Bob Shaw
Las astronaves de madera

PARTE I — Las sombras se acumulan

Capítulo 1

Lord Toller Maraquine sacó la espada de su funda y la sostuvo de forma que el sol del antedía se reflejara a todo lo largo de su hoja. Como ya le había ocurrido antes, se sintió cautivado por su belleza deslumbrante. En contraste con las armas negras tradicionales usadas comunmente, ésta parecía poseer un toque etéreo, como un rayo de luz del sol atravesando la niebla, pero Toller sabía que no había nada sobrenatural en sus poderes. Incluso en su forma más simple, la espada había sido el mejor instrumento mortífero de la historia, y él había conseguido dar un paso más en su desarrollo.

Presionó un pequeño botón escondido en la ornamentación del puño y una parte curvada se abrió por medio de un resorte, revelando una cavidad en forma de tubo. Dentro había un pequeño frasco de vidrio fino que contenía un líquido amarillento. Se aseguró de que el frasco estaba intacto y después volvió a cerrar la cavidad. Sin deseos de dejar aún la espada, probó su filo y la sopesó durante unos segundos. Después, de pronto, se colocó en guardia en la primera posición. En ese momento, su esposa única, de oscuros cabellos, haciendo uso de esa extraña habilidad para materializarse en el instante más inoportuno, abrió la puerta y entró en la habitación.

—Te ruego que me perdones; creía que estabas solo —Gesalla le dirigió una sonrisa impregnada de falsa dulzura y miró a su alrededor—. Por cierto, ¿dónde está tu adversario? ¿Lo has cortado en pedacitos tan pequeños que no puede verse, o es que ya era invisible?

Toller suspiró, miró a su esposa, bajó la espada y dijo:

—El sarcasmo no te va.

—¿Y a ti te va jugar a ser guerrero? —Gesalla atravesó la habitación hasta él con pasos ligeros y silenciosos y le rodeó el cuello con sus brazos—. ¿Qué edad tienes ahora, Toller? ¡Cincuenta y tres! ¿Cuándo vas a abandonar tu afición a pelear y matar?

—Cuando los hombres se conviertan en santos; y eso es algo que no sucederá en un año ni en dos.

—¿Quién está siendo sarcástico ahora?

—Debe de ser contagioso —dijo Toller sonriendo, experimentando el placer de contemplarla, que apenas había disminuido a lo largo de los años de matrimonio.

Los treinta y tres pasados en Overland, muchos de ellos difíciles, no habían alterado mayormente el aspecto de Gesalla ni ensanchado su esbelta figura. Uno de los pocos cambios apreciables en ella era la aparición de un mechón plateado, que bien podría haber sido aplicado a su cabello por un experto peluquero. Continuaba llevando vestidos largos y ligeros de colores suaves, aunque la creciente industria textil de Overland hasta el momento no había sido capaz de producir las telas sedosas que tanto apreciaban en el Viejo Mundo.

—¿A qué hora es tu cita con el rey? —preguntó Gesalla, retrocediendo un paso para examinar con ojo crítico las ropas que él vestía. Una causa frecuente de discusiones entre ellos era que, a pesar de su ascenso social, él insistía en vestirse como un plebeyo; por lo general, con una camisa de cuello abierto y unos sencillos pantalones.

—A las nueve —contestó—. Tendré que salir pronto.

—¿Y piensas ir así vestido? —preguntó Gesalla.

—¿Por qué no?

—No es muy adecuado para una audiencia con el rey. Chakkel puede considerarlo una descortesía.

—Que lo tome como quiera —Toller frunció el entrecejo mientras guardaba la espada en su funda de cuero y ajustaba la correa—. A veces me harto de la nobleza y de todas sus costumbres.

Advirtió una momentánea expresión de preocupación en el rostro de Gesalla e inmediatamente se arrepintió de haber hecho ese comentario. Se colocó la espada enfundada bajo el brazo, y sonrió de nuevo para demostrarle que su estado de ánimo era tranquilo y razonable. Tomó su fina mano y caminó con ella hasta la entrada principal de la casa. Ésta era una edificación de una sola planta, como la mayoría de las viviendas en Overland; pero el hecho de que estuviese construida en piedra y contara con diez habitaciones espaciosas indicaba que era el hogar de un noble. Los albañiles y carpinteros todavía eran escasos treinta y tres años después de la Gran Migración, y la mayor parte de la población tenía que conformarse con casas relativamente frágiles.

La espada personal de Toller estaba colgada, dentro de su vaina unida al cinturón, en el vestíbulo de entrada. Hizo ademán de cogerla, pero, por consideración a Gesalla, se apartó del arma con un gesto de despedida y abrió la puerta. El patio del otro lado resplandecía tan ferozmente bajo el sol que sus muros y pavimento parecían tener luz propia.

—No he visto hoy a Cassyll —dijo Toller, cuando el calor salió a su encuentro en una oleada—. ¿Dónde está?

—Se levantó temprano y fue directamente a la mina.

Toller asintió con complacencia.

—Trabaja mucho.

—Un rasgo heredado de mí —dijo Gesalla—. ¿Volverás antes de la noche breve?

—Sí. No tengo ningún deseo de prolongar mis asuntos con Chakkell.

Toller se dirigió hacia su cuernazul, que esperaba pacientemente junto a un arbusto podado en forma de lanza. Sujetó la funda de cuero sobre la grupa del animal, subió a él y se despidió de Gesalla con la mano. Ella respondió con un ligero movimiento de cabeza, adquiriendo inesperadamente una expresión preocupada.

—Bueno, sólo voy al palacio por un asunto sin importancia —dijo Toller—. ¿Por qué estás tan preocupada?

—No lo sé. Tal vez sea un presentimiento… —Gesalla casi sonrió—. Quizá has estado tranquilo durante demasiado tiempo.

—Hablas como si yo fuera un niño —protestó.

Ella abrió la boca para responder, luego cambió de opinión y se volvió hacia la casa. Un poco desconcertado, Toller azuzó su cuernazul para que empezara a andar. En la puerta de madera del patio, el animal adiestrado acercó el hocico a la placa que accionaba la cerradura —un artilugio diseñado por Cassyll—, y pocos segundos después salieron a las verdes praderas del paisaje.

El camino, un sendero de grava y guijarros delimitado por dos hileras de rocas, se extendía hacia el este hasta encontrarse con la carretera que conducía a Prad, la ciudad más importante de Overland. Toda el área de las posesiones de Toller estaba cultivada por agricultores arrendatarios, y presentaba diferentes tonalidades de verde dispuestas en franjas; pero más allá de sus límites, las colinas tenían su uniforme color natural, un verdor intenso que inundaba el horizonte. No había nubes ni humo que suavizaran los rayos del sol. El cielo era una bóveda de claridad infinita, sólo salpicado por las estrellas más brillantes y algún meteoro ocasional destacando bajo el resplandor general. Y justo encima, gravitacionalmente fijo en su lugar, estaba el enorme disco del Viejo Mundo, claramente visible pero no amenazador; un recuerdo del episodio más trascendental de la historia de Kolkorron.

Era uno de esos antedías en los que Toller normalmente se hubiera sentido en paz consigo mismo y con el resto del universo, pero la inquietud producida por el humor sombrío de Gesalla aún no había desaparecido de su mente. ¿Sería posible que tuviese una verdadera premonición, presagios de próximos trastornos en sus vidas? Y, lo que era más probable, ¿le conocía mejor de lo que se conocía él mismo y era capaz de interpretar signos de los que él ni siquiera era consciente?

No podía negar que, durante los últimos tiempos, había estado acosado por una extraña inquietud. El trabajo que había hecho para el rey —explorar y dominar el continente de Overland— le procuró honores y posesiones; estaba casado con la única mujer que había amado y tenía un hijo del cual estaba orgulloso. Sin embargo, increíblemente, la vida empezaba a parecerle insulsa. La perspectiva de continuar por este camino tranquilo y sin grandes esfuerzos hasta encontrarse con la vejez y la muerte le producía una extraña sensación de desasosiego. Sintiéndose como un traidor, había hecho todo lo posible por ocultar a Gesalla sus pensamientos, aunque nunca había logrado engañarla durante mucho tiempo…

Toller vio en la lejanía un grupo de soldados que avanzaban por la carretera. No les prestó mucha atención durante varios minutos, hasta que se dio cuenta de que su marcha hacia Prad era demasiado lenta para tratarse de un destacamento montado. Contento por haber encontrado una distracción, sacó del bolsillo su pequeño telescopio y enfocó al distante grupo. La razón de su lentitud se hizo evidente. Cuatro hombres en cuernazules escoltaban a otro que iba a pie, seguramente un prisionero.

Toller cerró el telescopio y lo guardó, frunciendo el entrecejo con extrañeza, ya que en Overland los delitos eran prácticamente inexistentes. Había demasiado trabajo que hacer, pocas personas poseían algo que valiese la pena robar y la diseminación de la población dificultaba el escondite de malhechores.

Su curiosidad creció, y le hizo acelerar la marcha hasta alcanzar el cruce con el camino principal, que le dejó un poco adelantado respecto al grupo que avanzaba lentamente. Detuvo su montura y estudió a los hombres que se aproximaban. Los emblemas del guantelete verde en los pechos de los jinetes le revelaron que eran soldados privados del barón Panvarl. El hombre de débil complexión que andaba a tropezones en el centro del cuadrado formado por los cuatro cuernazules vestía ropas de campesino. Llevaba las muñecas atadas delante y unos hilos de sangre seca bajaban desde su enmarañado cabello negro, evidenciando malos tratos.

Toller era consciente de su antipatía hacia los soldados cuando vio que los ojos del prisionero estaban fijos en él y expresaban reconocimiento. Esto hizo que su memoria se activara. Al principio, no había identificado al hombre a causa de su aspecto desastrado, pero ahora supo que era Oaslit Spennel, un fruticultor cuya parcela estaba a seis kilómetros hacia el sur. De vez en cuando suministraba fruta a la casa Maraquine, y tenía fama de ser un hombre de buen carácter, tranquilo y trabajador. El desagrado inicial que sintió hacia los soldados se transformó, al momento, en hostilidad.

—Buen antedía, Oaslit —gritó, adelantando su cuernazul para obstruir la carretera—. Me sorprende encontrarte en tan dudosa compañía.

Spennel le mostró sus muñecas atadas.

—He sido arrestado ilegalmente, mi…

—¡Silencio, comemierda!

El sargento que encabezaba la compañía le hizo un gesto amenazador a Spennel, después se volvió con mirada furiosa hacia Toller. Era un hombre de torso robusto, un poco viejo para su rango, con las toscas facciones y la expresión adusta de los que han visto mucho en su vida, pero sin beneficiarse de la experiencia. Su mirada recorrió en zigzag a Toller, que lo contemplaba impasible, sabiendo que el sargento intentaba encontrar una conexión entre la sencillez de sus ropas con el hecho de que montara un cuernazul que lucía las guarniciones más distinguidas.

—Apártate del camino —dijo finalmente el sargento.

Toller negó con la cabeza.

—Exijo información sobre los cargos que se le imputan a este hombre.

—Exiges mucho para andar desarmado.

El sargento echó una ojeada a sus tres compañeros y éstos le respondieron con sonrisas irónicas.

—No necesito armas en estos parajes —dijo Toller—. Soy lord Toller Maraquine. Quizás hayas oído hablar de mí.

—Todo el mundo ha oído hablar del regicida —murmuró el sargento, aumentando la descortesía del tono al retrasar el tratamiento correcto—, milord.

Toller sonrió mientras grababa en su memoria el rostro del sargento.

—¿Cuáles son los cargos contra tu prisionero?

—Este cerdo es culpable de traición; y tendrá que enfrentarse al verdugo hoy en Prad.

Toller desmontó, moviéndose lentamente para darse tiempo de asimilar la noticia, y fue hacia Spennel.

—¿Qué es lo que he oído, Oaslit?

—Todo son mentiras, mi señor —Oaslit habló con voz baja y aterrorizada—. Le juro que soy del todo inocente. No he insultado en absoluto al barón.

—¿Te refieres a Panvarl? ¿Por qué ha creído él tal cosa?

Spennel miró nerviosamente a los soldados antes de responder.

—Mi campo linda con las propiedades del barón, milord. El manantial que riega mis árboles desagua en sus tierras y…

A Spennel le falló la voz y sacudió la cabeza, incapaz de continuar.

—Sigue —dijo Toller—. No puedo ayudarte a menos que conozca la historia.

Spennel tragó saliva.

—El agua va a parar a un llano donde al barón le gusta que sus cuernazules se ejerciten, y lo enfanga. Hace dos días vino a mi casa para ordenarme que clausurase el manantial con piedras y cemento. Le dije que necesitaba el agua para vivir y me ofrecí a canalizarla fuera de sus tierras. Se puso furioso e insistió en que lo clausurase de inmediato. Le dije que sería de poca utilidad hacerlo, porque el agua encontraría otro camino para salir a la superficie. Entonces…, entonces me acusó de haberle insultado. Se marchó jurando que obtendría una orden del rey para arrestarme y ejecutarme bajo el cargo de traición.

—¡Todo eso por un pedazo de tierra enfangada! —Toller se mordió el labio inferior, desconcertado—. Panvarl debe de estar perdiendo la razón.

Spennel logró esbozar una triste sonrisa.

—Seguramente no, milord. A otros campesinos les han sido confiscadas sus tierras.

—De modo que así van las cosas —dijo Toller con voz baja y ronca, sintiendo el regreso de la decepción que a veces casi lo convertía en un solitario.

Hubo un período, inmediatamente después de la llegada de la humanidad a Overland, en el que creyó que la raza iniciaba una nueva ruta. Aquellos fueron los años impetuosos de exploración y asentamiento en el verde continente que circundaba el planeta, cuando parecía que todos los hombres podrían considerarse iguales y que los viejos boatos serían abandonados. Persistió en sus esperanzas aun cuando la realidad comenzó a contradecirlas, pero al fin tuvo que preguntarse si el viaje entre los dos mundos había sido un esfuerzo inútil.

—No tengas miedo —le dijo a Spennel—. No vas a morir por el asunto de Panvarl. Te doy mi palabra.

—Gracias, gracias, gracias… —Spennel dirigió una mirada a los soldados y bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Milord, ¿no tendrías poder suficiente para liberarme ahora?

Toller negó con la cabeza.

—Que yo fuese en contra de las órdenes del rey sólo te perjudicaría. Además, nos conviene más que continúes hasta Prad a pie; así tendré tiempo suficiente para hablar con el rey.

—Gracias otra vez, milord, desde lo más profundo de mí… —Spennel se interrumpió, como si se avergonzara de sí mismo, como un comerciante que trata de obtener una ganancia que él mismo considera ilegítima—. Si algo me ocurriese, milord, ¿sería tan…, informaría a mi mujer y a mi hija, y se preocuparía de que ellas…?