Justo entonces se metieron por una calle con una hilera de árboles a cada lado, donde las casas eran tan parecidas que casi no se podía distinguir una de otra.

– Parece que papá y mamá no han llegado aún -observó Theresa.

Una película de nieve recién caída cubría la calzada. Sólo se veían las marcas de las ruedas de un coche que salían del garaje, pero había unas huellas de persona que conducían hacia la puerta trasera.

– Amy sí que debe estar en casa -añadió.

Las puertas de la furgoneta se abrieron de golpe y Jeff Brubaker salió y se quedó inmóvil por un momento, escudriñando la casa como para comprobar que todas las cosas familiares seguían en su sitio.

– Dios mío, es fantástico estar en casa -murmuró, aspirando profundamente el aire puro y frío de Minnesota.

Entonces se animó de repente, y se acercó casi corriendo al maletero del coche.

– Venga, vosotros dos, vamos a meter los trastos dentro.

Pensando cinco minutos por adelantado, Theresa se apropió de una de las guitarras. No sabía cómo lo haría pero, si las cosas se ponían mal, podría ocultarse tras ella.

De repente, una chica desgarbada de unos catorce años salió volando por la puerta trasera.

– ¡Jeff, por fin has llegado!

Con una abierta sonrisa, que mostró su aparato de ortodoncia plateado, Amy abrió los brazos en un gesto tan despreocupado que Theresa envidió. No pasaba un día que Theresa no pidiera al cielo que a su hermana le fuera concedida la bendición de crecer normalmente.

– Oye, bolita, ¿cómo estás?

– Soy demasiado mayor para que sigas llamándome bolita.

Se abrazaron efusivamente antes de que Jeff le diera un ruidoso beso en los labios.

– ¡Ay!

Amy se echó hacia atrás e hizo una mueca, mostrando luego sus dientes.

– Ten cuidado cuando hagas eso. ¡Duele!

– Oh, me había olvidado del aparato ése.

Jeff levantó con el dedo la barbilla de su hermana mientras ésta continuaba mostrando el aparato sin cohibirse en lo más mínimo. Observando, Theresa se preguntó cómo su hermana pequeña había logrado mantenerse tan encantadoramente desenvuelta y segura de sí misma.

– Le digo a todo el mundo que me han decorado los dientes justo a tiempo para las Navidades -declaró Amy-. Después de todo, me los han dejado del mismo color que las bolas del árbol de Navidad.

Jeff se echó hacia atrás y soltó una carcajada, luego lanzó una sonrisa a su amigo.

– Brian, es hora de que conozcas a la parte escandalosa de la familia Brubaker. Ésta es Amy, aquí está por fin… Brian Scanlon. Y, como podrás ver, hemos traído las guitarras para poder tocar un par de las fuertes para ti y tus amigas, como te prometí.

Por vez primera, Amy perdió la locuacidad. Metió las manos hasta el fondo de los bolsillos de sus ajustados vaqueros y mantuvo los labios cerrados para ocultar el nuevo aparato mientras sonreía y decía casi tímidamente:

– Hola.

– Hola, Amy. ¿Qué te parece?

Brian extendió la mano y sonrió a Amy como cualquiera de las estrellas de rock que llenaban las paredes de su dormitorio. Amy miró la mano de Brian, se encogió de hombros con un poco de vergüenza y finalmente, sacó una mano fuera del bolsillo y dejó que Brian la estrechara. Cuando la soltó, la mano de Amy se quedó extendida durante un buen rato.

Al contemplarla, Theresa pensó: «Qué maravilla sería tener catorce años otra vez, una figura como la de Amy y la total falta de malicia que le permite mirar a quemarropa con abierta admiración, justo como lo está haciendo ahora.»

– ¡Oye, hace frío aquí! -exclamó Jeff encogiendo los hombros exageradamente-. Vamos dentro a hincar el diente al pastel de mamá.

Llevaron los petates y las guitarras a la acogedora cocina de la casa. Se encontraba situada en la parte frontal y estaba empapelada de color naranja, con adornos de flores doradas que se repetían en los marcos de las contraventanas que flanqueaban la zona de comer. Una casa sencilla en una calle corriente. El hogar de los Brubaker no tenía nada excepcional que lo distinguiera, excepto un clima de amor familiar que Brian Scanlon percibió incluso antes de que llegaran el padre y la madre.

Sobre la mesa de la cocina se erigía un pastel de chocolate como para hacerse la boca agua. Cuando Jeff levantó la tapa de cristal que lo protegía, vio un papel en el hueco del trozo que faltaba. Lo cogió y leyó en voz alta:

– «Jeff, tenía un aspecto demasiado bueno como para poder resistirlo. Nos veremos pronto. Papá.»

Los cuatro compartieron las risas, pero durante todo el rato Theresa permaneció sosteniendo la guitarra de su hermano a modo de escudo protector. Era la anfitriona en ese momento. Debería pedirle a Brian su chaqueta y llevarla al armario del vestíbulo.

– Vamos, Brian -dijo Jeff-, pasa a ver el resto de la casa.

Pasaron a la sala, e inmediatamente sonaron cuatro acordes estridentes en el piano. Theresa hizo una mueca y miró a Amy, que a su vez arqueó las cejas expresivamente. Era el Concierto del Espacio Exterior, de Jeff.

Contuvieron el aliento al unísono, hicieron un gesto mutuo de asentimiento y bramaron simultáneamente:

– ¡Je-e-e-eff, déjalo, por favor!

Mientras las hermanas se reían, Jeff le explicó a Brian:

– Compuse esto cuando tenía trece años… antes de hacerme empresario.

Theresa colgó su abrigo y se escabulló sigilosamente a su cuarto. Buscó una rebeca azul claro y se la echó sobre los hombros sin meter los brazos por las mangas. Luego ahuecó la rebeca para intentar que la tapara el máximo posible pero, con consternación, descubrió que apenas disimulaba su problema. «Dios mío, ¿no podré acostumbrarme nunca?», pensó. Estiró los hombros, pero sin ningún resultado, y se resignó a volver con los demás.

El recorrido por la casa se había detenido en la sala, donde Jeff había descubierto su Stella. Estaba sacándole unos acordes metálicos y tarareando un viejo blues. Mientras, Theresa reunió todo su coraje para entrar allí. Sin duda, sucedería lo mismo de siempre. Brian Scanlon apenas miraría su cara antes de que su vista descendiera hacia sus senos y el panorama le dejara traspuesto. Desde la pubertad, la escena se había repetido demasiadas veces, innumerables veces, pero Theresa no había conseguido habituarse a ello. Ese instante horrible, cuando las cejas de un hombre se arqueaban en gesto sorprendido y la boca se le abría al contemplar los desproporcionados senos que tenía, por alguna desafortunada broma de la naturaleza. Para colmo, su complexión delgada los hacía resaltar aún más.

El último extraño que había conocido era el padre de uno de sus alumnos. A pesar de la situación, el pobre hombre había sido incapaz de recordar el protocolo al vislumbrar asombrado sus enormes senos. Había clavado los ojos en ellos incluso mientras ofrecía la mano a Theresa, y luego la tensión provocada por el incidente había hecho de la reunión un desastre.

Mirando con ojos aprensivos su imagen reflejada en el espejo, Theresa fue repasando desolada todos los defectos tan familiares para ella. ¡Por si fuera poco tener unos senos así, su pelo era del color del pimentón y su piel se negaba a broncearse! Y para colmo, se llenaba de granos, como si tuviera una erupción incurable, cada vez que el sol tocaba su piel. Y ese pelo… ¡oh, cómo lo odiaba! Si lo llevaba corto, parecía un payaso, y largo era un caos de rizos indomables. Así que había optado por una solución intermedia y el estilo menos llamativo que se podía imaginar, peinándoselo hacia atrás y recogiéndoselo en la nuca con un ancho pasador.

¿Y las pestañas? ¿No se merecía toda mujer unas pestañas que al menos pudieran ser vistas? Las de Theresa eran del mismo tono que su pelo; pálidos hilos que daban a sus párpados un aspecto rosado y sin gracia, a la vez que enmarcaban unos ojos que eran casi del mismo color que sus pecas, en tono marrón claro. Recordó las pestañas negras y el asombroso verde de los ojos de Brian Scanlon y una vez más observó sus senos, pensando que no podía seguir retrasando el terrible momento. Debía volver a la sala. Y si él se quedaba mirando sus senos con especulación lasciva, pensaría en los compases del Nocturno de Chopin, algo que siempre la tranquilizaba.

Amy y Jeff estaban sentados en el sofá-cama, mientras Brian se había acomodado en el banco del piano. Cuando Jeff la vio, rascó las cuerdas de la guitarra dramáticamente.

– ¡Por fin ha vuelto!

Imposible entrar discretamente, pensó Theresa.

Brian estaba a menos de tres metros de ella, todavía con la gorra puesta. La certidumbre de lo que sucedería inmediatamente se le atragantaba en la garganta como una píldora tomada sin agua.

Pero Brian Scanlon se levantó tranquilamente, irguiéndose hasta su metro ochenta de altura y le sonrió a Theresa.

– Jeff ha estado probando la vieja Stella. No suena demasiado mal.

«¿No vas a quedarte boquiabierto como todo el mundo?», pensó Theresa, sintiendo que comenzaba a sonrojarse porque no había mirado, y para disimularlo dijo lo primero que se le ocurrió.

– Como de costumbre, mi hermano pensando sólo en la música. Y tú aquí todavía con la chaqueta y la gorra puestas. Te enseñaré dónde dormirás, ya que ninguno de estos dos ha tenido la amabilidad de hacerlo.

– Espero no estar quitándole la cama a nadie.

– En absoluto. Vamos a ponerte en la cama del cuarto de abajo. Sólo espero que no te quite a ti la cama nadie, porque está enfrente de la televisión y la chimenea, y a papá le gusta quedarse levantado hasta después de las noticias de las diez por lo menos.

¡No había mirado! La emoción embargaba a Theresa mientras le conducía a través de la cocina hacia la puerta que llevaba al cuarto que había justo detrás de la pared del horno. Extrañamente, Theresa sentía con más intensidad la presencia de Brian por el hecho de que se abstuviera siempre de bajar la vista. Le guió por unas escaleras que conducían al sótano, que en realidad era un salón grande, con unas puertas corredizas de cristal con vistas al jardín trasero. Las paredes estaban cubiertas por completo de paneles de madera de pacana, que daba calor al cuarto. El suelo era de moqueta de un naranja intenso, que se avivó cuando Theresa encendió una lámpara de mesa.

Brian observó su cabello cuando se quedó parada al lado de la lámpara y luego echó una mirada al cuarto, que constaba de una mesa baja de pino, un sofá-cama y mecedoras de estilo colonial. Cerca de la chimenea había una televisión, y al fondo del cuarto, donde estaba Brian, había una mesa de pino con patas muy gruesas, situada ante el panel de cristal.

– Hum… me gusta este cuarto. Es muy acogedor.

Sus ojos volvieron a fijarse en los de Theresa mientras hablaba. Theresa se extrañó un poco al oír sus palabras, pues parecía un tipo de hombre al que le gustaría una decoración más moderna. Pero a la vez se sintió orgullosa, pues su madre había permitido que fuera ella la que eligiera la mayor parte de los colores y texturas de los muebles cuando volvieron a decorar el cuarto dos años atrás. Había disfrutado de lo lindo, y desde entonces deseaba con impaciencia ver el día en que pudiera ejercitar sus propios gustos en toda una casa.

Brian notó que ella tenía los brazos cruzados, apretados contra el pecho, y su habitual nerviosismo, que sólo estaba ausente cuando alguno de sus hermanos estaba cerca.

– Siento que no tenga armario, pero puedes colgar tus cosas aquí.

Abrió una puerta que conducía a una parte del sótano sin terminar, la cual contenía la lavadora y los accesorios de la misma.

Brian avanzó hacia ella, que retrocedió mientras él asomaba la cabeza por la puerta del cuarto de la lavadora. Había un colgadero con perchas vacías, que las corrientes de aire procedentes de la abertura de la puerta hacían tintinear.

– Aquí no hay baño, pero usa la bañera o la ducha de arriba siempre que quieras.

– Todo esto da cien vueltas al «POS» de la base, especialmente en Navidades.

Theresa observó lo bien hecho que estaba el nudo de su corbata, el modo en que la chaqueta azul perfilaba el pecho y los hombros, sobre el azul más claro de la camisa, lo bien que le quedaba la gorra de líneas rectas sobre su rostro de líneas igualmente rectas.

– ¿POS? -preguntó ella.

– Pabellón de Oficiales Solteros.

– Ah.

Theresa esperó a que los ojos de Brian resbalaran hacia abajo, pero no fue así. En cambio, Brian comenzó a desabrocharse los cuatro botones plateados con el emblema del águila y el escudo de la U.S. Air Force, dándole la espalda a Theresa y paseando por el cuarto mientras se quitaba la chaqueta. Con un movimiento lento y tranquilo se quitó la gorra, y Theresa vio su pelo por primera vez. Era de un tono castaño muy intenso, corto, de acuerdo con las normas militares; demasiado corto para el gusto de Theresa.

Sería mucho más atractivo si lo llevase un poco más largo.

– Es estupendo quitarse estas cosas.

– Deja que las cuelgue.

Cuando Theresa se acercó a coger la chaqueta, Brian le tendió la gorra también; el interior de la misma todavía conservaba el calor de la cabeza. Mientras se dirigía hacia el cuarto de la lavadora, aquel calor parecía abrasarle la mano. Cuando le dio la vuelta a la gorra para dejarla en el estante que había sobre el perchero, percibió el aroma de colonia que también tenía su chaqueta.

Cuando regresó al cuarto, Brian estaba de pie junto a las puertas de cristal, con las manos en los bolsillos, contemplando el crepúsculo en el jardín nevado. Durante un largo instante Theresa observó la espalda de su camisa azul cielo. Luego cruzó la habitación silenciosamente y encendió una luz exterior, que iluminó las perchas para pájaros de su padre. Brian pestañeó cuando se encendió la luz y luego volvió la cabeza para mirar a Theresa, que cruzó los brazos bajo la rebeca y se puso a su lado, observando el paisaje.

– Todos los inviernos papá intenta atraer a los pájaros cardenales, pero hasta ahora no lo ha conseguido este año. Este es su sitio preferido de la casa. Por las mañanas se baja su café y se sienta en la mesa con los prismáticos a mano. Se pasa horas aquí.

– Entiendo por qué.

La mirada de Brian se dirigió una vez mas al exterior, donde los gorriones picoteaban en la base de la percha en busca de semillas caídas. La luz le daba a la nieve un aspecto resplandeciente y cristalino. De repente, un arrendajo azul se lanzó de un árbol, graznando furiosamente. Al aterrizar, espantó a los gorriones, y luego contoneó la cabeza orgullosamente, desdeñando las semillas que con tanto celo guardaba.

– No estaba seguro de venir con Jeff. Pensaba que a lo mejor molestaba, ¿sabes?

Theresa sintió que sus ojos se volvían hacia ella y esperó no ponerse colorada mientras intentaba mentir de modo convincente.

– No digas tonterías, no molestas en absoluto.

– Un extraño en una casa en esta época del año es un estorbo. Lo sé, pero no pude resistirme a la invitación de Jeff, cuando pensé en pasar dos semanas sin nada que hacer aparte de mirar las paredes desnudas de los pabellones.