir por las noches -dijo-. Después del trabajo.

Ella se hundió en el asiento, se puso el brazo sobre el estómago y gruñó.

– No quiero. Tú tienes que cuidar de Amy, yo estaré perfectamente.

– No, no es verdad.

– No quiero pensarlo. Ahora mismo no.

Se suponía que no debería haber ningún problema, pensó él. Cuando se había fijado la fecha de la operación, Drew, el marido de Nicole, todavía estaba en sus vidas.

Wyatt pensó en su hermanastro y tuvo ganas de pegarle un puñetazo. Qué idiota. Lo había echado todo a perder. Había traspasado el límite, y Nicole no iba a perdonarlo nunca. Wyatt no estaba seguro de poder hacerlo él tampoco.

Miró por el espejo retrovisor y vio a Claire en su coche, tras ellos. Aunque iba un poco rezagada, él veía que agarraba el volante con fuerza, y tenía una expresión decidida.

– Deberías mudarte con Amy y conmigo -dijo-. Es la solución más fácil.

– No.

– Eres muy cabezota.

– Es parte de mi encanto.

En circunstancias normales, Jesse hubiera arrimado el hombro, pero eso no iba a suceder pronto.

– Si no quieres que te ayude yo, necesitarás a otra persona -le dijo-. Sólo los dos primeros días. Claire puede ir al supermercado y hacerte la comida.

– Ja. ¿Es que te crees que la princesa del piano sabe cocinar?

– Puede pedir comida preparada.

– Yo también.

– Y cuidarte.

– ¿Mencioné un mono amaestrado? Sería mucho más útil. O un perro lazarillo.

– Es tu hermana.

Nicole volvió a fulminarlo con la mirada.

– Claire fue el comienzo de mi racha de mala suerte.

– Estás exagerando. Aprovéchate de ella, eso te proporcionará algo de placer.

– Menos del que tú te imaginas.

Llegaron a casa. Después de aparcar, Wyatt tomó a Nicole en brazos para llevarla dentro. Claire ya había abierto la puerta, y los siguió al interior.

Él subió las escaleras y entró al dormitorio de Nicole. Alguien, seguramente Claire, había descorrido las cortinas. Cuando él dejó a Nicole sobre la cama, ella respiró hondo y sonrió.

– Gracias.

Se había quedado pálida. Wyatt sabía que debía de tener dolores fuertes.

– ¿Cuándo puedes tomar algo para el dolor?

– Hasta dentro de un rato no. Me pusieron una inyección en el hospital. Estaré bien.

No tenía cara de estar bien.

La ayudó a quitarse la chaqueta y las zapatillas y a acostarse. Después de taparla, se sentó a su lado en la cama.

– Sólo será durante unos días -le dijo-. Yo vendré por las noches, pero necesitas ayuda durante el día.

Ella cerró los ojos.

– No será tan malo -le dijo él.

– Te odio.

– ¿Eso es un «sí»?

Nicole suspiró.

– Sí.

Wyatt se puso en pie. Claire estaba vacilando en la entrada de la habitación. Él pasó por delante de ella y esperó hasta que lo siguió al pasillo y después al piso de abajo. Cuando estuvieron en la cocina, se volvió hacia ella.

– Has dicho que has venido aquí a cuidar de tu hermana -le dijo.

– Sí. Obviamente. ¿A qué otra cosa iba a venir?

– Muy bien. Entonces, eso es lo que vas a hacer. Ayudar. Nicole tiene muchos dolores. Tendrá que curarse, y tu trabajo es hacerle la vida más fácil. No se te vayas por ahí a visitar clubs, ni a salir con tus amigos. Tienes que estar aquí y ser responsable. Esto es un compromiso muy serio. Yo vendré a ver a Nicole todas las noches y te prometo que si lo estropeas, lo lamentarás.

Claire lo miró como si fuera un marciano.

– No sé de qué estás hablando.

– ¿Es que no me he expresado con claridad?

– ¿Piensas eso de mí, realmente? -Claire cabeceó-. No importa. Una parte de mí quiere preguntarte lo que Nicole te ha contado de mí, pero en realidad no quiero saberlo. ¿Para qué? Yo soy mala y ella es buena, y así ha sido siempre.

Hizo una pausa y tragó saliva. Wyatt tuvo la impresión de que estaba conteniendo las lágrimas. Se dijo que no era más que una actuación maestra; se negó a dejarse atrapar por la interpretación.

Sin embargo, Claire no lloró. Respiró profundamente un par de veces y lo miró.

– Tú no me conoces. A pesar de lo que Nicole te haya contado, no sabes nada sobre mí. Yo podría decir lo mismo de ella, lo cual es triste. Somos hermanas, mellizas. Detesto que nos hayamos distanciado de esta manera. Detesto cómo son las cosas. Yo no…

Claire se quedó callada y apretó los labios.

– Lo siento. A ti esto no te importa.

Él la observó sin decir nada.

Ella irguió los hombros y alzó la barbilla.

– He venido a ayudar. No tengo interés en ir a bares, nunca lo he tenido. No tengo amigos aquí en Seattle, así que no te preocupes por las distracciones. Quiero cuidar a Nicole y recuperar mi relación con ella, nada más. Eso es lo que tengo que decir, tú puedes creerlo o no. Lo cierto es que no voy a ir a ninguna parte, al menos hasta que Nicole esté bien.

Habló con dignidad y calma, y estuvo a punto de convencerlo, pero Nicole siempre le había dicho que Claire manipulaba a la gente con la misma facilidad con la que tocaba el piano.

Sin embargo, no le quedaba más remedio que fiarse. No podía dejar el trabajo, y tenía que cuidar de su hija.

– Estaré cerca. Vigilando.

– Juzgando. Es diferente.

Él se encogió de hombros. No le importaba si la había ofendido.

Se sacó una tarjeta del bolsillo de la camisa.

– Ahí tienes mi número de móvil. Si hay algún problema, llámame.

– No habrá ningún problema.

Wyatt le entregó la tarjeta en vez de dejarla en la encimera, y entonces se dio cuenta del error que había cometido, en cuanto sus dedos se rozaron.

La descarga fue tan intensa y tan pura que Wyatt pensó que la cocina iba a estallar. Soltó un juramento en voz baja y fulminó a Claire con la mirada, culpándola de la inesperada química que había entre ellos. Ella miró la tarjeta, y después lo miró a él.

– Qué raro ha sido -dijo.

Había una confusión genuina en su voz, y sorpresa en sus ojos, como si ella lo hubiera sentido también pero no supiera lo que significaba.

«Sí, claro», pensó él. Estaba manipulándolo. Que siguiera así, a él no le importaba. No le importaba nada cómo reaccionaba al tocarla. No iba a hacer nada respecto a aquellas sensaciones, no se dejaba controlar por sus hormonas. Era un hombre racional que pensaba con la cabeza, no cedía sin más a los impulsos.

Sin embargo, cuando ella sonrió y dijo: «Gracias por cuidar de ella», poniéndole una mano sobre el brazo, él quiso ceñirla contra su cuerpo y besarla hasta que le pidiera clemencia. La imagen fue tan poderosa que se le quedó la boca seca y se le aceleró el pulso. Humillante.

Salió de la cocina a zancadas, sin decir adiós, jurándose que mantendría las distancias con Claire. Lo que menos necesitaba en su vida era otra mujer inútil que lo volviera loco y estropeara todo lo que tocaba.


Claire miró la ropa que había dejado sobre la cama y suspiró. Parecía que hacer las maletas no era una habilidad instintiva. Había tenido mucho cuidado con todo, pero allí estaba su ropa, completamente arrugada.

En circunstancias normales, la ayudante de Lisa se llevaría aquella ropa y se la devolvería perfectamente planchada. Y si ella no estaba cerca, llamaba al servicio de lavandería del hotel. Sin embargo, aquello no era un hotel.

Observó una blusa de seda y se preguntó si podía plancharse. Con otro suspiro, se acordó de que no sabía planchar, y si quería practicar, quizá no fuera lo mejor hacerlo con una blusa de diseñador.

– ¿Soy totalmente inútil, o esto es un incidente aislado? -se preguntó en voz alta. Era mejor saber la verdad que fingir. Su objetivo era cambiar, adaptarse al mundo real.

Oyó un sonido que provenía del pasillo y, sin soltar la blusa, corrió hacia la habitación de Nicole y se la encontró saliendo del baño. Estaba doblada por la cintura, con un brazo en el estómago. Estaba pálida y tenía la boca fruncida de dolor.

– Tenías que haberme avisado -dijo Claire, mientras acudía rápidamente a su lado-. Estoy aquí para ayudarte.

– Si se te ocurre cómo puedes hacer pis por mí, soy todo oídos. De lo contrario, apártate.

Claire hizo caso omiso de aquel comentario y se acercó a la cama, donde rápidamente, apartó las mantas. Nicole no le hizo caso y muy despacio, con cuidado, se tendió. Claire intentó taparla.

– Si me tapas, te juro que te mataré. Hoy no, pero pronto, cuando menos te lo esperes.

Claire se apartó de la cama.

Cuando Nicole se hubo acomodado, cerró los ojos. Después de un segundo, volvió a abrirlos.

– ¿Es que vas a quedarte ahí?

– ¿Necesitas algo? ¿Más agua? ¿Trocitos de hielo? Te ayudarán a mantenerte hidratada sin provocarte náuseas.

– ¿Cómo lo sabes?

– He estado leyendo algunos artículos en Internet.

– Vaya, eres toda una enfermera.

Claire agarró con fuerza la blusa.

– No decían nada sobre que una operación le vuelva a uno sarcástico, así que supongo que es un rasgo únicamente tuyo.

– Lo llevo con orgullo, como si fuera una medalla al mérito -dijo Nicole, que se movió e hizo un gesto de dolor-. ¿Qué estás haciendo aquí, Claire?

– Jesse me llamó hace unos días y me dijo lo de la operación. Me advirtió que ibas a necesitar mi ayuda. También dijo que sentía que todavía estuviéramos distanciadas, y que tú querías que fuéramos una familia.

Lo dijo sin temblar, sin que su voz delatara el sufrimiento. Sin embargo, estaba allí, escondido. Porque acercarse a su hermana era lo que quería.

– ¿Y la creíste? -Nicole movió la cabeza-. ¿De verdad? Después de todo este tiempo, ¿crees que voy a cambiar de opinión sobre ti?

– Tu opinión sobre quién crees que soy -replicó Claire-. Tú no me conoces de verdad.

– Una de las bendiciones de mi existencia.

Claire hizo como si no la oía.

– Ahora estoy aquí, y es evidente que necesitas ayuda. No veo a ningún otro candidato, así que parece que estamos atrapadas.

Nicole se puso tensa.

– Podría llamar a mis amigos.

– Pero no lo vas a hacer. Odias deber favores a los demás.

– Como tú también has dicho, no me conoces de verdad.

– Pero me lo imagino.

Ella también odiaba deber favores.

– No finjas que tenemos algo en común -le espetó Nicole-. Tú no eres nadie para mí. Muy bien, si crees que puedes ayudar, ayuda. No me importa. Lo bueno es que no creo que seas capaz de hacer nada, aparte de esperar a que te sirvan, así que mis expectativas son bajas.

Aquello no era lo que había imaginado, pensó Claire con tristeza. Esperaba que podrían entenderse. Nicole y ella eran mellizas, estaban conectadas desde su nacimiento. ¿Acaso todo el tiempo que habían pasado separadas y los malentendidos habían terminado con aquel vínculo?

Ella estaba allí para averiguarlo.

– Seguro que querrás descansar -dijo-. Te dejo tranquila.

– Ojalá.

Claire hizo como si no hubiera oído el comentario y se giró hacia la puerta. Entonces se detuvo.

– ¿Tienes algún servicio de limpieza?