Como tenía la casa para ella sola, se puso ropa más cómoda y se pasó el resto de la mañana hirviendo patatas y huevos para la enorme ensalada que llevarían a la reunión familiar fijada para la noche siguiente, que era Nochebuena. Por la tarde se lavó la cabeza, se dio un baño, se arregló las uñas y revolvió el cuarto de Amy en busca de una pintura de uñas un poco más atrevida que el brillo que usaba normalmente. Encontró una de su hermana y la probó, pero hizo una mueca al pintarse la primera raya. «Sencillamente, no soy una chica sofisticada», pensó. Pero acabó de pintarse la primera uña, y la sostuvo en alto para examinarla críticamente. Al final, se decidió.

Una vez pintadas las uñas, Theresa no se sintió segura de haber hecho lo correcto. Se imaginó la luz de los focos centelleando en sus manos mientras tocaba el violín. «Soy una persona tímida a la que la naturaleza le ha jugado una mala pasada», pensó, pero decidió dejarse las uñas pintadas.

Preparó un asado de carne para la cena y planchó la larga falda negra y la sencilla blusa blanca que componían el atuendo de las mujeres de la orquesta. La blusa se ajustaba a las líneas de su cuerpo, pero en los conciertos no podía disponer de ninguna rebeca para ocultarse.

Estaba sentada al piano haciendo escalas cromáticas para desentumecer los dedos, cuando regresaron Brian y sus hermanos de hacer las compras.

Jeff la llamó a voces y luego siguió la música hasta la sala. Se inclinó sobre el hombro de Theresa, tocó la melodía de Jingle Bells y se fue a continuación de la sala con dos bolsas llenas de paquetes y seguido por Amy, que iba también cargada. Brian apareció de pronto en la puerta, con las mejillas levemente sonrojadas por el aire invernal y la cazadora abierta. Se detuvo con una mano metida en el bolsillo trasero del pantalón y la otra sujetando una bolsa de papel marrón.

– ¿Por qué no tocas algo? -preguntó.

Inmediatamente, las manos de Theresa abandonaron el teclado.

– Oh, sólo estaba desentumeciendo los dedos para el concierto.

– Entonces, desentumécelos un poco más -replicó avanzando un paso más.

– Ya están desentumecidos.

Brian se dirigió hacia el sofá, y Theresa le siguió con la mirada.

– Magnífico, entonces toca una canción.

– No sé tocar rock.

– Ya lo sé. Eres una persona de clase.

Brian sonrió, dejó el paquete sobre el sofá y se quitó la cazadora, sin apartar la vista de ella ni por un momento. Theresa apretó con fuerza las manos.

– Una persona clásica; quería decir -rectificó con una vaga sonrisa-. Así que, tócame algo clásico.

Theresa se puso a tocar sin partitura, permitiéndose a veces cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, y Brian atisbo en algunos momentos su expresión de estar como embrujada. Cuando abría los ojos, no los fijaba en nada concreto, y a Brian no le cabía la menor duda de que se olvidaba completamente de su presencia. Volvió a observar sus manos. Frágiles, de dedos alargados y muñecas delicadas… Con qué sutileza se movían. En una ocasión Theresa sonrió, ladeando la cabeza mientras de las yemas de sus dedos brotaban unos acordes trepidantes y ella entraba en ese mundo cautivador que Brian tan bien conocía y comprendía.

Contemplar el lenguaje de sus manos, de su cuerpo, era como tener la canción no sólo expresada en sonidos, sino también en imágenes. Pensó que la música provocaba en Theresa el mismo efecto que un fuelle sobre unas ascuas, e intuyó las pasiones que yacían ocultas dentro de aquella mujer, cuya conducta normalmente tímida jamás daba el menor indicio de sentimientos tan ardientes.

Cuando acabó la canción, las manos se quedaron inmóviles sobre las teclas, y Brian supo sobre seguro que el corazón de Theresa debía estar latiendo con tanta fuerza como el suyo propio.

Brian puso una mano sobre el hombro de Theresa y ésta se sobresaltó, como si saliera de un sueño.

– Es una música muy agradable -la elogió suavemente.

Theresa sintió el calor de su mano en la carne.

– Creo recordar una película que utilizaba esa música como tema principal -añadió Brian.

– La historia de Eddy Duchin.

Brian apartó la mano, haciendo desear a Theresa que no lo hubiera hecho.

– Sí, eso es. Tyrone Power y…

– Kim Novak.

– Eso es. Kim Novak.

Brian observó la postura de Theresa, el modo en que doblaba los hombros para minimizar la exuberancia de sus senos, y tuvo que hacer un esfuerzo para mantener la mirada en su rostro.

– Es de Chopin, uno de mis compositores favoritos.

– Chopin. Lo recordaré. ¿Esta noche también tocarás algo suyo?

Brian estaba muy cerca de Theresa, y cuando ésta alzó la vista, se topó con su mirada. Desde aquel ángulo, la costura que cruzaba el suéter blanco otorgaba a su torso un aspecto desmesuradamente ancho y musculoso. Su voz era dulce y suave como la miel. La mayor parte del tiempo hablaba en ese tono, que era un bálsamo para sus oídos después de las ruidosas bromas de Jeff y la estridencia de las órdenes de su madre.

– No, esta noche será todo música navideña. Empezaremos con Joy to the World, y luego tocaremos un villancico francés muy poco conocido. Seguiremos con…

Theresa cayó en la cuenta de que probablemente a Brian le traería sin cuidado el programa del concierto y cerró la boca.

– ¿Con?

– Nada especial, las cosas típicas de Navidad.

A Theresa empezaba a desquiciarle los nervios la proximidad de Brian y la forma en que parecía estar analizando todas sus facetas, como si estuviera clasificando las cosas positivas y negativas en su mente. De repente, Theresa deseó saber pintarse tan bien como su hermana. Quizá así pudiera disimular sus pestañas tan claras, o realzar menos sus mejillas. En fin, todas esas cosas que Brian podría detectar a tan corta distancia.

– Tengo que pelar patatas para la cena.

Después de inventarse esa excusa, Theresa se levantó y huyó a la cocina, dónde se puso un delantal para proteger la blusa blanca mientras trabajaba.

Poco tiempo después regresaron sus padres del trabajo y en la confusión de la cena, el tranquilo momento con Brian pasó a un último plano en la mente de Theresa. Pero cuando estaba preparándose para salir corriendo con el violín bajo el brazo y el abrigo gris puesto, se quedó parada en el medio de la cocina. Allí estaba Brian, con un paño de secar la vajilla en las manos, y Amy, con los brazos hundidos en la pila y sin haber musitado ni una sola de sus acostumbradas protestas cuando le encargaban ese trabajo.

– Siento tener que salir corriendo, pero debemos estar en nuestros puestos y listos para afinar a las siete menos cuarto.

Jeff estaba hablando con Patricia por teléfono.

– Espera un momento -dijo, y tapó el aparato-. Oye, hermana, hazlo bien, ¿eh?

Theresa levantó el pulgar en señal de triunfo y se dirigió hacia la puerta, que Brian mantenía abierta con una mano mientras con la otra sujetaba el paño y el vaso que había estado secando.

– Buena suerte -dijo él suavemente, y sus ojos verdes se clavaron en su rostro de un modo que resucitó la intimidad que habían compartido junto al piano.

El aire frío se deslizaba por sus piernas, pero ninguno parecía notarlo mientras se miraban. Theresa sintió que la música de Chopin volvía a sonar en su corazón.

– Gracias -dijo por fin-. Y gracias también por sustituirme en recoger la mesa.

– Cuando quieras…

Brian sonrió y rozó con la mano la barbilla de Theresa con tanta suavidad que ella se preguntó si lo habría soñado cuando salió a la fría noche.


La gala anual de Navidad de la Burnsville Civic Orchestra se celebraba todos los años en el auditorio del Instituto de Enseñanza Media de Burnsville. Se abrió el telón cuando los músicos estaban abriéndose paso hacia sus puestos en medio del característico bullicio y el ruido de los atriles y las sillas. Salió el director y comenzó la afinación. El monótono sonido de las notas llenó el espacio abovedado del auditorio y poco a poco aumentaron los murmullos del público que iba llenando la sala. Todavía estaban apagadas las candilejas, y desde su puesto en primera línea, Theresa podía ver con claridad los pasillos.

Estaba deslizando su arco sobre un trozo de resina, cuando cesaron sus movimientos y sus labios se entreabrieron en ademán de sorpresa. Abajo, entrando en fila, estaba su familia al completo, además de Patricia Gluek y, por supuesto, Brian Scanlon. Se acomodaron en el centro de la cuarta fila, desprendiéndose de guantes y chaquetas, mientras a Theresa le comenzaban a sudar las manos. Prácticamente, llevaba toda la vida tocando el violín, y hacía muchos años que había perdido el miedo al escenario, pero en aquel momento sintió una desagradable sensación de aprensión en el estómago. Amy la saludó disimuladamente agitando la mano de forma apenas perceptible, y Theresa respondió con un saludo de la misma guisa. Luego miró hacia el asiento contiguo al de Amy y descubrió a Brian devolviéndole el saludo. «¡Oh, no! ¿Habrá pensado que le estaba saludando a él?», pensó. Veinticinco años y saludando igual que sus alumnos de primer grado cuando localizaban entre el público a sus padres.

Pero, antes de que pudiese ponerse más nerviosa, se encendieron las candilejas y el director dio unos golpecitos con la batuta en el borde de su atril. Se puso rígida y se apartó del respaldo de la silla, colocando el violín en posición cuando el director alzó los brazos y dio la nota de obertura de Joy to the World.

A mitad de la canción Theresa se dio cuenta de que jamás había tocado el violín tan bien. Luego, como solista, tuvo que ejecutar un solo y el instrumento pareció cobrar vida bajo sus dedos.

Comenzó tocando para él, pero acabó tocando para sí misma, como requiere la verdadera esencia de la música. Se olvidó de que Brian estaba entre el público y perdió las inhibiciones que la invadían en su vida cotidiana.

Desde la sala en penumbra, él la observaba… no veía a nadie sino a ella. El pelo rojo y las pecas, cuyo brillo le había resultado demasiado llamativo la primera vez que la vio, cobraban sentido debido al ardor apasionado con que se integraba en la música. Observó que sus ojos se cerraron varias veces. En otras ocasiones sonrió y, de alguna manera, Brian supo con certeza que no se daba cuenta de que lo estaba haciendo.

El concierto finalizó con un bis de Joy to the World y el último clamor de aplausos hizo que todos los miembros de la orquesta se pusieran en pie para inclinarse al unísono.

Cuando se encendieron las luces, la mirada de Theresa se deslizó a lo largo de la línea de caras conocidas que había en la fila cuatro, pero al final quedó fija en Brian, el cual estaba aplaudiendo con una sonrisa llena de orgullo, igual que los demás. Theresa le devolvió el gesto con una sonrisa de oreja a oreja, y había deseado que supiera que no era para los otros, sino sólo para él. Brian dejó de aplaudir y le hizo una seña de triunfo levantando los pulgares. Theresa sintió una grata sensación de satisfacción cuando volvió a sentarse para guardar el violín en su funda.

Estaban esperándola en el vestíbulo cuando salió con los guantes y el abrigo puestos, y el violín bajo el brazo.

Todos empezaron a hablar a la vez, hasta que al fin Theresa tuvo la oportunidad de preguntarles agradecida:

– ¿Por qué no me dijisteis que vendríais?

– Queríamos darte una sorpresa. Además, pensamos que podríamos ponerte nerviosa.

– ¡Bien, pues lo habéis conseguido! ¡No, no es cierto! Oh, no sé ni lo que estoy diciendo, excepto que saber que estabais entre el público ha hecho del concierto algo muy especial. Gracias a todos por haber venido.

– Lo has hecho muy bien, hermana -dijo Jeff abrazándola.

Entonces Margaret asumió el mando.

– Tenemos que adornar el árbol esta noche, y ya sabéis que vuestro padre siempre tiene problemas con las luces. ¡En marcha!

Se dirigieron hacia el aparcamiento y Theresa preguntó:

– ¿Viene alguien conmigo?

Se dio cuenta de que Amy estaba reservándose su respuesta hasta ver lo que decía Brian.

– Yo voy contigo -dijo Brian, poniéndose a su lado y quitándole el violín de las manos.

– Yo también… -comenzó Amy, pero Margaret la interrumpió en medio de la frase.

– Tú vendrás con nosotros, Amy. Quiero que vayas a comprar leche de camino a casa.

– ¿Jeff? ¿Patricia? -insistió Theresa, sintiendo que había obligado a Brian a decir sí, ya que nadie más lo había hecho.

– Patricia se dejó el bolso en el coche de papá, así que iremos con ellos.

Los dos grupos se separaron y, mientras se dirigía hacia su pequeño Toyota gris, Theresa tuvo la sospecha de que Patricia no se había separado de su bolso en ningún momento.

Se instalaron en el coche y Theresa puso una cinta. La música de Rachmaninoff los envolvió.

– Lo siento -dijo Theresa de pronto, quitando la cinta.

Sin ninguna vacilación, Brian volvió a ponerla.

– Me da la sensación de que crees que soy un fanático del rock duro. La música es la música. Si es buena, me gusta.

Rodaron a través de la noche iluminada por la luna con el encanto y la fuerza de Rachmaninoff acompañándolos, seguido por los compases mucho más suaves del Liebestraum de Listz. Cuando la dulce melodía resonó en sus oídos, Theresa pensó en su traducción, Sueño de Amor. Pero mantuvo la mirada fija en la carretera, pensando que tenía desatada la imaginación a causa del entusiasmo del concierto y la Navidad. Pero no era sólo el concierto y ni siquiera que Jeff estuviera en casa, lo que hacía que aquellas Navidades fuesen tan especiales. Era Brian Scanlon.

– Vi que seguías el ritmo con los pies -dijo en tono burlón.

– ¿Y?

– Signo evidente de una bailarina.

– Todavía estoy pensándolo.

– Estupendo. Porque ya no tengo muchas oportunidades de bailar. Siempre estoy promocionando la música.

– No te preocupes. Si yo no voy, habrá muchas chicas.

– Eso es lo que me preocupa. Chicas sin ritmo que me harán polvo los pies y no pararán de hablar.

– ¿No te gusta hablar cuando bailas?

Theresa siempre se había imaginado que las parejas aprovechaban la proximidad del baile para intercambiar intimidades.

– No especialmente.

– Yo creía que los hombres y las mujeres aprovechaban esos momentos para susurrarse… bueno, lo que se conoce como «dulces naderías».

Brian volvió la cabeza para observar su rostro, sonriendo por la anticuada expresión y preguntándose si conocía alguna otra mujer que la utilizara.

– ¿Dulces naderías?

Theresa intuyó que sonreía, pero mantuvo los ojos en la carretera.

– Yo no tengo conocimiento directo de ninguna, compréndelo.

– Lo comprendo. Yo tampoco.

– Pero pensaré lo del baile.

– Yo ya lo he hecho. Y no me parece una idea nada mala.

Theresa pensó que a pesar de no saber nada de dulces naderías, ella y Brian estaban intercambiándolas en aquel mismísimo instante.

Llegaron a la casa antes que los demás, y Theresa se excusó para marcharse a su cuarto a ponerse de nuevo los vaqueros, la blusa y la rebeca. Desde su cuarto podía oír las notas suaves e inseguras de una canción de moda que Brian estaba sacando del piano con un solo dedo. Estaba de pie, con un pulgar enganchado en el bolsillo trasero de los pantalones, mientras pulsaba distraídamente las teclas con el dedo índice. Alzó la vista. Theresa se cruzó de brazos, y se quedó pensando en todo lo que le gustaba de él… la forma de sus cejas, su forma de hablar pausada, que hacía que se sintiera mucho más a gusto cuanto más tiempo pasaba con él…