– ¿Para la casa? No. Limpio yo.

– No, me refería a… No importa.

Nicole miró la blusa.

– ¿Te referías a una tintorería?

Claire negó con la cabeza.

– No importa.

– Sí, claro. Deja que adivine. Una princesa del piano como tú no puede ocuparse de su ropa. Te diría cómo funciona la lavadora, pero no iba a servir de nada, ¿verdad? Demasiada seda y cachemir, seguro. Pobre, pobre Claire. Nunca has tenido unos vaqueros. Debes de llorar todas las noches hasta que te quedas dormida.

Claire hizo lo posible por evitar los dardos envenenados que le estaba lanzando su hermana.

– No voy a disculparme por mi vida. Es diferente de la tuya, pero no menos valiosa. Has cambiado, Nicole. Recuerdo que antes siempre estabas enfadada, pero no que fueras mala. ¿Cuándo te volviste así?

– Sal de aquí.

Claire asintió.

– Estaré en mi habitación si me necesitas.

– Eso no va a suceder. Prefiero morirme de hambre antes que verte.

– No, claro que no.

Sin hacer caso del ardor que sentía en los ojos, y de la sensación de pérdida que la abrumaba, Claire volvió a su cuarto, decidida a arreglar todo lo que se había estropeado.


La alarma sonó a las cuatro menos cuarto de la mañana. Claire la apagó y miró la luz roja que parpadeaba. ¿En qué estaba pensando? ¿Quién se levantaba a aquellas horas?

La gente que trabajaba en una panadería, claro. Ella era una de las hermanas Keyes. Tenía una obligación hacia el negocio familiar. Como Nicole no estaba en condiciones de supervisar las cosas y Jesse había desaparecido por razones que todavía no estaban claras, debía ocuparse de la panadería.

Se levantó y se vistió. La ropa estaba un poco menos arrugada después de haber pasado un rato en un baño lleno de vapor de agua. Se lavó la cara, se peinó y bajó las escaleras. Quince minutos después había llegado a la panadería y había aparcado en la parte trasera, junto a los demás empleados.

Las luces ya estaban encendidas. Claire entró por la puerta trasera.

Aquel espacio era cálido y brillante, y olía a azúcar y canela. Había aparatos por todas las encimeras y las paredes. Los formidables hornos irradiaban muchísimo calor. Había freidoras gigantes y mezcladoras enormes, montones de harina y azúcar y algo que olía al chocolate más rico del mundo.

Claire se detuvo e inhaló aquellos aromas deliciosos. La noche anterior sólo había conseguido hacer algo de sopa, aunque Nicole no tenía apetito. Sin embargo, después de tres días de dieta líquida, Claire estaba hambrienta.

Un hombre de mediana edad, vestido de blanco, la vio y frunció el ceño.

– Eh, tú. Sal de aquí. No abrimos hasta las seis.

Ella le dedicó su mejor sonrisa.

– Hola. Soy Claire Keyes, la hermana de Nicole. He venido por su operación, para cuidarla.

– ¿Hermana? Ella no tiene… -el hombre frunció el ceño-. ¿Eres la que toca el piano? ¿La altanera?

– Sí, toco el piano -dijo Claire, preguntándose qué había estado diciendo Nicole a la gente sobre ella-, pero no soy altanera. Nicole, eh… me ha pedido que viniera a ayudar, porque todavía no puede levantarse.

– No te creo. Tú no le caes bien.

Algo que parecía que había compartido con todo el mundo. Claire se había sentido culpable por sentir, pero ya no. Encontraría la manera de encajar, y la panadería era el lugar más obvio por donde podía empezar.

– Hemos llegado a un acuerdo -dijo, con una sonrisa forzada-. Debe de haber algo en lo que pueda ayudar. Soy su hermana. Llevo el oficio en la sangre.

O debería. Nunca había puesto a prueba la teoría haciendo un bizcocho.

– Mira, no sé lo que está pasando, pero no me gusta. Tienes que marcharte.

El hombre se alejó, pero Claire lo siguió.

– Puedo ayudar. Soy muy buena trabajadora, y se me da muy bien trabajar con las manos. Tiene que haber algo que pueda hacer. No estoy pidiendo que me dejen hacer la famosa tarta de chocolate Keyes, ni nada por el estilo.

El hombre se volvió hacia ella.

– Apártate de la tarta de chocolate, ¿entendido? Eso sólo lo hacemos Nicole y yo. Llevo quince años aquí y sé lo que hago. Y ahora, lárgate.

– Eh, Sid. Ven un segundo.

La voz procedía de detrás de una pared de hornos. Sid la miró con mala cara y después se fue corriendo en la dirección desde la que lo habían llamado. Claire aprovechó la oportunidad para explorar una panadería de verdad. Sonrió a una mujer que estaba inyectando una masa de aspecto delicioso en moldes de bizcocho. El olor era tan bueno que comenzó a rugirle el estómago. Dio un paso hacia la máquina y se chocó con un hombre que llevaba algo.

Mientras los dos intentaban mantener el equilibrio, la bolsa que llevaba él saltó por el aire. Instintivamente, Claire intentó agarrarla. Sin embargo, no lo consiguió, sino que la lanzó hacia un lado y esparció todo el contenido sobre ellos, en el suelo y en los donuts ya azucarados que avanzaban por la cinta transportadora. Giró y giró antes de aterrizar, abierta, en un gigantesco tanque de masa.

– ¿Qué demonios has hecho? -preguntó el hombre, y comenzó a soltar juramentos en un idioma que ella no reconocía.

Sid se acercó corriendo.

– ¡Tú! ¿Todavía estás aquí?

La mujer que estaba a cargo de los donuts detuvo la cinta y se puso a inspeccionarlos.

– Sal -murmuró-. Está por todas partes. Todo esto se ha echado a perder.

Claire tuvo ganas de que se la tragara la tierra.

– Lo siento -dijo-. Nos tropezamos y…

– Se supone que no tenías que estar aquí -gritó Sid-, ¿no te dije que te fueras? No me hiciste caso. Dios, no me extraña que Nicole hable de ti como habla -añadió. Después se inclinó hacia el tanque de la masa y dijo una palabrota-. Sal -gritó otra vez-. Hay una bolsa de tres kilos de sal en la masa del pan francés, nadie va a querer eso. Era toda la hornada del día. Del día.

Oh, no.

– ¿Y no se puede hacer un poco más? -preguntó Claire con un hilo de voz. Se sentía muy mal.

– ¿Entiendes algo de hacer pan desde cero? Claro que no. Sal de aquí. Vete. No podemos permitirnos más desastres esta mañana.

Claire quería decir algo para arreglarlo, pero ¿de qué serviría? Los cuatro la estaban mirando como si fuera la criatura más repugnante que conocían. No les importaba que sólo quisiera ayudar, que no tuviera intención de tropezarse con el otro empleado, que sólo hubiera sido un accidente.

Sin saber qué hacer, se dio la vuelta y se marchó.

Eran más de las cinco cuando llegó de nuevo a la casa. Comprobó que Nicole estaba bien; su hermana seguía durmiendo. Después, bajó a la cocina e hizo café. La primera cafetera olía raro, y sabía peor. Tiró el café y comenzó de nuevo.

La segunda cafetera era aceptable. Se sirvió una taza y se la tomó sentada a la mesa de la cocina.

¿Cómo podía haber empezado tan mal el día? ¿Cómo era posible que hubiera formado aquel lío sin proponérselo? No era justo. Ella no era una mala persona. Sí, tenía una vida extraña con la que la mayoría de la gente no se identificaba, pero eso no cambiaba su forma de ser.

Sin embargo, parecía que existir fuera de su jaula dorada iba a ser más difícil de lo que había pensado.

– No voy a rendirme -dijo en voz alta-. Voy a resolver esto.

No le quedaba más remedio. Si no podía tocar más el piano, necesitaría tener una vida sin música. Sin música. Con sólo pensarlo, se ponía triste. La música lo era todo para ella. Era su razón de vivir.

– Encontraré otra razón -se dijo-. Tengo facetas sin explorar.

Al menos, eso esperaba.

Un poco después de las seis, se puso a buscar la tostadora. Había bastante pan en el congelador. Quemó las tres primeras rebanadas, y seguía intentándolo cuando vio a Wyatt entrar en la cocina. Wyatt, que la odiaba tanto como Nicole. Wyatt, que le había producido un cosquilleo el día anterior.

Sin embargo, antes de poder preguntarse qué significaba aquello, vio a una niña muy guapa que llegaba tras él.

Wyatt depositó varias bolsas del supermercado sobre la mesa.

– Huele mal.

– Se me han quemado varias tostadas -dijo Claire, que no podía apartar la vista de la niña-. ¿Es tu hija? -preguntó. ¿Wyatt tenía una hija? Lo cual significaba que tenía una esposa.

– Es Amy -dijo, moviendo las manos mientras hablaba para apartar el olor a quemado-. Amy, te presento a Claire -añadió, moviendo los dedos-. Amy es sorda.

– Oh -dijo Claire, y se dio cuenta de que la niña llevaba aparato auditivo en ambos oídos.

No conocía a ninguna persona sorda. Sin sonidos. ¿Cómo sería eso? ¿Cómo sería no poder oír nunca un concierto de Mozart, ni una sinfonía? Sin melodía, sin ritmo. Todo su cuerpo se contrajo al pensarlo.

– Qué horrible.

Wyatt la atravesó con la mirada.

– Nosotros no pensamos eso, pero gracias por compartir tu entendida y sensible opinión. Cuando ves una persona con una sola pierna caminando por la calle, ¿le das una patada?

Ella se ruborizó y miró a la niña.

– No. Lo siento. No quería decir eso. Estaba pensando en la música y en cómo… -no había forma de arreglarlo, pensó, presa de la culpabilidad-. No quería decir nada malo.

– La gente como tú nunca quiere.

Él no lo entendería, porque no quería entenderlo. Pensaba lo peor de ella, y parecía que ella no hacía otra cosa que demostrarle que tenía razón.

Wyatt comenzó a sacar cosas de las bolsas. Claire pensó en ofrecerle ayuda, pero sabía que él iba a rechazarla. Así pues, se retiró al salón, preguntándose si no debería contratar a una enfermera para que cuidara de Nicole y volver a Nueva York. Al menos, allí sí encajaba.

Se hundió en el sofá e hizo un esfuerzo para no echarse a llorar. Entonces Amy entró en la habitación tras ella. Claire iba a disculparse por lo que había dicho, pero se dio cuenta de que probablemente, la niña no lo había oído. Amy se acercó a una estantería y tomó un gran libro de fotografías. Lo llevó al sofá y se lo entregó a Claire.

– ¿Quieres que te lea? -le preguntó Claire, mirando el libro-. ¿No eres demasiado pequeña para este libro?

Amy agitó las manos para captar la atención de Claire, y después se tocó la barbilla. Señaló sus labios y después sus ojos.

– Te veo hablar.

Las palabras fueron pronunciadas lentamente, con una pronunciación exagerada.

Claire abrió unos ojos como platos.

– ¿Puedes hablar?

Amy alzó la mano derecha y la movió hacia los lados. Después colocó el pulgar y el índice a dos centímetros de distancia, más o menos.

– Un poco -dijo Claire, sintiéndose triunfante-. Puedes hablar un poco.

Amy asintió.

– Me enseñan en el colegio.

– ¿En tu colegio te enseñan a hablar?

Amy asintió. Se señaló la boca de nuevo.

– Labios.

– ¿Y a leer los labios?

La niña asintió de nuevo, y sonrió. Señaló el libro. Claire lo abrió. Había una niña sujetando un libro. Amy señaló a la chica, después apretó el puño y se frotó el pulgar por la mejilla.

– Niña -dijo Amy-. Niña.

Claire lo entendió.

– ¿Ése es el signo para niña?

Amy sonrió y señaló el libro. Juntó ambas manos, como si estuviera rezando, y después las abrió.

Claire repitió el gesto.

– ¿Es el signo de libro?

Amy asintió.

Claire pasó de página.

– Esto es estupendo. ¿Qué más puedes enseñarme?


Wyatt entró en la habitación de Nicole con un café y unos bagels que había comprado.

– Hola, dormilona.

Ella abrió los ojos y gruñó.

– Hola.

– ¿Cómo te encuentras?

– ¿Cómo estoy?

– Guapísima.

Nicole hizo un gesto de dolor mientras se sentaba. Después se recostó en la almohada.

– Eres un mentiroso, pero gracias. Me siento fatal. Los analgésicos del hospital son mucho más fuertes que los de la farmacia. ¿Eso es café?

– Sí, aunque no sabía si puedes tomarlo.

– ¿Así que lo has traído para provocarme? -dijo ella, y agarró la taza-. Se supone que tengo que tomármelo con calma y comer sólo lo que suene bien. En este momento, el café me suena a milagro.

Él dejó la bandeja en la mesilla de noche y se sentó junto a la cama. Después de que ella hubiera dado el primer sorbo y hubiera suspirado de placer, preguntó:

– ¿Estás a gusto con Claire?

Nicole miró hacia arriba con resignación.

– No me queda más remedio. Se mantiene alejada de aquí, al menos. Sid me ha llamado hace una hora. Parece que Claire fue a la panadería esta mañana, según ella, a ayudar. Él la echó, pero ella no se fue, sino que se tropezó con Phil y tiró una bolsa de sal al tanque de masa de pan. Se echó a perder todo.

– ¿Y cómo ocurrió eso?

– No lo sé.

– No lo hizo a propósito, ¿verdad?

Nicole lo miró con cara de pocos amigos.

– Seguramente no, pero no te atrevas a ponerte de su lado.

– No entra en mis planes.

– Bien, porque no estoy segura de que pudiera soportarlo. Es incluso más inútil de lo que yo pensaba. Me preguntó por una tintorería para llevar su ropa. Parece que se le han arrugado algunas cosas y no sabe cómo solucionarlo. Ojalá todos tuviéramos problemas como ése. La odio.

– No la odias.

– Lo sé, pero preferiría que se marchara.

Y él también. Estaba manteniéndose a distancia de Claire Keyes, lo que menos necesitaba era pasar otra noche en vela por culpa de un ardor furioso.

¿Por qué con ella? ¿Por qué no podía tener química con cualquier otra mujer?, ¿con alguien como Nicole? Estaba claro que su cuerpo tenía sentido del humor.

Nicole miró el reloj.

– ¿Dónde está Amy?

– Abajo, con tu hermana.

– Mírala bien antes de que os vayáis. Quién sabe lo que podría hacerle Claire.

– Muy bien. Me cercioraré de que está sana y salva.

Se levantó, se acercó a la cama y le dio un beso en la cabeza.

– Llámame si necesitas algo.

– De acuerdo.

– Volveré pronto.

– Ven al instante si ves humo elevándose por el cielo.

– Te lo prometo.

Wyatt bajó las escaleras. Al entrar al salón, oyó risas. Amy estaba sentada junto a Claire, mirándola atentamente, mientras Claire le contaba por signos una historia del libro de fotografías que tenía en las rodillas. Sus movimientos eran estudiados, pero expresó todas las palabras correctamente. Cuando su hija hizo el signo de la palabra bien, Claire se rió de nuevo.

– Eres una buena profesora -dijo lentamente.

Amy le dijo por signos:

– Buena alumna.

Claire extendió los brazos para abrazarla.

Amy aceptó el abrazo con facilidad.

Wyatt no se dejó impresionar. Quizá Claire pudiera engañar a una niña, pero no a él. No iba a poder manejarlo tan fácilmente.


Cuatro

A la mañana siguiente, Claire esperó hasta que estuvo segura de que Wyatt no iba a aparecer, y entonces hizo el desayuno ella misma y se lo subió a Nicole. Encontró a su hermana despierta, lo cual fue una sorpresa. Cada vez que había ido a ver a Nicole el día anterior, estaba dormida, o fingiendo que dormía.

– Todavía estás aquí, por lo que veo -dijo Nicole, a modo de saludo.

– ¿Siempre estás de tan mal humor por la mañana, o es que yo saco lo peor que hay en ti?

– Todo el mérito es tuyo.