Bob Shaw
Periplo nocturno

I

Una noche de invierno, cruda y helada, había caído sobre New Wittenburg, ejerciendo dura presión sobre las inhóspitas calles, depositando irregulares capas de escarcha sobre el de­sierto hormigón de la terminal del espacio.

Tallon se apoyó contra la ventana de su cuarto, mirando al exterior. Las largas horas de la noche yacían ante él, y se pre­guntó cómo iba a superarlas. Ni siquiera la posibilidad de pasar a través de los ochenta mil portales que conducían a la Tierra podía aliviar su depresión. Había dormitado encima de las revueltas ropas de la cama por espacio de varias horas, y durante aquel tiempo el mundo parecía haber muerto. Daba la impresión de que el hotel estaba vacío.

Encendió un cigarrillo y exhaló un suave río de humo que discurrió llanamente a lo largo del cristal de la ventana. Unas pequeñas áreas circulares de condensación se formaron en el interior del cristal, centradas en gotitas que se pegaban al exte­rior ¿Vendrían a por él? La pregunta era un sordo dolor que le había mordido desde que se estableció el contacto, una se­mana antes.

Normalmente, las probabilidades de éxito habrían sido ele­vadas, pero esta vez sucedieron cosas que a Tallon no le gus­taron. Chupó con fuerza el cigarrillo, haciendo que crujiera débilmente. Había sido mala suerte que McNulty sufriera un ataque cardíaco precisamente entonces; pero había sido tam­bién un error por parte de alguien en el Bloque. ¿Qué diablos estaban haciendo, situando a un hombre en el campo sin haberse asegurado plenamente de que no podría enfermar? McNulty se había asustado después de sufrir el ataque y había realizado una transferencia tan poco ortodoxa que seguía asombrando a Tallon cada vez que pensaba en ella. Aplastó el cigarrillo bajo la suela de su zapato y juró que alguien pagaría por el error cuando regresara al Bloque. Si lograba regresar al Bloque.

Con un esfuerzo consciente se negó a sí mismo otro cigarri­llo. La habitación parecía haberse encogido durante la semana que había permanecido allí. En Emm Lutero, los hoteles esta­ban en el lugar más bajo de la escala en lo que a comodidades respecta. Su habitación no era cara, pero sólo contenía una cama con una sucia cabecera y unos cuantos muebles desven­cijados. Una telaraña oscilaba desamparadamente del tubo del aire caliente. Las paredes estaban pintadas de color verde bu­rócrata: el color de la desesperación.

Sorbiendo aire a través de sus dientes en un siseo de disgus­to, Tallon regresó a la ventana y apoyó su frente contra el he­lado cristal. Miró al exterior a través de las palpitantes luces de la ciudad extraña, notando el sutil efecto de la mayor gra­vedad en la arquitectura de las torres y capiteles: un recorda­torio de que estaba lejos del hogar.

Entre aquí y la Tierra había ochenta mil portales, represen­tando incontables millones de años-luz; cortinas de sistemas estelares, capa sobre capa de ellos, hacían imposible localizar siquiera el racimo suelto del cual formaba parte el Sol. Lejos, demasiado lejos. Las lealtades quedaban demasiado adelgaza­das sobre aquellas distancias. La Tierra, la necesidad de nue­vos portales, el Bloque: a aquella distancia, ¿qué significaba todo ello?

De pronto, Tallon se dio cuenta de que tenía hambre. Pulsó un interruptor, se encendió la luz, y Tallon se contempló en el único espejo de la habitación. Sus lisos cabellos negros esta­ban ligeramente revueltos. El rostro alargado, más bien serio —que podría haber sido el de un calculista o de un intérprete de jazz con una inclinación hacia la teoría—, estaba sombrea­do por una barba incipiente, pero decidió que era improbable que llamara la atención. Momentánea e infantilmente compla­cido ante la idea de comer, se pasó un peine por los cabellos, apagó la luz y abrió la puerta.

Estaba a punto de salir al pasillo cuando llegó hasta él la primera premonición de peligro. En el hotel reinaba un silencio absoluto. Y ahora que pensaba en ello, ningún vehículo había pasado por la calle habitualmente transitada debajo de su ven­tana en todo el tiempo que llevaba aquí.

Presa de pánico, frotándose el labio superior con el dorso de la mano, Tallon volvió a entrar en su cuarto y abrió ligera­mente la ventana. El desigual murmullo del tráfico de la ciu­dad penetró en la habitación con el aire frío; sin embargo, nada se movía en la calle inmediatamente debajo. ¿Por qué se habrían tomado todas aquellas molestias? Tallon frunció el ceño, pensando, y luego se dio cuenta de que se estaba enga­ñando a sí mismo simulando una duda. Para apoderarse de lo que tenía en su mente, precintarían la ciudad, el continente, todo el planeta de Emm Lutero.

Me está ocurriendo a mí, pensó, pero una oleada de irrita­ción sumergió su miedo. ¿Por qué todo el mundo tenía que atenerse tan estrictamente a las normas? ¿Por qué, si alguien del bando de uno cometía un error, alguien del bando contra­rio le hacia pagar siempre a uno las consecuencias? ¿No iban a hacer una excepción, ni siquiera para Sam Tallon, el centro del universo?

Moviéndose con una rapidez súbitamente febril, cerró la puerta y sacó su maleta del armario. Había algo que tenía que haber hecho antes, y su frente se frunció al pensar en el riesgo que había corrido al demorarse tanto. Sacó de la maleta su an­ticuado transistor, extrajo la batería, y se acercó al espejo. La­deando ligeramente la cabeza, Tallon separó los cabellos de su sien izquierda y manipuló a través de ellos hasta que hubo ais­lado dos plateados alambres. Levantó la batería hasta su frente y, tras una leve vacilación, conectó los brillantes alambres a sus terminales.

Con los ojos opacos de dolor, meciéndose ligeramente sobre sus pies, Tallon recitó lenta y claramente la información Tardó sólo unos segundos en enumerar los cuatro grupos de dígitos. Cuando hubo terminado giró la batería y, con una vacilación más prolongada, estableció de nuevo la conexión Esta vez el dolor fue realmente intenso cuando la cápsula del tamaño de un guisante implantada en su cerebro se cerró de golpe, aprisionando un fragmento de tejido vivo.

Volvió a colocar la batería en la radio, encontró de nuevo los pelos metálicos y los arrancó de su cuero cabelludo. Tallon sonrió, satisfecho. Había resultado más fácil de lo que imaginaba. Los luteranos solían evitar el matar a la gente, en parte porque esa era la doctrina oficial del gobierno planetario, pero principalmente porque su conocimiento de las técnicas hipnóticas había progresado lo suficiente como para hacerlo innecesario. Si le capturaban, lo primero que harían sería someterle a un lavado de cerebro para borrar todo lo que había averiguado. Pero ahora resultaría inútil. Incluso suponiendo que le mataran, el Bloque encontraría a un pariente apesadumbrado para solicitar la devolución de su cadáver a la Tierra, y la diminuta cápsula implantada en su cerebro seguiría estando viva en su capullo maravillosamente diseñado. El Bloque podría ex traer lo que necesitaba saber.

Tallon se preguntó si, a pesar de todas las seguridades, un diminuto y asustado fantasma de su propia personalidad permanecería en aquella pequeña celda oscura… vivo y gritando cuando los electrodos empezaran a tantear a ciegas. Me estoy dejando ganar por el pesimismo, pensó. Debía ser una enfermedad profesional. ¿Quién dice que voy a morir?

Sacó la superplana y ultrarrápida automática de su bolsillo y la sopeso en su mano. El Bloque esperaría que la utilizara, a pesar de que la Tierra y Emm Lutero no estaban oficialmente en guerra. Cuando habían implantado la cápsula en su cerebro, en el acuerdo había figurado una cláusula tácita, de la que nadie había hablado. Con la información a buen recaudo, con­servada con independencia de su propia vida, el Bloque prefe­ría que Tallon muriese y fuese devuelto a la Tierra a que le en­cerrasen en una prisión a prueba de fugas. Nadie había aludi­do a aquella cláusula: Tallon hubiera renunciado en el acto si lo hubieran hecho; pero esto no cambiaba las cosas. Y la mejor manera de hacerse matar sería empezar a disparar con­tra los miembros de la P.S.E.L. Tallon descargó la automáti­ca, la tiró a un cajón y dejó caer el cargador en el cubo de la basura.

Los grupos de dígitos que había memorizado eran las coor­denadas del nuevo portal, más el salto de impulsión y el salto adicional involucrados, teniendo en cuenta las diferencias gravitatorias entre Emm Lutero y la Tierra. Representaban nada menos que un flamante planeta tipo Tierra. Él, Sam Tallon, era el poseedor del secreto individual quizá más importante del universo. Pero no iba a morir por él… por nada ni por nadie. Lo único que le debía al Bloque era una tentativa razonable para escapar. Encendió otro cigarrillo y se sentó en el borde de la cama.

En alguna parte de la ciudad de New Wittenburg había un especialista del cual Tallon desconocía el nombre y la direc­ción. El especialista establecería contacto con él cuando pudie­ra hacerlo con seguridad. Su trabajo consistía en administrar la carga de drogas, el tratamiento, que por medios a la vez fí­sicos y psicosomáticos modificaría el aspecto de Tallon lo su­ficiente como para permitirle pasar a través de los puestos de control de la terminal del espacio. Cambiarían su piel, sus ca­bellos, la pigmentación de sus ojos; cambiarían sus huellas dactilares; cambiarían incluso sus medidas Bertillon, por medio de unas drogas que producían tensiones y contraccio­nes en la musculatura y en los tejidos conjuntivos del cuerpo.

Tallon no se había sometido nunca al tratamiento y la pers­pectiva distaba mucho de entusiasmarle, pero sería preferible a perderse de vista en una prisión luterana. Si pudiera salir del hotel y permanecer en libertad, el especialista le encontraría. El problema estribaba en cómo salir.

Chupó profundamente su cigarrillo, casi permitiendo que el humo escapara de su boca, y luego lo absorbió hasta sus pul­mones. El exceso le mareó ligeramente. Se tumbó en la cama boca abajo, apoyándose sobre sus codos, y trató de calibrar objetivamente sus probabilidades.

Con todo su equipo hubieran existido seis posibles vías de escape de aquella habitación —la puerta y la ventana, las otras dos paredes, el suelo y el techo—, pero, gracias a McNulty, se había visto obligado a viajar con las manos prácticamente va­cías. Sin embargo, la P.S.E.L. ignoraba eso, y por ello se ha­bían tomado la molestia de rodearle. Tallon sospechaba que en aquel momento estaban cubriendo la calle, el pasillo y las habitaciones de encima y de ambos lados de la suya.

Aparte de la inútil automática, no tenía más que un par de zapatos de tracción en un estado sumamente dudoso. Supo­niendo que los otros estuvieran realmente allí y no fuera todo producto de sus nervios, la situación era casi desesperada. La única salida que le quedaba era, como se había propuesto inicialmente, andar con toda la tranquilidad posible hacia el res­taurante. Una ventana al final del pasillo daba a una calle dis­tinta. Si lograba alcanzarla, podía haber una leve posibilidad…

Pero esta vez la puerta que daba al pasillo se negó a abrirse.

Tallon hizo girar el pomo violentamente y tiró con todas sus fuerzas; luego recordó que el Bloque le había advertido que debía reposar unas cuantas horas después de haber cerrado la cápsula en su cerebro, o al menos no abusar del ejercicio físi­co. Retrocedió, pues, alejándose de la puerta, casi esperando que se abriera de golpe de un momento a otro. Estaba atrapa­do. La única cuestión que seguía en el aire era cual de las tres redes ejecutivas de la P.S.E.L. estaba a cargo de la operación. La proscripción de las “liquidaciones” directas, impuesta por la rígida semiteocracia que prevalecía en Emm Lutero, les había conducido a desarrollar métodos idiosincráticos de ma­nejar a los prisioneros políticamente peligrosos. El cardex en la memoria de Tallon parpadeó espontáneamente, revelando los nombres y un resumen de lo que era probable que le ocu­rriera “accidentalmente mientras se resistía a ser detenido”.

Estaba Kreuger, aficionado a inmovilizar a sus cautivos cortándoles los tendones de Aquiles; estaba Cherkassky, que les atiborraba de drogas psiconeurales hasta el punto de que uno nunca volvía a gozar de una noche de sueño apacible; y finalmente estaba Zepperitz. Zepperitz y sus métodos hacían que los otros dos parecieran casi bondadosos.

Súbitamente abrumado por su propia estupidez al haberse dejado arrastrar a aquel juego de espionaje, Tallon arrastró una silla hasta el centro de la habitación y se sentó en ella. En­trecruzó sus manos detrás de su espalda —un bulto pasivo— y esperó. La destrucción de Tallon como ser político, iniciada la primera vez que no había logrado encontrar una constelación identificable en el cielo nocturno de Emm Lutero, era ahora completa.

Se sintió frío, aprensivo e imposiblemente enfermo.

II

Hay ochenta mil portales, en números redondos, entre Emm Lutero y la Tierra. Para regresar a casa hay que pasar a través de todos ellos, prescindiendo del miedo cada vez más intenso, prescindiendo de la impresión de sentir cómo el cuer­po deja atrás el alma durante los tránsitos-parpadeo a través de las remotas extensiones del Bloque.

La nave alcanza el primer portal cruzando diagonalmente la corriente galáctica durante casi cinco días. El portal está en la actualidad relativamente cerca de Emm Lutero, pero se es­tán separando el uno del otro a un ritmo de unos seis kilóme­tros por segundo. Esto se debe a que el planeta y su sol pater­no están nadando con la marea galáctica, en tanto que el por­tal es una esfera imaginaria anclada a un punto de la inamovi­ble topografía del no-espacio.

Si la nave lleva un buen equipo de astrogación, puede pene­trar en el portal a toda marcha; pero si las computadoras que la controlan tienen alguna duda acerca de su emplazamiento exacto, pueden pasar días enteros reduciendo velocidad y ma­niobrando para situarse en posición. Ellas saben —y uno, su­dando en su celda G, también lo sabe— que si la nave no se en­cuentra a salvo dentro del portal cuando tiene lugar el salto, sus pasajeros no volverán a respirar el aire suave y compacto de la Tierra. La geometría heterodoxa del no-espacio se encar­gará de eso.

Mientras uno espera, con la garganta seca y la frente hela­da, reza por que un desdichado azar no le proyecte a incontables años-luz de distancia del hogar. Pero esto forma parte de la emoción humana en una tarea.

El no-espacio es incomprensible, pero no irracional. Supo­niendo que todos los órganos de cristal y de metal en las entra­ñas de la nave funcionen correctamente, podrían realizarse un millón de saltos desde A hasta B a través del no-espacio sin el menor tropiezo. Las dificultades surgen debido a que el no-espacio no es reciproco. Habiendo alcanzado B, el mismo salto en dirección contraria no nos devolverá a A; de hecho, nos llevará a cualquier punto fortuito del universo excepto A. Una vez ha ocurrido eso, lo único que se puede hacer es seguir dando saltos y más saltos al azar. Con la suficiente perseve­rancia y muchísima suerte, es posible situarse al alcance de un mundo habitable, aunque las probabilidades en contra son muy elevadas.