– Me alegra que no lo hicieras. Mamá no vaciló ni un momento cuando Jeff telefoneó y le sugirió la idea. Además, Jeff nos ha hablado tanto de ti en sus cartas que no podemos considerarte un extraño. De hecho, creo que hay «alguien» que está un poco atolondrado contigo, incluso antes de que bajaras del coche.

Brian se rió de buena gana y sacudió la cabeza mirando al suelo, como si estuviera un poco avergonzado.

– Menos mal que no tiene seis años más. Va a causar sensación cuando tenga veinte años.

– Sí, lo sé. Todo el mundo lo dice.

Brian no percibió rencor alguno en las palabras de Theresa, sólo un cálido orgullo fraternal. Y no necesitó bajar la vista para percibir que, mientras hablaba, inconscientemente apretó los brazos con más fuerza sobre sus senos.

«Gracias por prevenirme, Brubaker», pensó Brian, recordando todo lo que Jeff le había contado de su hermana. «Pero al parecer les ha contado tantas cosas de mí como a mí de ellos».

– Jeff nos dijo lo de tu madre -dijo Theresa con tono afligido-. Lo siento. Debió ser terrible cuando recibiste la noticia del accidente de avión.

Brian contempló la nieve una vez más y se encogió de hombros.

– En cierto modo sí y en cierto modo no. Nunca tuvimos mucho contacto desde que murió mi padre, y desde que volvió a casarse no tuvimos ninguno en absoluto. Su segundo marido pensaba que yo era un drogadicto porque tocaba música rock y no malgastó más tiempo en mí del que era absolutamente necesario.

Theresa pensó en su propia familia, tan unida, tan llena de amor, y reprimió el impulso de poner la mano sobre el hombro de Brian para confortarle. Se sentía culpable por las muchas veces que había deseado que Jeff no le llevase. Había sido algo completamente egoísta, reservar sus Navidades familiares, igual que el arrendajo guardaba las semillas que no quería comer.

Esta vez, cuando pronunció las palabras, Theresa las sentía verdaderamente en el corazón.

– Estamos muy contentos de tenerte con nosotros, Brian.


Capítulo 2

– ¡Están en casa! -dijo Jeff a voces, y luego asomó la cabeza por la entrada del sótano-. ¡Eh, vosotros dos, subid aquí!

Como observador exterior, Brian no pudo evitar el envidiar a Jeff Brubaker por la familia que tenía, pues el recibimiento que le dieron sus padres fue una emotiva muestra de amor sincero. Margaret Brubaker estaba saliendo del coche cuando Jeff se abalanzó sobre ella. La bolsa de la compra que llevaba cayó en la calzada nevada sin ninguna ceremonia y hubo un intercambio de besos y abrazos entremezclados con lágrimas de la emocionada madre. Willard Brubaker dio la vuelta al coche para hacer otro tanto, aunque con muchas menos lágrimas que su mujer, pero había un brillo innegable en sus ojos cuando se echó hacia atrás y dijo a Jeff:

– Es formidable tenerte en casa, hijo.

– Claro que lo es -añadió su madre, y entonces compartieron un fuerte abrazo entre los tres-. ¡Fijaos lo que he hecho con las compras! Willard, ayúdame a recogerlas.

Jeff los detuvo a ambos.

– Por ahora, olvidaos de las compras. Yo volveré por ellas en un minuto. Ahora quiero presentaros a Brian.

Con un brazo alrededor de los hombros de cada uno de sus padres, Jeff los guió hacia la cocina, donde Brian esperaba con las dos chicas.

– Estos son los dos que tuvieron el valor de tener un chico como yo… mi madre y mi padre. Y éste es Brian Scanlon.

Willard Brubaker estrechó la mano de Brian.

– Me alegra tenerte con nosotros, Brian.

– Así que éste es el Brian de Jeff -fue el saludo de Margaret.

– Me temo que sí, señora Brubaker. Aprecio sinceramente su invitación.

– Hay dos cosas que debemos dejar claras ahora mismo -afirmó rotundamente Margaret sin ningún prolegómeno, levantando un dedo acusador-. La primera es que no debes llamarme señora Brubaker, como si fuese un coronel de vuestra base. Llámame Margaret. Y la otra es… ¿no fumarás hierba, verdad?

Amy hizo una mueca de disgusto sin ningún disimulo, pero el resto de ellos compartieron unas carcajadas que sirvieron para romper el hielo incluso antes de que Brian respondiese sinceramente:

– No, señora. ¡Nunca volveré a fumar hierba!.

Primero hubo un momento de sorpresa, y, luego todo el mundo volvió a estallar en carcajadas. Y Theresa miró a Brian de un modo nuevo.

A Brian le daba la sensación de que en la casa de los Brubaker nunca reinaba la tranquilidad. Inmediatamente después de las presentaciones, Margaret se puso a repartir órdenes, mandando a los «chicos» a buscar las compras que había dejado en la calzada. A continuación organizó los preparativos de la cena y la cocina se llenó de ruidos cuando las patatas comenzaron a freírse en una sartén y se fueron colocando los platos con la vajilla de plata en la mesa. En la sala, Jeff cogió su vieja guitarra, pero después de unos pocos minutos, comenzó a dar voces.

– ¡Amy, apaga ese maldito tocadiscos! ¡Está retumbando en la pared como para volver loco a cualquiera!

El único tranquilo del grupo parecía Willard, que se instaló cómodamente en un sillón de la sala a leer el periódico vespertino como si el caos que le rodeaba no existiera. En menos de diez minutos, fue evidente para Brian quién llevaba los pantalones en la casa de los Brubaker. Margaret repartía órdenes como un sargento de instrucción, tanto si quería que la llamasen Margaret como si no. Pero dirigía a su prole con una lengua afilada que poseía tanto sentido del humor como carácter.

– Theresa, no frías las patatas hasta que se pongan más duras que la suela de un zapato, como a ti te gustan. Acuérdate de los dientes postizos de tu padre. Jeff, ¿no podrías tocar otra cosa? ¡Sabes que odio esa canción! ¿Qué ha sido de las viejas canciones bonitas como «Moonlight Bay»? Amy, saca dos sillas plegables del armario, y no te acerques a la crema de coco hasta la hora del postre. ¡Willard, no pongas ese periódico sucio en los brazos del sillón!

Para asombro de Brian, Willard Brubaker miró por encima de sus gafas y murmuró, demasiado bajo para que su mujer lo oyera:

– Sí, mi pequeña tortolita.

Luego miró a Jeff y los dos intercambiaron sonrisas. A continuación, la mirada de Willard se deslizó hacia Brian, le guiñó un ojo rápidamente y desapareció detrás del periódico, apoyándolo en el brazo del sillón.

La cena fue abundante y sencilla: Salchichas, judías con tomate y patatas fritas… la comida favorita de Jeff. Willard se sentó a la cabecera de la mesa, su mujer frente a él, las dos chicas a un lado y los dos chicos al otro.

Mientras cenaban, Brian observó las proporciones del pecho de Margaret y se dio cuenta de quién había heredado Theresa su figura. A lo largo de la agradable comida, Theresa conservó la rebeca sobre los hombros, aunque hubo ocasiones en que claramente le molestaba en sus movimientos. Ocasionalmente, Brian alzó la vista para descubrir a Amy mirándole con una expresión que revelaba un inminente enamoramiento de adolescente, pero Theresa no le miró ni una sola vez.

A mitad de la cena sonó el teléfono y Amy se levantó para cogerlo.

– Hola -dijo, luego tapó el aparato e hizo una mueca de disgusto-. Es para ti, Jeff. Me parece que es la sosa de «Ojos de goma».

– Cuidado con lo que dices, hermanita, o uniré las barras de arriba de tu aparato con las de abajo.

Jeff cogió el teléfono y Amy regresó a la mesa.

– ¿Ojos de Goma? -preguntó Brian mirando a Theresa.

– Patricia Gluek -respondió ella-, su antigua novia. A Amy nunca le gustó cómo se maquillaba, así que comenzó a llamarla Ojos de Goma.

Amy se sentó emitiendo un gruñido de exasperación.

– Solía ponerse tal cantidad de rimel que parecía que tenía pegadas las pestañas, por no mencionar cómo atosigaba a Jeff con todos sus arrumacos. Me pone enferma.

– ¡Amy! -exclamó Margaret, y la chica tuvo la delicadeza de desistir.

Brian arqueó las cejas mirando a Theresa, que una vez más le aclaró las cosas.

– Amy adora a Jeff. Le gustaría tenerlo para ella sola durante las dos semanas completas.

Justo entonces Jeff dejó el teléfono sobre su muslo y preguntó:

– Eh, vosotros dos, ¿os apetece pasar a recoger a Patricia después de cenar para ir al cine o algo así?

Brian estiró el cuello para mirar de lado a Jeff.

– ¿Quién, yo? -preguntó Theresa tragando saliva.

– Sí, Brian y tú -respondió su hermano con sonrisa indulgente.

Theresa ya podía sentir los colores ascendiendo por su cuello. Nunca salía con nadie, y menos con los amigos de su hermano, pues todos eran más jóvenes que ella.

Brian se volvió hacia Theresa.

– A mí me parece bien, si Theresa no tiene ningún inconveniente

– ¿Qué dices, cara guapa?

Jeff jugaba con el teléfono impacientemente, y las miradas de todo el mundo se volvieron hacia ella. Por su cabeza desfilaron un montón de excusas, todas ellas tan poco convincentes como las que solía inventarse en las extrañas ocasiones en que los profesores solteros del colegio le pedían que saliera con ellos. Notó que Amy estaba boquiabierta de envidia, sin ningún disimulo.

Brian se dio cuenta de que en la casa reinaba un silencio total por primera vez desde que había entrado, y deseó que todavía siguiera puesta la música en el cuarto de Amy. Era obvio que Theresa estaba en una situación apurada, donde la negativa sería grosera y, por otro lado, Brian podía darse cuenta de que no quería decir sí.

– Claro, parece que será divertido.

Theresa evitó la mirada de Brian, pero la sentía sobre ella mientras Jeff ultimaba los planes. Decidió retirarse yendo a buscar los platos de postre para la tarta de chocolate.

Cuando acabaron de cenar, Theresa estaba ayudando a recoger los platos, y aprovechó que su hermano pasaba por la cocina para arrinconarle por un momento.

– Jeffrey Brubaker, ¿qué demonios estabas pensando para sugerir una cosa así? -susurró enfadada-. Yo elegiré mis propios compromisos, si no te importa.

– Anímate, hermanita. Brian no es un compromiso.

– No lo dudes. ¡Debe tener cuatro años menos que yo como mínimo!

– Dos.

– ¡Dos! ¡Peor aún! Eso hace que parezca como…

– ¡De acuerdo, de acuerdo! ¿Por qué estás tan enfadada?

– No estoy enfadada. Me has puesto en un apuro, eso es todo.

– ¿Tenías otros planes?

– ¿En tu primera noche en casa? -preguntó enfáticamente-. Por supuesto que no.

– Fantástico. Entonces lo mínimo que sacarás del arreglo es ver una película gratis.

«¡Oh, no!» se dijo, sofocada, Theresa. «¡Prefiero pagar yo y seguir mi propio camino!»

Mientras se arreglaba para salir, Theresa no pudo sino admirar lo cuidadosamente que Brian había disimulado su incomodidad. Después de todo, ¿a quién le gustaría que le cargasen con una hermana mayor? Y peor aún, con una pecosa como ella. Intentó pasarse un cepillo por el pelo, pero era como cuerda de pita deshilachada, sólo que de un color mucho más horrible. «Maldito seas, Jeffrey Brubaker, no vuelvas a hacerme esto otra vez». Se recogió el pelo en una cola de caballo con una cinta azul marino y consideró la posibilidad de maquillarse. Pero lo único que poseía era una barra de labios, que deslizó por ellos sin ninguna delicadeza. «Me las pagarás, Jeff», pensó mientras escogía sin mucho interés el vestuario. Sabía que se pondría el abrigo gris y lo llevaría abrochado hasta que volvieran a casa.

No esperaba tropezarse con Brian en el vestíbulo, junto al armario de los abrigos. Cuando lo hizo, se sintió atrapada al no tener ninguna guitarra, rebeca o mesa para esconderse. Instintivamente, alzó una mano para tocar el cuello de la blusa… era lo único que podía hacer.

– Jeff está fuera arrancando el coche -le explicó Brian.

– Oh.

Nada más pronunciar la exclamación, Theresa se dio cuenta de que Brian se había despojado de su atuendo militar. Llevaba zapatos deportivos marrones, pantalones de pana beige y una camisa de rayas. En la mano llevaba una cazadora marrón de cuero, la cual se puso mientras ella le observaba traspuesta. Si Brian hubiera sometido a Theresa a una inspección tan descarada, ésta habría terminado llorando encerrada en su cuarto. Ni siquiera se había dado cuenta de lo fijamente que había estado observándole hasta que volvió a mirarle a los ojos. Se sentía de lo más ridícula.

Pero, si Brian se había dado cuenta, no dio la menor muestra de ello, aparte del indicio de una sonrisa que desapareció tan rápidamente como había nacido.

– ¿Lista?

– Sí.

Theresa cogió su abrigo gris, pero Brian se lo quitó de las manos y lo sostuvo para ella. A pesar de sentir que aquel gesto de cortesía la había sonrojado, no pudo sino deslizar los brazos por las mangas del abrigo, dejando a la vista sus senos, sin modo alguno de poderlo evitar.

Se despidieron de sus padres y de Amy y salieron a la fría noche invernal. Theresa había tenido tan pocas citas a lo largo de su vida, que le resultaba difícil resistirse a creer que aquella era una. Brian sostuvo abierta la puerta del coche mientras pasaba para instalarse al lado de Jeff. Y, cuando subió a continuación, deslizó el brazo a lo largo del respaldo. Theresa percibió en el aire la misma esencia que había detectado cuando le dio la gorra y, como no era mujer dada a ponerse perfume, el leve aroma a… a sándalo, eso era, fue percibido con toda claridad por su agudo olfato.

Jeff tenía la radio encendida, siempre había una radio encendida, y la puso más fuerte cuando surgió la voz grave de Bob Seger. La propia voz de Jeff tenía la misma aspereza que la de Seger, y el joven, que sólo se sabía el estribillo, se puso a cantar también.

– Tenemos que aprendernos ésta, Bry.

– Hum… está bien. La armonía de los coros es muy buena.

Cuando se repitió el estribillo, se pusieron a cantar los tres, haciendo un coro resonante y armonioso. Theresa oyó la voz de Brian por primera vez. Era nítida, melodiosa, la antítesis de la de Jeff… y la hizo estremecerse.

Cuando llegaron a la casa de Patricia Gluek, Jeff entró mientras Theresa y Brian se cambiaban al asiento trasero, dejando una distancia respetable entre ellos. La radio seguía puesta, y las luces del tablero de mandos producían una luz etérea dentro del coche.

– ¿Cuánto tiempo lleváis Jeff y tú tocando juntos?

– Más de tres años. Nos conocimos cuando estábamos destinados en Zweibrücken, y formamos un grupo allí. Después, tuvimos la suerte de que nos destinaran a los dos a la base aérea de Minot, en Dakota del Norte, así que decidimos buscar un bajista y un batería nuevos y mantener la cosa en marcha.

– Me encantaría escuchar al grupo alguna vez.

– Tal vez lo escuches.

– Lo dudo. Creo que no tengo demasiadas posibilidades de pasar por Dakota del Norte.

– Nos gustaría tener el grupo funcionando el próximo verano, cuando acabemos el servicio, contratar un manager y dedicarnos exclusivamente a la música. ¿No te lo ha comentado Jeff?