– ¿Te ordenó que te casaras conmigo?

– No desde los años setenta.

– Entonces, ¿por qué? -la voz de ella se volvió suplicante.

– Oh, no lo sé -encogió los hombros-. Como no tengo cerebro propio, llamé al teléfono de información para que me dijeran cómo comportarme, y me dijeron que debía declararme después de la quinta…

– Daniel.

– …cita. También sugirieron un carruaje y champán. Me enviaron el anillo y una libreta llena de frases preparadas. ¿Quieres verla?

– Daniel, para.

– Tengo un día difícil por delante -soltó un suspiro-. ¿Puedes decirme a qué has venido y marcharte?

Ella se estremeció al percibir su ira.

A él le dio igual. No se sentía especialmente caritativo en ese momento. Y menos cuando ella estaba allí, sexy y deseable, recordándole lo que habría podido ser.

– Estás mirándome con frialdad -lo acusó ella-. Así no puedo decirte lo que he venido a decir.

– De acuerdo -dejó caer los brazos a los lados y suavizó su expresión. Sólo quería acabar con la escena.

– He venido a decirte que lo siento -se acercó un poco-. También vine a decirte que… -se mordió el labio inferior-…era un anillo perfecto.

Él se quedó inmóvil. Captó una oleada de su perfume. Ella le tocó el brazo suavemente.

– Lamento haberte malinterpretado -dijo-. Pero después de que tu padre…

– ¿Mi padre?

– Pasó por mi oficina ayer, para pedirme disculpas.

– ¿Mi padre te pidió disculpas? -Daniel casi se cayó sobre el escritorio.

– Me dijo que se lo habías ordenado.

– Ya, bueno… -Daniel asintió-. Lo hice -pero no había creído que su padre fuera a hacerlo. Ni en un millón de años.

– Después me dijo que aún me necesitabas. Y cuando tú apareciste con el anillo, yo…

– ¿Sumaste dos y dos?

– Y acabé con siete. Lo siento mucho, Daniel -su mano tembló en su brazo y lo miró a los ojos-. El anillo me encantó de verdad.

A él se le quitó un enorme peso de encima. El corazón empezó a martillearle en el pecho.

– ¿Estás diciendo que te gustaría recuperarlo?

Ya lo había devuelto, pero eso podía solucionarse con una llamada telefónica.

– Era perfecto.

– Odias lo perfecto.

– ¿Sí? Bueno, estoy intentando corregir eso -rodeó su cintura con los brazos-. Porque tú eres perfecto y te quiero de verdad.

– No tengo el anillo -confesó él.

Los ojos de ella reflejaron su desilusión.

Él se sintió como un idiota. Debería haber estado preparado para algo así. Solía tener planes de emergencia por si fallaban sus planes de emergencia.

Entonces vio el clip sujetapapeles que había sobre su carta de renuncia.

Se dijo que podía intentar ser espontáneo. Levantó el clip y formó un círculo con él.

– ¿Te casarías conmigo de todas formas? -dijo, ofreciéndole el anillo de emergencia a Amanda.

Ella sonrió, le ofreció el dedo y asintió con entusiasmo.

– Sí. Pero no creas que esto te va a librar de un diamante enorme y una declaración como Dios manda.

– Odias que planee las cosas -dijo él, poniéndole el clip en el dedo.

– Estaba pensando en una suite en el Riverside. Un par de docenas de rosas. Champán. Un cuarteto de cuerda.

– Creo que eso te lo dejaré a ti -estiró el brazo, levantó la carta del escritorio y la puso ante sus ojos-. Porque he hecho otros planes.

– ¿Qué…? -ella empezó a leer-. No entiendo.

– Voy a ofrecerle a Cullen mi puesto de editor jefe.

– ¿Por qué?

– Voy a viajar.

– ¿A dónde?

– A todos sitios. Quiero crear una nueva revista de viajes y aventuras.

– ¿Tu padre ha aceptado? -ella lo miró con ojos como platos.

– No lo sé -Daniel encogió los hombros.

– ¿No se lo has preguntado?

– Ha sido una decisión espontánea. ¿Quieres venir conmigo?

– Puedes apostar a que sí -una enorme sonrisa iluminó su bello rostro.


Amanda sonrió para sí, acurrucada sobre el pecho desnudo de Daniel.

Cullen había aceptado el cargo de editor jefe de Snap y Patrick había accedido a que Daniel investigara la posibilidad de publicar una revista de viajes en Elliott Publications. Bryan y Cullen estaban encantados con que volvieran a estar juntos y les habían hecho prometer que se casarían antes de salir de viaje.

Aún no tenían planes, pero eso no preocupaba a Amanda. Antes o después, Daniel se rendiría a la tentación y alquilaría un salón de baile en algún sitio.

– ¿Te he dicho últimamente que te quiero? -le dijo, besando su pecho.

– Hace unos treinta minutos que no -Daniel la apretó contra sí-. Pero esos grititos de antes han sido buenos para mi ego.

– No he dado grititos -lo golpeó con un codo.

– Claro que sí.

– ¿Vas a seguir inventándote cosas?

– Sí -acarició su cabello-. Se acabaron los planes. A partir de ahora, inventaré cosas por el camino.

– No quiero que cambies por mí -dijo ella, sintiendo una opresión en el pecho.

– Voy a cambiar por mí. Y en parte por ti, porque eres lo mejor que nunca planifiqué. Te quiero, Amanda -susurró roncamente, abrazándola.

El teléfono de la mesilla interrumpió su beso. Amanda miró el reloj,

– ¿Quién puede…?

– ¿Hola? -contestó Daniel-. ¿Cullen?

Amanda se sentó en la cama.

– ¿Está bien? -Daniel sonrió-. ¿Están bien? -tapó el auricular con la mano -es una niña.

Amanda saltó de la cama y agarró su ropa.

– Tres kilos y medio -dijo Daniel-. Maeve Amanda Elliott.

Los ojos de Amanda se llenaron de lágrimas.

– Venga -le susurró.

– Vamos para allá -dijo Daniel en el auricular, con voz risueña.

– Somos abuelos -Amanda se puso los pantalones.


Llegaron al hospital en menos de quince minutos. Mientras estaban ante la ventana del nido, mirando los nombres e intentando localizar a su nieta, un Cullen exultante apareció por las puertas del ala de maternidad.

– Mamá -gritó. Con la bata de quirófano flotando a su alrededor dio un fuerte abrazo a Amanda. Ella tuvo que hacer un esfuerzo para respirar, mientras la alzaba por el aire.

– No puedo creer lo que pasaste para tenerme -dijo con voz débil-. ¿Cómo puedo agradecértelo?

– No tienes que agradecerme nada -Amanda parpadeó para evitar las lágrimas-. Fuiste el hijo más maravilloso del mundo.

– Oh, mamá -Cullen se apartó para mirarla a los ojos. Ella le sonrió y le apartó el pelo húmedo de la frente.

– Enhorabuena, papá.

Él movió la cabeza con incredulidad. Después se volvió hacia Daniel y le ofreció la mano.

– Y tú, papá, hiciste esto. ¡Lo hiciste dos veces!

Daniel soltó una risa, apretó la mano de Cullen y luego lo envolvió en un abrazo.

Amanda se limpió las lágrimas que humedecían sus pestañas.

– Ahí está -suspiró Cullen -mirando a una enfermera que acababa de entrar en el nido empujando una cuna-. Es tan pequeñita.

– Se supone que debe ser pequeñita -dijo Daniel.

Amanda se acercó a la ventana mientras la enfermera colocaba la cuna en el centro de la primera fila y les sonreía.

– Casi me da miedo tocarla -confesó Cullen.

– Todo irá bien, hijo -Daniel le dio una palmada en la espalda-. Le darás de comer, la cambiarás y bañarás. Dentro de muy poco, estará pidiéndote que le leas cuentos antes de irse a la cama.

Cullen soltó una risa forzada y rodeó a sus padres con los brazos.

– De momento, me conformo con superar las primeras veinticuatro horas.

– Es preciosa -Amanda se apoyó en su hijo.

– Sí que lo es -afirmó él.

– ¿Cómo está Misty? -preguntó Daniel.

– Perfecta. Maravillosa -Cullen parpadeó y tomó aire-. Ahora está durmiendo.

– Hermano. ¡Así se hace! -Bryan y Lucy saludaron a su hermano.

Daniel se acercó a Amanda mientras la familia Elliott empezaba a aparecer por los pasillos. Ella sintió la inquietud habitual cuando los primeros cinco, luego nueve y después doce, rodearon el ventanal, charlando y bromeando unos con otros.

Para cuando Patrick y Maeve doblaron la esquina, Amanda tenía el estómago revuelto por la inseguridad, pensando en el lío en el que se había metido, una vez más.

– Todo irá bien -le susurró Daniel, rodeando su cintura con un brazo.

Pero Amanda no estaba tan segura.

Entonces Patrick la saludó con la cabeza y esbozó una sonrisa. Karen la llamó desde el otro lado del grupo. Y Daniel la estrechó entre sus brazos.

La pequeña Maeve abrió la boca con un enorme bostezo y se oyó un suspiro colectivo de todos los adultos. Era obvio que el corazón de todos se había derretido por la nueva Elliott.

Amanda apoyó la cabeza en el pecho de Daniel, esperanzada por ese nuevo vínculo que unía a la familia. Tal vez encontrarían baches en el camino que tenían por delante, pero esa vez llegarían hasta el final.

Juntos.


Barbara Dunlop

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