Ella ladeó la cabeza y cruzó las manos bajo el pecho. Sus senos se alzaron y juntaron y, mirando su escote, él supo que perdería la concentración.

– Empiezo a pensar que necesitas ayuda profesional -apuntó ella.

Él se quedó sin habla un momento. Por lo visto, estaba preocupada por él.

– Eres tú quien lleva una vida sin control -dijo.

– Al menos yo sé lo que quiero -contraatacó ella.

La había atrapado. Si había algo que dominaba la vida de Daniel, era el rumbo definido.

– Yo sé exactamente lo que quiero.

– ¿Y qué es?

– Ser director de Elliott Publication Holdings.

– ¿En serio, Daniel?

– Por supuesto -que el éxito no formara parte de los objetivos de Amanda no implicaba que no lo fuera de los suyos-. ¿Podemos volver a hablar de ti?

– No. No soy yo quien tiene un problema.

– He visto tu oficina -rezongó Daniel.

– Y yo tu piso -le devolvió ella.

Él abrió la boca, pero se le ocurrió una idea. Parecía obsesionada con el piso, tal vez podía aprovecharse de eso. Hacer algún tipo de pacto. Un intercambio: piso por oficina.

– Dime qué cambiarías.

Los ojos oscuros se entrecerraron y él se acercó.

– En serio. Dímelo. Estoy dispuesto a seguir tus consejos.

– No lo estás.

– Sí lo estoy -se acercó aún más. Si seguía su consejo, tal vez se viera obligada a seguir el de él-. Dímelo claramente, Amanda. Podré soportarlo.

– De acuerdo -lo miró con lástima-. ¿Quieres oírlo? Has dejado de sentir.

– De sentir, ¿qué?

– Todo.

Eso no era cierto. Y menos en ese momento concreto. Ella puso la mano en su hombro, y se le tensó el músculo al sentir su calidez.

– Siente -le urgió ella.

– Estoy sintiendo -murmuró él.

Los ojos de ella se aclararon, volviéndose moca, y se puso de puntillas. Echó la cabeza hacia atrás, entreabrió los labios de color rubí y lo besó.

Los recuerdos saturaron el cerebro de él: anhelo, pasión, deseo. Se sintió catapultado hacia el pasado. La rodeó con sus brazos y le devolvió el beso, inhalando su familiar aroma.

Le encantaba la humedad de su boca. Tenía su cuerpo grabado en el cerebro y deslizó las manos por su espalda, recordando. La había echado muchísimo de menos.

Sintió que cada molécula de su cuerpo palpitaba, disolviéndose en un caleidoscopio de emoción y color.

Deseó perderse en ella, arrancarle la ropa y tumbarla allí mismo, sobre la alfombra, para revivir el amor que habían sentido el uno por el otro.

Ella dejó escapar un gemido y él susurró que la deseaba, mucho, demasiado.

Al oírlo, dio un paso atrás y parpadeó, confusa. Tenía las mejillas sonrojadas y los labios hinchados.

Nunca había habido una mujer más deseable.

Pero no era suya. Hacía mucho tiempo que no lo era. Se obligó a soltarla.

– Perdona -dijo-. No tenía derecho a… -no supo qué más decir. Él nunca perdía el control.

– No lo sientas -ella esbozó una sonrisa irónica-. Vamos haciendo progresos. Has sentido algo.

– ¿Eso era terapia? -dejó caer los brazos y se apartó de ella.

– Por supuesto -ella se encogió de hombros.

Algo se heló dentro de él. Se preguntó si eso había sido el beso para ella, una demostración de su argumento. Tal vez había sido él solo quien se había perdido en los recuerdos.

Sí, quería que ella cambiara de profesión. Pero había un límite hasta donde estaba dispuesto a llegar. Y tenía la sensación de acababa de alcanzarlo.


Capítulo Cinco

Amanda recostó la cabeza mientras la limusina se incorporaba al tráfico. Besar a Daniel había sido terapia.

Un refuerzo de sus recuerdos. Al menos para ella.

Sólo gracias a sus años de experiencia manteniendo el control ante astutos jueces había conseguido no desmayarse, suplicarle o algo peor aún.

Daniel siempre había besado muy bien. Desde la primera vez, había hecho que la tierra temblara bajo sus pies y provocado fuegos artificiales en su cerebro.

Recordó su primer beso…, la noche del baile de fin de curso.

En aquella época Amanda no pertenecía al grupo de los alumnos deportistas y populares. Lo normal un sábado por la noche habría sido encontrarla en el club de fotografía o en el de activismo social, en vez de en una fiesta de alumnos populares. Así que cuando su amiga Bethany consiguió obtener una invitación para la fiesta de Roger Dawson, en la suite presidencial del hotel Riverside, no la habría despreciado por nada del mundo. La fiesta era un caos. La música sonaba muy fuerte, habían echado algo alcohólico y amargo en el ponche y la gente utilizaba los canapés como misiles. Amanda había perdido de vista a Bethany muy pronto, así que cuando vio a Daniel solo, junto a la puerta, la alegró ver un rostro conocido. Fue hacia él.

Se habían visto varias veces a principios de curso, cuando ella salía con uno de sus amigos. Siempre le había parecido un chico agradable, y conocía a todo el mundo. Pensó que, si tenía suerte, le presentaría a algunas personas y podría dejar de estar sola y con cara de pasmarote.

– Hola, Daniel -lo saludó.

– Amanda -él se volvió y sonrió con calidez-. No sabía que venías.

– He venido con Bethany -señaló vagamente la dirección en la que había desaparecido su amiga hacía más de veinte minutos.

– Eh, Elliott -llamó alguien.

– ¿Sí? -contestó Daniel.

– Tienes habitación aquí, ¿verdad?

Daniel asintió, pero Amanda era demasiado baja para ver con quién hablaba.

– Necesitamos que traigas tu cubitera de hielo y algunos vasos más -gritó el tipo.

– Iré ahora mismo.

A Amanda se le encogió el corazón. Acababa de encontrar alguien con quien hablar, y se marchaba.

– ¿Quieres venir a ayudarme? -preguntó Daniel, mirándola.

– Sí -aceptó ella con rapidez.

Daniel se hizo camino hasta la puerta, a base de codazos, y salieron al corredor.

– Estoy al fondo del pasillo -dijo él.

– ¿No querías conducir a casa esta noche? -preguntó ella, por hacer conversación.

– Mi hermano mayor, Michael, reservó la habitación -soltó una risita avergonzada-. Pensó que igual esta noche tenía suerte.

– Ah -Amanda tragó saliva-. ¿Estás con… eh, Shelby Peterson?

– Eso creía -Daniel se encogió de hombros-. Pero la última vez que la vi, bailaba con Roger. Puede que sea Roger quien tenga suerte esta noche.

Amanda no estaba acostumbrada a hablar de sexo, y menos con chicos, y menos aún con deportistas guapísimos que debían haberse acostado con la mitad del grupo de animadoras. Se sonrojó.

– Eh, perdona -Daniel agachó la cabeza al ver que no contestaba. Le dio un golpecito con el hombro-. Eso ha sido de muy mal gusto.

– No, claro que no -movió la cabeza, avergonzada por no ser tan sofisticada como sus amigas.

– Sí que lo ha sido. Aquí estamos -se detuvo y abrió la puerta.

Amanda nunca había estado en un hotel de cinco estrellas antes. Y en la suite presidencial había tanta gente que en realidad no había visto la habitación. Miró, atónita, los mullidos sofás de color burdeos, la barra de bar de madera con la pared forrada de espejo, y la puerta doble que daba al dormitorio y a una alcoba llena de helechos y con un jacuzzi.

– Ve a echar un vistazo -sugirió Daniel, dejando la llave en la consola-. Tardaré un par de minutos.

– Vaya -exclamó Amanda, sin molestarse en simular que la opulencia no la impresionaba-. Michael ha debido pensar que ibas a tener mucha suerte.

– Michael es el optimista de la familia -rió Daniel, desde detrás de la barra.

Amanda pasó entre los sofás y miró la mesita de café de roble. En el centro había un jarrón con flores frescas, a un lado una bandeja de bombones y una selección de revistas al otro. Lo que más le interesó fue un aparato rectangular con muchos botones.

– ¿Eso es un mando a distancia? -preguntó, agarrándolo y dirigiéndolo hacia la televisión. Había oído hablar de ellos, pero nunca había visto uno.

– No lo sé. Prueba -dijo Daniel desde detrás de la barra. Ella pulsó un botón y la televisión se encendió.

– ¡Bravo!

Daniel rió al oír su exclamación. Ella empezó a recorrer los distintos canales.

– Creo que estos aparatos se harán muy populares.

– No encuentro la cubitera de hielo -dijo Daniel.

– ¿Quieres que mire en el cuarto de baño?

– Yo lo haré -dijo él, saliendo de detrás de la barra-. Come bombones, ¿quieres? Seguro que Michael ha pagado una millonada por ellos.

Amanda sonrió, contenta de complacerlo. Se sentó en el sofá y quitó el papel dorado a una trufa de chocolate. Se estaba mucho mejor allí, aire fresco, un sitio donde sentarse y nada de gente diciendo obscenidades y lanzándose comida ni música atronadora retumbando en los oídos. Y, lo mejor de todo, no tenía que avergonzarse de ser la única persona que no tenía con quién hablar.

– No hay cubitera -dijo Daniel, colocándose detrás del sofá-. ¿Eso es American Graffiti?

– Creo que sí -dijo Amanda, mirando la pantalla.

– Bien. ¿Están buenos los bombones?

– Para morirse -se inclinó hacia delante, alcanzó una bola dorada y se la ofreció a Daniel.

En la pantalla, un grupo de estudiantes estaban celebrando su última noche juntos.

– Un poco como nosotros -dijo Daniel, pelando el bombón y señalando la televisión.

Amanda asintió. Igual que los protagonistas de la película, estaban a punto de descubrir un nuevo mundo. A veces la idea la emocionaba, pero en general le daba miedo. Sus padres habían ahorrado suficiente dinero para el primer año de universidad, pero después las cosas se pondrían difíciles.

– Están muy buenos -dijo Daniel. Se sentó en el sofá y colocó el cuenco de bombones en el cojín de en medio-. Sugiero que nos los comamos antes de volver a la fiesta.

– Sería una pena desperdiciarlos -aceptó Amanda, seleccionando otro bombón. Dejó que el dulce y cremoso chocolate se deshiciera en su lengua mientras miraban la pantalla en silencio.

– ¿Qué vas a hacer? -preguntó Daniel, agarrando otro bombón.

– ¿Después de la fiesta?

– No. Después del instituto. Has sacado buenas notas, ¿no?

Amanda asintió. Como no solía salir con chicos, había tenido mucho tiempo para estudiar.

– Me han aceptado en la Universidad de Nueva York.

– Eso está muy bien. ¿Qué vas a estudiar?

– Literatura inglesa e iniciación al Derecho. ¿Y tú?

– El negocio familiar -dijo él con una sonrisa cansada.

– Trabajo seguro -aventuró ella. Él se quedó callado unos minutos, mirando la pantalla.

– Sabes, en realidad me gustaría…

– ¿Qué? -preguntó ella, al ver que no seguía. Él movió la cabeza e insistió-. Vamos, dímelo.

– Prométeme que no te reirás.

– No me reiré -aseguró ella. Amanda Kendrick nunca podría reírse de Daniel Elliott.

– Vale. Me gustaría convencer a mi padre para poner en marcha una nueva revista.

– ¿En serio? -Amanda lo miró impresionada. Parecía mucho más interesante que estudiar Derecho-. ¿De qué tipo?

– Aventuras y viajes, países extranjeros, acción. Yo podría viajar por todo el mundo, escribir artículos y enviarlos a Nueva York.

Amanda tragó saliva, sintiéndose vulgar y aburrida. Ella ni siquiera pensaba en dejar el estado, en cambio Daniel quería recorrer el mundo.

– Te parece una idea tonta -dijo él con expresión de desánimo.

– No -aseguró ella, acercándose un poco-. Me parece una idea fantástica. Me das envidia.

– ¿En serio? -preguntó él, animándose.

– Suena fantástico.

– Yo creo que sí -satisfecho, peló otro bombón y se lo metió en la boca.

Después de ver la película unos minutos más, él se levantó y fue hacia el bar.

– Estos bombones me están dando sed. ¿Has bebido champán alguna vez?

– ¿Dónde íbamos a conseguir champán? -preguntó ella con los ojos muy abiertos. Él le mostró una botella verde-. ¿No te meterás en problemas?

– La habitación está a nombre de Michael -contestó él, encogiendo los hombros. Empezó a quitar el alambre del corcho.

– Entonces, pensarán…

– La verdad, me da igual lo que piensen -quitó el corcho, que golpeó el techo y botó en la alfombra.

– Me encantaría probarlo -dijo Amanda, sintiéndose muy atrevida.

Él sonrió y sacó dos copas aflautadas del bar. Sirvió el champán, agarró una bolsa de palitos salados y se reunió con ella en el sofá.

– Feliz fiesta de fin de curso -brindó él.

– ¿Te das cuenta de que no vas a tener suerte esta noche? -preguntó ella, mirando sus ojos azul profundo, mucho menos tímida que antes.

– Creo que ese barco ya partió -los ojos de él chispearon y sonrió al mirar el cuenco vacío que había entre ellos-. Te has tragado todos los bombones que iba a utilizar para seducir a una chica.

– He tenido ayuda -protestó ella, golpeándolo en el hombro.

– Eran mi arma secreta.

En vez de contestar, ella probó el champán.

– Eh, esto está muy bueno -alzó la copa a la luz y observó las burbujas subir a la superficie. Creo que el champán debería ser tu arma secreta.

– ¿Sí? Pues también te la estás tragando tú -rezongó él.

Ella sonrió y tomó otro sorbo.

– La vida a veces es un asco, ¿eh?

Él soltó una carcajada al oír eso. Abrió la bolsa de palitos salados y se acomodó en el sofá.

Amanda suspiró con satisfacción. Había odiado la fiesta. Odiaba admitirlo pero no le había gustado su primera fiesta con los alumnos más populares.

Era mucho mejor estar allí sentada, viendo una película, riendo y charlando con Daniel, y bebiendo algo que no sabía a gasolina con zumo de naranja.

Para cuando el personaje que hacía Richard Dreyfuss subió al avión, Amanda se había quitado los zapatos y la botella de champán estaba medio vacía.

– Ni siquiera llega a conocerla -se quejó Daniel.

Ambos habían comentado la película, compartiendo sorpresas, suspense y risas.

– Será para siempre la mujer misterio -dijo Amanda, alzando la copa hacia él.

– Eso es un rollo.

– Es ficción.

– Sigue siendo un rollo.

Ella se rió. Daniel dejó la copa en la mesa.

– Un tipo no debería dejar pasar esas oportunidades.

– ¿Besa a la rubia cuando puedas?

– Algo así -dijo él.

– Supongo que deberíamos volver a la fiesta -sugirió ella, con pesar. Se levantó, recogió los restos de la mesa y fue descalza hacia el bar.

– Imagino -él también se levantó-. No llegamos a encontrar la cubitera de hielo.

– Tengo la sensación de que a nadie le importará a estas alturas de la noche -se dio la vuelta y se encontró cara a cara con él. Más bien, se encontró con su pecho, porque le sacaba más de quince centímetros de altura, estando descalza.

– Si han seguido bebiendo ese ponche, seguro que no -dijo él-. ¿Amanda?

– ¿Sí? -alzó la barbilla para mirarlo.

Él ladeó la cabeza y ella notó el súbito cambio en el ambiente.

– Estaba pensando -se acercó un poco más.

Ella debería haberse sentido intimidada por sus anchos hombros, por su altura, pero no fue así. Tomó aire, inhalando su aroma especiado y varonil.

– ¿En qué estabas pensando?

– En oportunidades perdidas -le apartó un mechón de pelo de la sien.