– ¿Vais a ayudarme o no?

– ¿Ayudarte a qué? -preguntó Cullen.

El plan inicial de Daniel había sido cambiar su imagen y su negocio. Pero si le buscaba un buen diseñador de ropa, sólo atraería a criminales de mejor clase. No. La situación requería acciones drásticas.

– A convencerla de que cambie de profesión -dijo.

Sus dos hijos dieron un paso atrás. Cullen incluso alzó las manos y cruzó dos dedos, como si intentara apartar de sí a un espíritu maligno.

– No, no -dijo Bryan, moviendo la cabeza.

– ¿Estás loco? -preguntó Cullen.

Daniel miró a sus dos enormes hijos, de más de un metro ochenta cada uno.

– No me digáis que tenéis miedo de ella.

– Diablos, sí -admitió Cullen.

– ¿Más miedo de ella que de mí? -Daniel cuadró los hombros y cruzó los brazos sobre el pecho.

Ambos chicos rieron con incredulidad.

– En lo de mamá estás tú solo -dijo Cullen.

– Nosotros haremos algo seguro -añadió Bryan.

– Salto en paracaídas -concluyó Cullen.


– Me está poniendo nerviosa -le dijo Amanda a su cuñada, Karen Elliott, sentadas en el solarium de The Tides, la finca de sus ex suegros. Karen había estado recuperándose allí desde el invierno, cuando había sufrido una mastectomía. Los rayos de sol entraban por las claraboyas haciendo destellar el suelo de madera y resaltando los tonos pasteles de los cojines que cubrían los muebles de mimbre.

– ¿Pero hizo algo? -preguntó Karen. Con una taza de infusión en la mano, estaba reclinada en una mecedora junto al ventanal que daba al Atlántico. Se veían gaviotas a lo lejos y nubes de tormenta en el horizonte.

– Sugirió un cambio de imagen radical -Amanda aún se enervaba al pensar en el descaro de Daniel.

– ¿Algo como cirugía estética? -preguntó Karen.

– Algo como un corte de pelo y un nuevo vestuario. Pero sólo Dios sabe qué más tenía en mente.

– Uf -Karen soltó el aire-. Me habías asustado. Pensé que tal vez Sharon lo había corrompido por completo.

Amanda se estremeció al oír el nombre de la reciente ex esposa de Daniel. Delgada como un junco y bellísima, Sharon Styles era digna de una portada de revista de moda, siempre perfecta.

– Personalmente, yo daría cualquier cosa por un cambio de imagen -Karen se pasó la mano por el colorido pañuelo que disimulaba la pérdida de cabello causada por la quimioterapia.

Amanda soltó una risita incrédula. Karen no necesitaba un cambio de aspecto. Era elegante y preciosa en cualquier circunstancia, desde la punta de su nariz bronceada al brillo de sus uñas pintadas.

– Yo sugiero que nos saltemos el cambio de imagen y matemos a Daniel -dijo Amanda.

De repente, Karen se sentó en la tumbona y bajó las piernas al suelo.

– Eso es exactamente lo que voy a hacer.

– ¿Vas a matar a Daniel? -Amanda simuló deleite.

– Voy a ir a un centro de belleza. Y Daniel tiene razón. Deberías venir conmigo.

– ¡Eh! -bastante malo era que Daniel criticara su apariencia. No necesitaba que Karen se uniera al carro.

– No seas tan sensible -Karen agitó la mano-. Pasaremos el fin de semana en Eduardo. Baños de barro, limpieza de cutis… -se llevó la mano al pecho y alzó los ojos al cielo con aire reverente-. Ay, unos de esos masajes con piedras calientes harán de ti una mujer nueva.

– No quiero ser una mujer nueva. Y no puedo permitirme Eduardo. Uno de esos masajes con piedras calientes me dejaría en bancarrota. Y no necesito un cambio de imagen.

– ¿Qué tiene esto que ver con un cambio de imagen? Y puedes hacer que pague Daniel.

¡Pagar Daniel! No iba a dejar que Daniel y su dinero se acercaran a su vida. Karen debía estar loca.

– Al fin y al cabo, fue idea suya -dijo Karen, con un brillito calculador en los ojos.

– Creo que has perdido el rumbo de esta conversación -apuntó Amanda, moviendo la cabeza.

– No he perdido el rumbo -Karen sonrió con malicia-. Han fulminado mi cáncer, no mi cerebro.

Amanda se inclinó hacia delante en el sillón, y colocó las manos en las rodillas de sus pantalones caqui, con la intención de dejar las cosas claras.

– No quiero seguirle la corriente a Daniel. Quiero que tu marido me ayude a quitármelo de encima.

– Puede que Daniel te deje en paz si haces un cambio de imagen -sugirió Karen, adoptando la misma postura que Amanda.

– Si cambio de imagen, Daniel pensará que he seguido su consejo.

– ¿Y a quién le importa eso?

– A mí. Quiere que deje de practicar la abogacía. Si cedo en el cambio de imagen, apuesto a que eso será lo siguiente que proponga.

– No puede quitarte el derecho a ejercer.

Amanda pensó un momento. Eso era verdad. No podía obligarla a dejar de trabajar. ¿O sí? Los Elliott eran poderosos, pero tenía que haber límites a lo que podían conseguir.

Tendría que pillarla haciendo algo que faltara a la ética, y ella no haría nada así. O prepararle una encerrona, y eso no lo haría él. Apretó las manos.

Pero Patrick sí podría hacerlo. Si Daniel se lo pedía.

Por supuesto, a Patrick le importaba un rábano cómo se ganara la vida Amanda, o que se relacionara con criminales. A Daniel tampoco debería importarle. No entendía de dónde estaba surgiendo la situación.

Karen se recostó en la tumbona, soltó un suspiro exagerado y se pasó la mano por la frente.

– Creo que un cambio de imagen me ayudaría a recuperarme mucho más rápido -miró a Amanda y agitó las pestañas con descaro-. Pero no quiero ir a Eduardo sola.

No engañó a Amanda ni un segundo. Karen quería sacar partido de la situación. Pero era cierto que había pasado por una enfermedad terrible. Si quería compañía durante un fin de semana en el centro de belleza y talasoterapia, ¿cómo iba a negársela?

– Si digo que sí -aventuró Amanda-, Daniel no puede enterarse -sabía que si él pensaba que estaba siguiendo su consejo, no habría forma de ponerle freno.

– Sugiero que dejemos que te tiñan el pelo -dijo Karen, con una deslumbrante y bella sonrisa.

– No vamos a dejar… -al ver el cambio de expresión de Karen, Amanda hizo una pausa-. ¿Crees que debería teñirme el pelo?

– Oh, pueden hacerte unos reflejos divinos. Te encantarán. Te lo prometo.

Amanda no quería reflejos divinos y no quería ni pensar en los consejos de Daniel. Pero sí quería a Karen, y suponía que unos reflejos no la matarían.

– De acuerdo. Reflejos.

– Bravo. Yo invito -Karen se sentó de un salto.

– De eso nada -no permitiría que pagara Karen.

– Pero has dicho que…

– Última oferta. Vamos a Eduardo, yo pago lo mío y nadie le dice una palabra a Daniel.

– ¡Sí! Tenemos un plan.


Capítulo Tres

Daniel era un hombre con un plan. Por supuesto, Daniel siempre era un hombre con un plan. Pero ése era mejor que la mayoría de ellos. La puerta se abrió y Cullen entró en el despacho del decimonoveno piso del edificio de Elliott Publications Holdings.

– Las últimas cifras de ventas -dijo, tirando unos papeles sobre el escritorio de Daniel.

– Gracias -dijo Daniel, sin prestar atención al informe.

Seguramente Regina & Hopkins serían su mejor baza. Eran una compañía de gran reputación, especializada en derecho corporativo. Suponía que conseguirle una oferta de trabajo a Amanda sería excesivo, pero podría dejar caer algún comentario sobre sus horas de facturación y su margen de beneficios. Estaba seguro de que Taylor Hopkins le daría esa información sin problemas.

– Las cifras del mes pasado no son buenas -dijo Cullen, ladeando la cabeza para conseguir contacto visual-. No saldremos adelante con cifras como ésas -hizo una pausa-. Es muy frustrante no saber cómo estamos en relación con la competencia.

– Entiendo -Daniel asintió con la cabeza.

Era obvio que Amanda no sabía la cantidad de dinero que se podía ganar con el derecho corporativo. Ni que todo ese dinero se obtenía en horas de oficina. Si alguien la invitaba a salir por la noche, sería a la inauguración de una exposición o a una nueva producción de una ópera. Daniel estaba dispuesto a apostar que Taylor Hopkins nunca, ni una vez, había recibido una llamada a medianoche para que fuera a la comisaría de la calle Cincuenta y Tres a negociar la fianza de un traficante de drogas.

– ¿Papá?

Ni una sola vez.

– ¿Papá?

– ¿Sí? -Daniel parpadeó y miró a su hijo.

– Es posible que estemos perdiendo la carrera.

– ¿Tienes el número de tu madre en el móvil?

Cullen no contestó.

– Da igual -Daniel pulsó el botón intercomunicador-. ¿Nancy? ¿Puedes conseguirme el teléfono de Amada Elliott, abogado? Ejerce en Midtown.

– Ahora mismo -respondió la voz de Nancy.

– ¿Vas a llamar a mamá?

– Alguien tiene que hacerlo.

– Papá, de veras creo que deberías dejarlo y…

– ¿Has dicho algo de cifras de ventas?

– Ah, ahora quieres hablar de ventas.

– ¿Cuándo no he querido yo hablar de ventas?

– No estamos ganando terreno -gruñó Cullen.

– Contábamos con eso.

– Esto es un problema -Cullen señaló una cifra en la hoja superior.

Daniel echó un vistazo. Sí que era una cifra baja.

– ¿Cómo van las visitas a la nueva página Web?

– Aumentando.

– ¿La gente se está suscribiendo?

Cullen asintió.

– ¿Grupo demográfico?

– El sector que más crece está entre los dieciocho y los veinticuatro años.

– Bien.

– No crece lo bastante rápido -apuntó Cullen. Sonó el intercomunicador.

– Tengo ese número para usted -dijo Nancy.

– Ahora mismo salgo -Daniel se puso en pie y dio una palmada en el hombro de su hijo-. Sigue con el buen trabajo.

– Pero papá…

Daniel se puso la chaqueta que colgaba en el perchero.

– ¿Te marchas? -Cullen miró el informe de ventas, a Daniel y de nuevo al informe.

– Creo que tienes razón. Una llamada telefónica no es buena idea -era mejor pasar por el despacho de Amanda. Así le costaría más negarse a tomar algo con él. Podía llamar a Taylor Hopkins desde el coche y llegar allí con cifras y datos en la mano.

Cullen caminó hacia atrás, interponiéndose entre su padre y la puerta.

– Los representantes de ventas estarán esperando que convoques una reunión.

– Podemos convocarla mañana.

Cullen se apoyó en la puerta, bloqueando la salida de Daniel.

– ¿Eres consciente de que estamos perdiendo la esperanza de alcanzar a Finola?

– Lo compensaremos con ventas en la web. Esa era la estrategia desde el principio.

– ¿Te das cuenta de que te estás embarcando en una misión suicida con mamá?

– Tu fe en mí es apabullante -la boca de Daniel se curvó con una leve sonrisa.

– Sólo te dejo claro lo que hay.

– Tu madre es una mujer inteligente. Atenderá a razones.

– ¿Qué te hace pensar que tu idea es remotamente razonable? -preguntó Cullen.

– Por supuesto que es razonable.

Cullen movió la cabeza.

– Papá, papá, papá -recitó con tono burlón.

– Cuidado -Daniel alzó el dedo índice-. Aunque ya no pueda darte unos azotes, puedo despedirte.

– Si me despides, Finola te barrerá del mercado, no lo dudes.

– Jovencito engreído -Daniel apartó a Cullen de la puerta.

– ¿Tienes tu testamento en orden?

– Lo escribiré en el coche.

Cullen le dedicó un burlón saludo de atención y una sonrisa irónica mientras le dejaba vía libre.

– Estás dando un gran paso, papá. A cualquier hombre menos valiente que tú le estarían temblando las rodillas.

Daniel titubeó menos de un segundo.

Después movió la cabeza y abrió la puerta del despacho. Le sacaba veinte años de sabiduría y experiencia a Cullen, y no iba a permitir que su hijo menor le hiciera dudar de su plan.


Daniel notó de inmediato que la oficina de Amanda se parecía poco a las de EPH. Era más pequeña y oscura y mientras el edificio Elliott tenía vigilantes de seguridad en el vestíbulo, la puerta del de Amanda se abría directamente a la zona de recepción, invitando a cualquier transeúnte a entrar sin más.

La joven recepcionista, con multitud de pendientes y pelo morado, no tenía aspecto de poder detener ni a una abuelita, eso por no hablar de un punk con intenciones criminales. La chica dejó de masticar chicle lo suficiente para ladear la cabeza interrogativamente.

– Me gustaría hablar con Amanda Elliott -dijo él.

– Está con Timmy el Trinchera -la chica señaló una puerta de cristal esmerilado con el índice-. Tardará cinco minutos o así.

– Gracias -dijo Daniel.

La recepcionista hizo una pompa de chicle rosa.

Tras comprobar que la silla de vinilo de la sala de espera no tenía manchas ni trozos de chicle, Daniel se sentó y soltó un suspiro. La chica ni siquiera le había preguntado su nombre ni qué asunto lo llevaba allí.

Cuando la mayoría de la clientela debía estar armada y ser peligrosa, lo lógico sería hacer algunas rudimentarias preguntas de seguridad. Lo primero que haría Daniel sería instalar un detector de metales a la entrada y quizá poner un par de guardias de seguridad en la acera.

Una reunión con Timmy el Trinchera. Nadie que se llamara así podía tener entre manos algo remotamente legal.

Quince minutos después, cuando Daniel, llevado por la desesperación, hojeaba una revista atrasada de la competencia, un hombre bajo y medio calvo, cubierto con una trenca, salió del despacho de Amanda.

– ¿Puedes llamar a Administración del Tribunal? -dijo Amanda desde su despacho-. Necesito saber la nueva fecha del juicio de Timmy.

– Seguro -contestó la recepcionista, tecleando los números en el teléfono con largas uñas pintadas de negro. Miró a Daniel e indicó la puerta abierta con la cabeza-. Entra.

Daniel se puso en pie, dejó la revista en el desordenado montón y fue hacia el despacho. No podía dejar de pensar que él podría haber sido cualquiera, con cualquier intención.

– ¿Daniel? -Amanda alzó la barbilla y deslizó unos centímetros hacia atrás su silla de trabajo.

– Sí -él empujó la puerta, que se cerró a su espalda-. Y tienes suerte de que sea yo.

– ¿La tengo? -ella enarcó las cejas.

– Esa recepcionista dejaría entrar aquí a cualquiera -se sentó en una de las sillas de plástico que había frente al escritorio.

– Supongo que podríamos emitir carnés de miembro -dijo Amanda, colocándose el cabello castaño oscuro tras la oreja.

– Estás siendo sarcástica -él arrugó la frente.

– ¿Tú crees? ¿Adivinas por qué?

– Es un mecanismo de defensa -Daniel se echó hacia atrás y desabrochó el botón de su chaqueta-. Lo utilizas cuando yo tengo razón y tú te equivocas.

– ¿Cuándo ha ocurrido eso?

– Tengo una lista de fechas.

– Apuesto a que la tienes.

Él hizo una pausa y admiró el destello de sus ojos de color moca. Era obvio que disfrutaba. Diablos, él también disfrutaba. No había nadie en todo el planeta que pudiera enfrentarse a él como Amanda.

Era inteligente y brillante. Eso no había cambiado.

Recordó las palabras de despedida de Cullen. Tal vez había sido optimista al pensar que sería fácil convencerla para que se dedicara al derecho corporativo. Pero pensaba intentarlo con todas sus fuerzas.

– Ven a cenar conmigo -dijo, impulsivamente. Al ver su expresión comprendió que era un error táctico. Demasiado directo, casi sonaba como una cita.