– Pues no, pero creo que es una idea formidable, al menos para Jeff. Ha querido ser músico desde que se gastó aquellos primeros quince dólares en su Stella y comenzó a aprender acordes de todo aquel que quisiera enseñárselos.

– A mí me ocurrió lo mismo. Llevo tocando desde que tenía doce años, pero quiero hacer algo más que tocar.

– ¿Qué más?

– Me gustaría probar a escribir canciones, componer. Y siempre he soñado con ser disc-jockey.

– Tienes voz para serlo.

Ciertamente la tenía. Theresa recordó la agradable sorpresa que se había llevado cuando comenzó a cantar. Brian comenzó a hablar de ella para apartar la conversación de sí mismo.

– Ya hemos hablado suficiente de mí. He oído que tú también estás metida en el mundo de la música.

– Doy clases de música en un colegio.

– ¿Te gusta?

– Me encanta, excepto en raras ocasiones, como la de ayer, durante el festival de Navidad, cuando Keri Helling y Dawn Gafkjen iniciaron una pelea porque no se ponían de acuerdo sobre quién debía llevar el traje rosa y quién el azul y acabaron llorando y dejando los disfraces de cartón hechos una pena -hizo una pausa y sonrió-. No, ahora en serio, me encanta enseñar a los más pequeños. Son inocentes, abiertos y…

«Y no se quedan sorprendidos», pensó, pero sólo dijo:

– Y aceptan a los demás.

Justo entonces Jeff regresó con Patricia y se hicieron las presentaciones. Theresa conocía a la chica desde hacía muchos años. Era una morena vivaz, que estaba en su segundo curso universitario, y que esperaba volver a ser la novia oficial de Jeff en el momento en que éste acabara el servicio, aunque habían acordado concederse la libertad condicional mientras durasen los cuatro años de separación. Pero, hasta entonces, la atracción no había disminuido, pues las tres veces que Jeff había vuelto a casa habían sido inseparables.

Cuando la atractiva morena se volvió hacia adelante, a Theresa le disgustó ver que ella y su hermano compartían un saludo más íntimo del que al parecer habían intercambiado en el interior de la casa. Los brazos de Jeff envolvieron a Patricia, que apoyó la cabeza en su hombro mientras se besaban de un modo que hizo que Theresa se avergonzase. A su lado, Brian estaba inmóvil, observando el beso de un modo tan directo que era difícil de ignorar.

«¡Por Dios! ¿Es que no piensan dejarlo?», pensó. El tiempo pasaba lentamente mientras la música de la radio no servía en absoluto para apagar los suaves murmullos procedentes del asiento delantero. Theresa sintió ganas de desvanecerse en el aire.

Brian se hundió en el asiento y se volvió con discreción a mirar por la ventanilla.

«Tengo veinticinco años», pensó Theresa, «y hasta ahora no sabía lo que implicaba una cita doble». Ella también decidió asomarse por la ventanilla.

Se oyó un leve susurro y, afortunadamente, se debía a que Jeff estaba apartándose de Patricia. El motor se puso en marcha y el coche comenzó a rodar por fin.

Ya en la taquilla, Theresa echó mano al bolso, pero Brian se interpuso entre ella y la ventanilla.

– Yo las sacaré.

Así que, antes que montar una escena por cuatro dólares, Theresa aceptó la invitación.

Cuando Brian se volvió, le dio las gracias, pero él no respondió. Sólo encogió los hombros mientras se guardaba la cartera en un bolsillo trasero. Este movimiento atrajo la atención de Theresa, que al observar aquella zona, donde la pana estaba más desgastada, se le secó la boca. Brian se volvió, la pilló, y Theresa deseó no haber ido jamás.

Las cosas empeoraron cuando se acomodaron en sus butacas y comenzó la película. Era una de las calificadas como «S», y salía carne suficiente para poner nervioso a cualquiera. A mitad de la película la cámara captó una espalda desnuda, pasando luego por unas caderas redondeadas y unas nalgas femeninas, sobre las que jugueteaban dos manos masculinas de largos dedos. Luego cambió de ángulo y enfocó el lado de un seno del tamaño de una manzana y ¡horror de los horrores! un pezón acariciado por la enorme mano. Un mentón barbudo entró en pantalla, y una boca se aproximó al seno.

En la butaca contigua a la de Brian, Theresa deseó más que nunca, sencillamente morir. Brian tenía los codos apoyados en los brazos de la butaca, las manos entrelazadas, y estaba acariciándose distraídamente los labios con los índices.

«¿Por qué no pensé que sucedería algo así? ¿Por qué no pregunté lo que íbamos a ver? Y sobre todo, ¿por qué no me quedé en casa?»

Theresa soportó el resto de la escena erótica y, según progresaba, una extraña reacción se abrió pasó a través de su cuerpo. Podía sentir el martilleo del pulso y aplastó inconscientemente el bolso contra su regazo. Se sentía invadida por una ansiedad que nunca había experimentado. Pero exteriormente, estaba sentada como si un hechicero la hubiera embrujado Ni movía ni una pestaña, sólo contemplaba hipnotizada el clímax, reflejado en las expresiones del hombre y la mujer y en los gemidos de satisfacción.

Hasta que no pasó ese momento, Theresa no se dio cuenta, de que el codo de Brian se apretaba al suyo con fuerza, y más fuerza, y más fuerza…

La escena cambió, Brian se agitó un poco y pegó el brazo al costado, como si sólo entonces cayera en la cuenta de lo que había estado haciendo. De hecho, a Theresa le dolía el brazo de la presión a que había estado sometido. Brian se deslizó nerviosamente en el asiento, apoyó una pierna sobre la otra y dejó caer distraídamente las manos entrelazadas sobre la cremallera de sus pantalones de pana.

Considerando lo que había sucedido en su propio cuerpo, a Theresa le quedaban pocas dudas de que a él le había ocurrido algo parecido. El resto de la película le pasó desapercibido: estaba demasiado pendiente del hombre que tenía al lado, y se halló preguntándose en quién habría estado pensando él cuando aumentó la presión del brazo. Se vio preguntándose cosas sobre la anatomía masculina que la cámara cuidadosamente había ocultado. Recordaba fotos que había visto en las revistas más atrevidas, pero le parecían tan frías y distantes como el papel sobre el que estaban impresas. Por primera vez en su vida, se murió de ganas de conocer cómo era el cuerpo de un hombre en realidad.

Cuando acabó la película, Theresa se protegió charlando con Patricia y asegurándose de caminar alejada de Brian lo suficiente como para que no se encontrasen sus miradas ni se tocasen sus codos.

– ¿Tiene hambre alguien? -preguntó Jeff cuando volvieron al coche.

Theresa se sentía un poco mal, sentada una vez más a pocos centímetros de Brian. No estaba segura de poder tragar la comida.

– ¡No! -exclamó.

– Sí, yo… -dijo Brian al mismo tiempo, antes de cambiar educadamente el curso de sus palabras-. Yo me he pasado toda la película pensando en la tarta de chocolate de tu madre.

«Sí, en dos tartas de chocolate», pensó Theresa.

Curiosamente, nadie habló de la película durante el trayecto hasta la casa de Patricia. Nadie habló demasiado. Patricia estaba acurrucada en el hombro de Jeff. De vez en cuando, él volvía la cabeza y sonreía a la atractiva morena con expresión apasionada. El hombro de Patricia se movió lentamente, y Theresa se preguntó dónde se encontraría su mano. Theresa se asomó por la ventana y enrojeció quizás por décima vez en aquel día.

Cuando llegaron a la casa de Patricia, Jeff apagó las luces y envolvió a Patricia entre sus brazos sin un momento de vacilación.

Los besos, descubrió Theresa, hacían más ruido del que se podía pensar. Del asiento delantero provenía el inequívoco sonido de la respiración agitada, los murmullos provocados por los cambios de posición y los lentos movimientos de las manos. El chasquido de una cremallera zumbó en el aire y Theresa pegó un salto. Pero se arrepintió inmediatamente de ello, pues era sólo la cazadora de Jeff.

– Theresa, ¿qué te parece si damos un paseo? -sugirió Brian.

Se encendió la luz del techo y Theresa salió precipitadamente por la puerta de Brian, tan aliviada que deseó arrojarse a sus brazos y besarle de pura gratitud.

Cuando la puerta se cerró tras ellos, Theresa se sorprendió a sí misma soltando un suspiro, contenido hasta entonces, y las últimas palabras que se hubiera imaginado.

– Gracias, Brian.

Él metió las manos en los bolsillos de la cazadora y sonrió.

– No tienes que dármelas. Yo también me sentía un poco incómodo.

Su confesión la sorprendió, pero la franqueza acabó con parte de la tensión.

– Veo que tendré que hablar con mi hermanito sobre el decoro. ¡No sabía dónde meterme!

– ¿Qué solías hacer cuando te sucedía algo parecido en una cita doble?

A Theresa le avergonzó tenerlo que reconocer.

– No había estado en una cita doble an… -se detuvo justo a tiempo y rectificó-. Nunca he estado en una.

– Bueno, no debes preocuparte por ellos. Ambos son adultos. Jeff la quiere… me lo ha dicho más de una vez, y tiene la intención de casarse con ella cuando acabe el servicio.

– Me sorprendes, ¿siempre te lo tomas todo a bien?

«Cielos», pensó Theresa, «¿hacen dos parejas cosas así en el mismo coche con tan pocos escrúpulos como mi hermano y se quedan tan tranquilos? Theresa se dio cuenta de lo ingenua que debía parecerle a Brian Scanlon.

– Es mi amigo. Yo no juzgo a mis amigos.

– Bueno, es mi hermano, y me temo que yo sí le juzgo.

– ¿Por qué? Tiene veintiún años.

– Lo sé, lo sé.

Theresa se sentía irritada consigo misma y violenta con el tema de conversación.

– ¿Cuántos años tienes, Theresa? Veinticinco, ¿no es así?

– Sí.

– Y deduzco que no has hecho con demasiada frecuencia este tipo de cosas…

– No.

«Porque cada vez que me metía en un coche con un chico, él iba sólo a por lo que iba, sin importarle la persona lo más mínimo».

– Estaba ocupada estudiando cuando iba al instituto y a la universidad, y desde entonces… bueno, no salgo demasiado.

Iban deambulando por una calle nevada, Theresa con su abrigo gris abrochado hasta arriba y las manos apretadas en los bolsillos. La nieve resplandecía bajo la luz de los faroles, y sus alientos formaban nubes vaporosas mientras el hielo quebradizo crujía bajo sus pies a cada paso.

– Entonces, ¿qué te ha parecido la película? -preguntó Brian.

– Me avergonzó.

– Lo siento.

– No es culpa tuya, sino de Jeff. La escogió él.

– La próxima vez nos aseguraremos antes de seguirle ciegamente, ¿de acuerdo?

¿La próxima vez? Theresa alzó la vista. Brian estaba sonriéndole con una relajada naturalidad que tenía por objeto tranquilizarla, pero que sólo imprimió a su corazón una extraña ligereza. Debería haber respondido «No habrá próxima vez», pero en cambio sonrió a su vez y aceptó.

– De acuerdo.

Volvieron sobre sus pasos y, estaban dirigiéndose hacia la calzada de los Gluek, cuando Jeff apareció con el coche y se detuvo junto a ellos.

– ¿Os importaría que os llevásemos a casa? -preguntó Jeff cuando los dos se instalaron de nuevo en el asiento trasero.

– En absoluto -respondió Brian por ambos.

– Gracias por comprender, Bry. Y tú, cara guapa, ¿te ocuparás bien de él, verdad?

Theresa sintió ganas de darle una bofetada a su hermano. ¡Desde luego, Jeffrey Brubaker daba por hecho bastante más de lo que había!

– Claro.

¿Qué otra cosa podía responder?

Cuando llegaron, Brian abrió la puerta y se encendió la luz. Patricia Gluek se volvió y apoyó el brazo en el respaldo del asiento.

– Oye, en Noche Vieja vamos a juntarnos un grupo de amigos en Rusty Scupper, y estáis invitados los dos. Cenaremos allí y luego nos quedaremos al baile. Habrá muchos amigos de la vieja pandilla… tú ya los conoces a todos, Theresa. ¿Qué decís?

«¡Demonios! ¿Tenía que preocuparse todo el mundo de arreglar citas para la pobrecita Theresa, que nunca salía con nadie?» Pero en el fondo sabía que Patricia sólo estaba procurando ser amable y también pensando en Brian, que era el invitado de Jeff y no podía ser excluido en modo razonable alguno. En esta ocasión Brian no la puso en un compromiso.

– Lo discutiremos y te contestaremos la próxima vez, ¿de acuerdo?

– Una gente del colegio hace una fiesta en su casa, y les dije que iría -mintió Theresa.

– Oh -Patricia parecía sinceramente decepcionada-. Bueno, en ese caso, vendrás tú, ¿no, Brian?

– Lo pensaré.

– Muy bien.

Brian hizo ademán de salir, pero Jeff le cogió del brazo.

– Oye, Scan, gracias. Supongo que debería estar contigo para hacer de anfitrión, pero nos veremos por la mañana a la hora del desayuno.

– Venga, venga. Diviértete y no te preocupes por mí.

Cuando se alejó el coche, Theresa buscó las llaves dentro del bolso. Las encontró y abrió la puerta, entrando a una cocina sombría, iluminada tan sólo por una bombilla que había sobre la cocina blanca. Reinaba el silencio… ni tocadiscos, ni guitarras, ni voces.

Ambos sabían a ciencia cierta lo que estarían haciendo Jeff y Patricia, y esto creó una inevitable tensión sexual entre ellos.

– Has dicho que te apetecía comer pastel. Queda muchísimo -murmuró Theresa para aliviar la tensión.

En realidad Brian no tenía hambre, pero no le desagradaba en absoluto la idea de pasar un rato más con Theresa, y el pastel parecía una buena excusa.

– Jeff me ha hablado mucho de ti, Theresa. Mucho.

«¡Cielos!», pensó. «¿Cuánto? ¿Cuánto? Jeff, que conoces mis miedos más íntimos. Jeff, que me comprende. Jeff, que no puede mantener la boca cerrada.»

– ¿Qué te ha contado?

Theresa procuró dominar el pánico, pero se filtró en su voz, dándole un matiz que no podía disimularse.

Brian se puso más cómodo, recostándose y estirando sus largas piernas para apoyar los pies sobre el asiento de la silla opuesta. Le brillaban los ojos mientras observaba especulativamente el rostro en sombras de Theresa.

– Cómo le cuidabas cuando era un crío. Me ha hablado de tu música. El violín y el piano. De los dúos que hacíais en las reuniones familiares para conseguir algunos centavos pasando la gorra.

Brian esbozó una leve sonrisa y movió en círculos el vaso de leche sobre la mesa.

– Oh, ¿eso es todo?

Theresa dejó caer los hombros aliviada, pero mantenía los brazos cruzados en la mesa, ocultándose tras ellos como mejor podía.

– Por las cosas que me contó, me imaginé que podría llevarme bien contigo. Tal vez me gustaras incluso antes de conocerte, porque a él le gustas mucho, y eres su hermana, y a mí él también me cae muy bien.

Theresa estaba poco acostumbrada a oír que le gustaba a alguien, a lo largo de su vida, unos cuantos habían intentado demostrar abiertamente lo que les «gustaba» de ella, pero de la forma descarada y grosera que tanto despreciaba. Al parecer, Brian admiraba algo más profundo, su forma de ser, su amor por la música, sus relaciones familiares. Todo esto, incluso antes de verla.