Pero ahora tenía la mirada fija en ella, y Theresa percibió el brillo de la misma en la semioscuridad.

– Me encantaría ir contigo a esa fiesta de Noche Vieja -prosiguió Brian.

Sus ojos se encontraron, los de Theresa muy abiertos por la sorpresa, los de Brian con expresión cautelosamente grave.

– Comeré un poco si tú comes también.

– Me parece bien.

Theresa se dirigió al vestíbulo, en el que reinaba la oscuridad total, y se desabrochó el abrigo sin encender ninguna luz. Una vez más, Brian estaba detrás de ella para ayudar a quitárselo. Ella le dejó murmurando las gracias y regresó a la cocina para poner dos vasos de leche y sacar tenedores y platos.

Brian se sentó con Theresa, escogiendo una silla que había junto a la de ella, y se quedaron comiendo en silencio durante un buen rato. En el ambiente débilmente iluminado, Theresa podía percibir que Brian estaba observándola.

– Entonces, ¿en Noche Vieja irás a una fiesta con tus compañeros?

– No, eso me lo inventé.

Brian levantó la barbilla sorprendido.

– ¿Sí?

– Sí. No me gusta que nadie tome decisiones por mí y, sobre todo, no hay necesidad de que cargues conmigo en Noche Vieja. Puedes ir con Jeff y sus amigos. Conoce algunas chicas muy…

– ¿Cargar contigo? -la interrumpió Brian con esa voz suave y profunda que provocaba escalofríos en su interior.

– Sí.

– ¿Esta noche te di la impresión de estar de mala gana contigo?

– Sabes lo que quiero decir. No has venido con Jeff para tener que llevarme a todos los sitios que vayas.

– ¿Cómo lo sabes?

Theresa estaba perpleja.

– Tú… yo… -balbució.

– ¿Te sorprendería si te dijese que en gran parte deseaba conocer a la familia de Jeff por ti?

– Pero tú… tienes dos años menos que yo.

Nada más hablar, Theresa deseó tragarse las palabras. Pero Brian preguntó impertérrito:

– ¿Eso te molesta?

– Sí. Yo… -hizo una pausa para lanzar un profundo suspiro-. Yo no puedo creer que esta conversación esté teniendo lugar.

– Pues a mí no me molesta lo más mínimo -prosiguió él inalterable-. Y no te quepa la menor duda de que no quiero ir solo a esa fiesta. Todo el mundo estará emparejado y no tendré a nadie con quien bailar.

– Yo no bailo.

Ese era el fondo de la cuestión. Bailar era un placer al que había renunciado.

– ¿Una mujer tan aficionada a la música como tú?

– La música y el baile son dos cosas diferentes. Nunca me he preocupado de…

– Aún faltan varios días para Noche Vieja. Hay tiempo de sobra para practicar. Tal vez consiga hacerte cambiar de opinión.

– Déjame pensarlo, ¿de acuerdo?

– Claro.

Brian se levantó y llevó los dos platos al fregadero. Por su parte, Theresa abrió la puerta del sótano y encendió la luz de la escalera.

– Bueno, no estoy segura de que mi madre haya hecho tu cama.

Theresa oyó los pasos que la seguían por la escalera enmoquetada y pidió al cielo que la cama estuviese hecha para poder darle las buenas noches y escapar rápidamente a su propia habitación.

Desgraciadamente, el sofá-cama ni siquiera estaba abierto, así que a Theresa no le quedó más remedio que cruzar el cuarto para comenzar con la tarea. Dejó a un lado los cojines, consciente de que Brian había encendido la lámpara y la habitación se había iluminado con una luz suave que la hizo perfectamente visible mientras sacaba el colchón plegado.

– Voy a buscar sábanas y mantas -explicó.

Luego se escabulló rápidamente al cuarto de la lavadora y bajó de un estante sábanas y mantas limpias. Brian había encendido la televisión en su ausencia, y en la pantalla podía verse una vieja película en blanco y negro. El volumen era sólo un murmullo cuando Theresa comenzó a hacer la cama y Brian se colocó en el lado opuesto del sofá para ayudarla.

Sus largos dedos manejaban la sábana con la destreza de un soldado acostumbrado a tener su camastro en estado de revista. Una sábana voló en el espacio que los separaba, y sus miradas se encontraron sobre la misma, pero se desviaron a continuación. Las imágenes de la escena erótica de la película surgieron en la mente de Theresa cuando estaban remetiendo las sábanas. Las manos de Brian se movían con mucha más habilidad que las de ella, que no podía evitar que le temblaran.

– Está tan bien estirada que una moneda rebotaría sobre ella -afirmó Brian con tono aprobador.

Theresa levantó la vista y descubrió que Brian no estaba mirando la cama, sino a ella, y se preguntó qué estaría haciéndole aquel hombre. En la vida había sido tan sexualmente consciente de un hombre como entonces. Los hombres no le habían procurado nada excepto vergüenza e intimidación, y los había evitado. Pero así estaban las cosas, y no podía apartar la vista de los ojos verdes de Brian Scanlon, con la cama a medio hacer, preguntándose lo que sería hacer con él las cosas que había visto en la película.

«Las pelirrojas se ponen feas cuando se ruborizan», pensó Theresa.

– La otra sábana -le recordó Brian, y Theresa se volvió, confundida, para cogerla.

Cuando la cama estuvo hecha por fin, el corazón de Theresa daba saltos de campeonato. Pero todavía le quedaba una obligación como anfitriona.

– Si quieres, sube arriba y te daré un juego de toallas limpias y una esponja, y te enseñaré dónde está el cuarto de baño.

– Jeff me lo enseñó después de la cena.

– Oh. Oh… bien. Bueno, siéntete libre de ducharte o… o lo que sea cuando quieras. Puedes colgar las toallas mojadas en el cuarto de la lavadora.

– Gracias.

Estaban de pie a ambos lados del sofá, y Theresa se dio cuenta repentinamente de que por primera vez permanecía frente a él sin ocultar sus senos. Desde que se habían conocido no le había visto mirándolos ni una sola vez. Sus ojos contemplaban las pecosas mejillas, luego ascendieron hasta su pelo, y Theresa cayó en la cuenta de que llevaba un buen rato sin mover un solo dedo.

– Bueno… buenas noches entonces -dijo con voz suave y temblorosa.

– Buenas noches, Theresa -respondió él con voz profunda y tranquila.

Theresa salió precipitadamente de allí, subiendo las escaleras como si la estuviera persiguiendo Brian con malas intenciones. Cuando ya estaba instalada en la cama con las luces apagadas, le oyó subir al baño.

«¡Theresa Brubaker, tápate la cabeza con la almohada!» exclamó para sí, pero escuchó todos los sonidos procedentes del baño, y se estuvo imaginando a Brian Scanlon ejecutando los rituales de la hora de acostarse preguntándose, por primera vez en su vida cómo se las arreglarían un hombre y una mujer en los momentos iniciales de su relación.


Capítulo 3

A la mañana siguiente, Theresa se despertó con el estruendo del tocadiscos de Amy. Echó una mirada al despertador y saltó de la cama como si ésta estuviese ardiendo. ¡Las diez! ¡Debería haberse levantado dos horas antes para preparar el desayuno de Brian y Jeff!

En pocos minutos estuvo lavada, peinada y vestida con unos vaqueros y una blusa holgada, blanca, además de una rebeca negra echada sobre los hombros.

Sus padres habían ido a trabajar muchas horas antes. La puerta del cuarto de Jeff estaba cerrada, y se podían oír sus ronquidos. Al parecer, Amy estaba aún en su cuarto, destrozándose el pelo con unas tenacillas eléctricas, mientras Theresa intentaba peinar sus indomables cabellos pasándose la mano por el infame amasijo de rizos que caían hasta sus hombros.

Se dirigió silenciosamente hasta la cocina, pero la encontró vacía. La puerta del sótano estaba abierta… Brian debía haberse levantado ya. Estaba llenando de agua la cafetera cuando él entró sin hacer ruido por la puerta que conducía directamente a la sala.

– Buenos días.

Theresa se dio la vuelta bruscamente, haciendo que el agua volara en todas direcciones, y se llevó la mano al corazón.

– ¡Oh! ¡No sabía que estabas aquí! Creía que todavía estabas abajo.

– Llevo mucho tiempo levantado. Es difícil romper la rutina.

– ¿Has estado todo el tiempo ahí solo?

Brian esbozó una simpática sonrisa.

– No. Con Stella.

– ¿Y qué tal te fue con ella? -preguntó Theresa devolviéndole la sonrisa mientras llenaba de café el filtro y ponía la cafetera al fuego.

– Es una chica vieja y descarada, pero le hablé con dulzura y respondió como una dama.

No era lo que decía, sino cómo lo decía, lo que hizo ruborizarse a Theresa. Había un leve indicio de burla en sus palabras, a pesar de ser absolutamente educadas. Theresa no estaba acostumbrada a oír ese tono de voz cuando hablaba con hombres, y ese tono, combinado con su vaga sonrisa, le daba escalofríos.

– No te oí tocar.

– Nos hablábamos en susurros.

Una vez más, Theresa no pudo evitar ruborizarse.

– Yo… yo siento que no estuviera nadie levantado para prepararte el desayuno. Es mi primer día de vacaciones, y creo que mi cuerpo decidió aprovecharse de ello. Jeff todavía está durmiendo, debió volver tarde.

– Alrededor de las tres.

Así que Brian no había dormido bien. Ella tampoco.

Brian se apoyó contra la puerta. Llevaba unos vaqueros desgastados y ajustados y una camiseta de rugby blanca que delineaba su cuerpo lo justo como para darle un aspecto tentador.

Theresa recordó lo mucho que le había costado dormirse después del extraño modo en que Brian había conseguido agitar sus sentidos, y se preguntó qué le habría quitado el sueño a él. ¿El recuerdo de las escenas más fuertes de la película? ¿Pensar lo que estarían haciendo Jeff y Patricia? ¿O tal vez recordar los momentos en que estuvieron en la cocina, en la penumbra?

– ¿Por qué no te sientas mientras te preparo un zumo de naranja?

Brian aceptó, aunque Theresa no se libró de su mirada ni siquiera después de darle el zumo. Los ojos de Brian la siguieron perezosamente mientras daba la vuelta al bacon, revolvía huevos y ponía pan a tostar.

– ¿Qué habéis planeado Jeff y tú para hoy?

– No lo sé pero, sea lo que sea, espero que vengas.

A Theresa le dio un vuelco el corazón, y se sintió decepcionada por lo que debía responder.

– Oh, lo siento, pero tengo mucho que hacer. Debo ayudar a mi madre a preparar las cosas para la cena de mañana, y por la tarde tendré que arreglarme para el concierto que damos.

– Ah, es cierto. Jeff me lo dijo. ¿Es la orquesta de la ciudad, no?

– Sí. Ya llevo tres años en ella y me encanta…

– Buenos días a los dos.

Era Amy, que apenas miró a su hermana; sólo tenía ojos para Brian. Aunque él ni siquiera pestañeó al ver a Amy, que iba con unos vaqueros ajustadísimos y un suéter igualmente ajustado. Llevaba el pelo muy bien peinado, rizado y hacia atrás, y eso le daba un aire ingenuo asombrosamente adecuado para una adolescente. Su maquillaje podría haberle enseñado un par de trucos a «Ojos de Goma» algunos años atrás.

– Yo creía que hoy en día las jovencitas se pasaban las vacaciones con cualquier cosa puesta -observó Brian, consiguiendo halagar a la chica sin alentar ninguna esperanza excesiva.

– Hum… -dijo Amy con sonrisa bobalicona-. Eso sirve para demostrar lo poco que sabes.

Pero Theresa sabía muy bien que, si Brian no hubiese estado allí, Amy no se habría tocado ni una pestaña, y tampoco habría salido de su madriguera hasta la una de la tarde.

Amy se acercó a la cocina con afectada elegancia y cogió un trozo de bacon, mordisqueándolo con un aire provocativo que sorprendió verdaderamente a su hermana. ¿Dónde habría aprendido a comportarse de aquella manera? ¿Cuándo?

– Amy, si vas a comer huevos con bacon, coge un plato -la regañó Theresa, repentinamente irritada por los flirteos de su hermana.

Aunque era consciente de lo estúpido que era enfadarse por la nueva faceta que su hermana estaba exhibiendo, no podía negar que estaba resentida. Quizás porque la jovencita no tenía una sola peca en la piel, tenía el pelo de color castaño, con reflejos cobrizos, y una figura que debía ser la envidia de la mayoría de sus compañeras de clase.

Desde la mesa, Brian observó toda la escena: el efímero destello de irritación que la hermana mayor no había podido disimular, la rebeca de «camuflaje», y hasta la expresión de culpabilidad que cruzó su rostro, provocada por los feos sentimientos que no había sabido dominar en aquel momento.

Brian se levantó, se puso a su lado y contempló sonriendo sus ojos llenos de perplejidad.

– Oye, déjame echar el café por lo menos. Me siento como un parásito sentado aquí, mientras tú no paras.

Cogió la cafetera mientras Theresa desviaba la mirada hacia los huevos que estaba sacando de una cazuela.

– Las tazas están…

Theresa se volvió y descubrió que Amy estaba observándolos.

– Amy te enseñará dónde están.

Estaban empezando a comer cuando Jeff salió de su cuarto arrastrando penosamente los pies descalzos. Llevaba unos pantalones viejos e iba rascándose el pecho y la cabeza simultáneamente.

– Me ha parecido oler a bacon -dijo.

– Y a mí me ha parecido oler a rata -replicó Theresa-. Jeff Brubaker, deberías estar avergonzado. Tener aquí a Brian como invitado, y haberle dejado de ese modo.

Jeff se arrastró hasta una silla y se dejó caer en ella.

– Oh, demonios, a Brian no le importó, ¿verdad, Bry?

– Claro que no. Theresa y yo tuvimos una agradable conversación, y me acosté temprano.

– ¿Qué te ha parecido la vieja «Ojos de Goma»? -interpuso Amy.

– Es exactamente tan atractiva como esperaba después de oír las descripciones de Jeff y ver algunas fotos suyas -contestó Brian.

– ¡Bah!

Jeff apoyó los codos sobre la mesa y estudió de cerca a su hermana pequeña.

– ¡Mirad quién habla! -dijo canturreando-. Anda que la mocosa no ha aprendido unas cuantas cosas de la vieja Ojos de Goma.

– ¡Tengo catorce años, Jeffrey, por si no lo habías notado! -exclamó mirando ferozmente a su hermano-. Y hace más de un año que me pinto.

– ¡Ah! -replicó Jeff recostándose de nuevo-. Le pido perdón, Irma la dulce.

Amy se puso de pie, y habría salido de la cocina hecha una furia si su hermano no la hubiese agarrado del brazo y la hubiese hecho aterrizar en su regazo, dónde se sentó cruzada de brazos obstinadamente y con una expresión de enfado y tolerancia a la vez.

– ¿Te apetece venir con Brian y conmigo a comprar los regalos para papá y mamá? Necesitaré que me ayudéis a elegirlos.

La irritación de Amy se disolvió como por arte de magia.

– ¿Sí? ¿Lo dices en serio, Jeff?

– Por supuesto que sí.

Jeff la levantó de su regazo y le dio una palmadita en el trasero.

– Arregla tu cuarto y saldremos en cuanto acabemos de desayunar.

Cuando se fue, Jeff se quedó mirando la puerta por la que había salido.

– Lleva unos pantalones demasiado ajustados. Mamá debería hablar con ella.


Cuando se quedó sola, Theresa recordó la conversación del desayuno con no demasiado buen humor. ¿Por qué era tan irritante que Jeff hubiese notado la naciente madurez de su hermana? ¿Por qué se sentía sola y abandonada y, tenía que admitirlo, celosa, porque su hermana estuviera acompañando a Brian Scanlon a unas inocentes compras navideñas?