– ¡Él no tiene la culpa! – replicó el anciano, descargando un puñetazo sobre la mesa.

– ¡Y un cuerno no la tiene! -dijo Audrey con una vehemencia no exenta de ironía.

– ¡Audrey! ¡Modera tu lenguaje!

Audrey no se disculpó pues le pareció que no tenía por qué hacerlo. Ambos se conocían bien y ella le quería mucho a pesar de sus ideas políticas.

– Te apuesto ahora mismo a que Franklin Roosevelt saldrá elegido -dijo la joven sonriendo mientras él la miraba con rabia contenida.

– ¡Tonterías! -contestó el abuelo, haciendo un gesto despectivo con su mano; era republicano de toda la vida.

– Cinco dólares a que sí.

– ¿Sabes una cosa? -dijo Edward Driscoll, entornando los ojos-. A pesar de todos mis esfuerzos, tienes los modales de un camionero.

Audrey Driscoll soltó una carcajada y se levantó. Su bata de raso con las chinelas a juego y los pendientes de brillantes que lucía en los lóbulos de las orejas no eran precisamente cosas muy propias para un camionero. Como el reloj, los pendientes pertenecían a su madre y ella siempre los llevaba.

– ¿Qué vas a hacer hoy, abuelo?

El viejo hacía pocas cosas. Se veía con los amigos, almorzaba en su club, el Pacific Union, y, al volver a casa, hacía la siesta todas las tardes. A los ochenta y un años, se lo tenía bien ganado. En otros tiempos había sido uno de los principales banqueros de San Francisco, pero hacía diez años que se había retirado y ahora llevaba una vida muy tranquila en la que le acompañaban sus dos nietas que pronto se reducirían a una sola. La víspera le confesó a un amigo que la marcha de Annabelle no le importaba demasiado. Era la belleza oficial, pero Audrey tenía más temple. La necesitaba porque con Annabelle jamás había hecho buenas migas. Audrey siempre se interponía entre ambos, más que nada para proteger a su hermana menor. Annie era la chiquilla que Audrey había heredado de su madre, y nunca la dejó en la estacada ni pensaba hacerlo jamás. Quería organizarle una boda por todo lo alto.

Edward Driscoll miró a su nieta a los ojos.

– Me voy al club y supongo que tú y tu hermana iréis a gastaros mi dinero a Ransohoff.

Fingía estar preocupado, pero, a pesar de la Depresión, no lo estaba en absoluto. Había invertido el dinero con tanta sabiduría que los malos tiempos no le producían el menor quebranto.

– Se hará lo que se pueda -dijo Audrey sonriendo.

Apenas compraba nada para sí misma, pero Annabelle aún necesitaba algunas cosas para su ajuar. Siete damas de honor asistirían a la boda y Audrey sería la principal. El traje de novia en encaje antiguo francés con incrustaciones de perlas, un cuello muy alto que encuadraría el delicado rostro de Annabelle y un velo del mismo encaje antiguo y tul francés colocado sobre el dorado cabello era un modelo de J. Magrien. Audrey estaba tan contenta como Annie del efecto del velo y el traje. El único problema era conseguir que Annabelle acudiera a las pruebas. Faltaban tres semanas para la boda en la iglesia episcopaliana de San Lucas y aún quedaban muchos detalles por resolver.

– Ah, por cierto, Harcourt vendrá a cenar esta noche -dijo Audrey, que siempre procuraba avisar a su abuelo por la mañana.

Edward Driscoll solía molestarse mucho cuando se encontraba con algún rostro desconocido, e incluso conocido, a la hora de cenar sin que se le hubiera avisado. Miró a su nieta al oírla mencionar el nombre de su futuro nieto político. No podía creer que Audrey no estuviera celosa. Parecía imposible. Al fin y al cabo, Annabelle tenía sólo veintiún años mientras que Audrey tenía veinticinco y, en opinión de la gente, no era la más guapa de las dos. Procuraba pasar desapercibida, llevaba el cabello recogido hacia atrás y nunca se aplicaba colorete en las mejillas, ni rímel en los ojos ni barra en los labios para acentuar su sensualidad. Nada de todo eso le interesaba. Nunca había tenido ningún pretendiente serio. Hubo algunos a lo largo de los años, pero el abuelo siempre los espantaba. Aunque, a decir verdad, a ella le daba igual porque todos le parecían sedentarios y aburridos. A veces, soñaba con un hombre como su padre, con alma aventurera y pasión por los lugares exóticos, pero jamás había conocido a nadie que fuera así. Y Harcourt tampoco le gustaba, aunque era ideal para su hermana.

– Guapo chico, ¿verdad? -preguntó el abuelo, mirándola en un intento de descubrir algo inexistente, pese a que ella conoció a Harcourt primero e incluso había ido a bailar con él una o dos veces. Se lo cedió con mucho gusto a su hermana y, contrariamente a lo que pensaban los demás, no suspiraba por él ni se arrepentía de haberlo perdido. Nunca hubiera colmado las ansias de su corazón y dudaba que alguien lo consiguiera alguna vez. Lo que más deseaba, lo encontraba en las fotografías que solía tomar y en los viejos álbumes de su padre. En su fuero interno se parecía mucho a él. E incluso las fotografías que tomaba eran del mismo estilo, con la misma percepción y el mismo anhelo de lo insólito y lejano-. Harcourt será un buen marido para Annabelle.

Su abuelo lo decía siempre para pincharla y para ver su reacción. Seguía pensando que Audrey cometió un error al cedérselo a su hermana. Aún no comprendía por qué razón lo había hecho. Nadie lo entendía, pero a Audrey le importaba un comino; estaba acostumbrada a mantener sus sueños en secreto, unos sueños que, de todos modos, eran imposibles. Su lugar estaba allí, llevando la casa del abuelo y cuidando de él. En aquel instante, esbozó aquella sonrisa suya tan característica que se iniciaba en los ojos y bajaba poco a poco a los labios, dándole la apariencia de alguien que intentara reprimir una carcajada. Al verla, la gente se preguntaba siempre cuál debía ser el resto del chiste, como si ella supiera algo que los demás ignoraban, como si hubiera algo más. Y lo había. Había mucho más en Audrey Driscoll, sólo que nadie lo sabía. Ni siquiera su abuelo sospechaba la hondura de sus sueños ni el ansia que sentía de seguir las huellas de su padre. No estaba hecha para la vida de las mujeres de su tiempo, bien lo sabía ella. Antes hubiera preferido morir que sentar la cabeza y casarse con Har-court.

– ¿Por qué piensas que será un buen marido? -preguntó, mirando con una perversa sonrisa a su abuelo-. ¿Porque es republicano como tú?

Edward Driscoll picó el anzuelo. Se le ensombrecieron los ojos y estaba a punto de contestar cuando oyó un suspiro a su espalda. Era Annabelle, envuelta en una nube de seda azul y encajes color crema; el cabello se le derramaba en cascada sobre los hombros. La muchacha miró a Audrey con expresión de angustia. Medía casi veinticinco centímetros menos que su hermana mayor, se la veía extraordinariamente nerviosa y agitaba las manos como si fueran dos pajarillos. Era muy distinta de Audrey, en quien tenía depositada toda su confianza.

– ¿Ya estáis hablando de política de buena mañana?

Su cubrió los ojos con una mano como si le doliera algo y Audrey se echó a reír. Se pasaban el rato hablando de política y disfrutaban discutiendo para desesperación de Annabelle que no sentía el menor interés por el tema y estaba harta de sus peleas.

– Franklin D. Roosevelt ganó anoche la nominación en la convención demócrata de Chicago. Pensé que te gustaría saberlo.

Audrey la quería tener siempre informada, pese a constarle que el asunto la traía sin cuidado.

– ¿Por qué? -preguntó Annabelle, mirándola desconcertada.

– Porque derrotó a Al Smith y a John Garner -contestó Audrey mientras su hermana sacudía la cabeza con gesto de hastío.

– No… Quiero decir, ¿por qué me iba a gustar?

– ¡Porque es importante para el país! -Audrey la miró con los ojos encendidos de cólera. No le permitía a su hermana que fuera tan estúpida, aunque sabía perfectamente que era un caso perdido. A Annabelle sólo le interesaba su cara y su vestuario-. Puede ser el próximo presidente del país, Annie. Tienes que prestar atención a estas cosas.

Hubiera querido ser más amable con ella, pero su voz tenía un tono cortante. Deseaba despertar el interés de su hermana por los asuntos del mundo, pero no había manera de conseguirlo. Ambas eran tan distintas que, a veces, no parecían hermanas. Incluso el abuelo lo decía.

– Harcourt dice que el interés por la política resulta vulgar en una mujer.

Annabelle sacudió sus rizos dorados y miró con expresión desafiante a su hermana, mientras Edward Driscoll la contemplaba fascinado. Era una criatura sorprendentemente bonita, muy parecida a su madre. En cambio, Audrey era como su padre. Si éste no hubiera…, pero de nada servía pensar en eso ahora… Aquellos malditos lugares dejados de la mano de Dios. Había estado en todas partes, desde Samoa a Manchuria, ¿y de qué le había servido al final?

– Además -añadió Annabelle-, no me parece correcto que habléis de política a la hora del desayuno. Es malo para la digestión.

Edward Driscoll se quedó mudo de asombro y Audrey tuvo que apartar el rostro para disimular una sonrisa. Luego, volvió de nuevo la cabeza y miró a su abuelo a los ojos. Éste la acarició con la mirada en un silencioso gesto de cariño.

– Os veré a las dos a la hora de cenar. Y también a Harcourt -dijo Edward Driscoll, dando media vuelta para dirigirse a la biblioteca mientras Audrey contemplaba su espalda.

Estaba un poquito más encorvado que hacía un año, pero apenas se notaba. Era un hombre fuerte y orgulloso y Audrey estaba en deuda con él. Tendría que pagarle con el resto de su vida o tal vez con su propia persona durante los años que él viviera. La necesitaba para llevar la casa. Audrey miró a su hermana menor, pensando que a ésta le quedaban aún muchas cosas por aprender. Sin embargo, Annabelle se negó en redondo a que su hermana la enseñara a gobernar una casa, alegando que Harcourt sólo quería que se dedicara a ponerse guapa y pasarlo bien; él ya se encargaría de todo lo demás. En opinión de Harcourt, era «vulgar» que una mujer asumiera demasiadas responsabilidades, decía Annie, sin percatarse de los dardos que arrojaba contra su hermana. Audrey se limitaba a mirarla con expresión divertida, pensando que los puntos de vista de Harcourt sobre la «vulgaridad» le importaban un pimiento.

– No olvides que hoy tienes que ir a probarte el traje de novia -le recordó Audrey a Annabelle, abandonando el salón en compañía de su hermana en el preciso momento en que la puerta de la biblioteca se cerraba de golpe.

Audrey sabía que su abuelo se había encerrado allí para fumarse un cigarro y descansar un rato antes de que el chófer le llevara al Pacific Union Club. Permanecería sentado con la mirada perdida en la distancia, soñando en los viejos tiempos, leyendo cartas de amigos y preparando mentalmente las respuestas que escribiría aquella misma tarde. Poco más le quedaba por hacer, a diferencia de Audrey que tenía que ayudar a su hermana y organizar una boda de quinientos invitados.

– Hoy no me apetece ir al centro, Aud. Ayer tarde hizo mucho calor y aún me duele la cabeza.

– Lástima. Tómate una aspirina antes de salir de casa. Faltan sólo tres semanas para la boda. ¿Viste los regalos que se recibieron ayer?

Audrey tomó firmemente del brazo a su hermana y la acompañó al salón frontal. La alargada mesa se llenaba de hora en hora de regalos de amigos suyos y de Harcourt.

– Oh, Dios mío -exclamó Annabelle en tono quejumbroso-. ¡Cuántas notas de agradecimiento tendré que escribir!

– ¡Y tú fíjate en los regalos tan preciosos que te han enviado! Alégrate y deja de quejarte.

Audrey más parecía la madre de Annabelle que su hermana mayor. Llevaba catorce años prestándole toda su atención. Incluso se matriculó en un centro superior de la cercana localidad de Mills para no alejarse demasiado de ella. Por su parte, Annabelle no quiso seguir estudiando tras finalizar sus clases con la señorita Hamlin. Nadie esperaba que lo hiciera puesto que todo el mundo estaba de acuerdo que la inteligente era Audrey mientras que ella era la guapa.

– ¿De veras tengo que ir hoy? -preguntó Annabelle, mirando con expresión suplicante a su hermana.

Audrey la obligó a subir al piso de arriba para vestirse y, después, le hizo escribir media docena de notas de agradecí- miento mientras ella se vestía. Ya estaban listas cuando el chófer acudió a recogerlas a las die2 y media en el Packard azul oscuro que el abuelo reservaba para su uso. Era un hermoso día estival de la primera semana de julio con un cielo tan azul como el de las Hawai.

– ¿Te acuerdas todavía, Annie? -preguntó Audrey mientras el automóvil las llevaba al centro de la ciudad.

La preciosa rubia del vestido blanco de lino y la enorme pamela se limitó a sacudir la cabeza. Los recuerdos de su infancia se habían desvanecido, a diferencia de las fotografías de los álbumes de su padre. Eran el único elemento que conectaba a Audrey con el pasado, pero a Annabelle no le interesaban. Se le antojaban extraños y le daban incluso un poco de miedo. A Audrey, en cambio, le encantaban. Casi podía aspirar el perfume de aquellos lejanos lugares, contemplando las fotografías de las montañas de China y los ríos del Japón, y de las gentes enfundadas en quimonos, que empujaban unos carritos muy raros, pescaban en la orilla del río y la miraban a una como si estuvieran a punto de romper a hablar en su propio idioma. A veces, de niña, Audrey se quedaba dormida con los álbumes sobre las rodillas, soñando que estaba en uno de aquellos exóticos lugares; y ahora, cuando hacía alguna fotografía, aunque la escena no tuviera ningún interés especial, siempre captaba algo insólito y exótico.

– ¿Aud? -dijo Annabelle, mirando a su hermana mientras el automóvil se acercaba al establecimiento de J. Magrien. Audrey se sobresaltó y la miró sonriendo. Había dejado volar la imaginación, lo cual era insólito en ella. Se hallaba siempre tan ocupada y ahora tenía tantas cosas que hacer con motivo de la boda de Annie-. ¿En qué pensabas?

– No lo sé -contestó Audrey, apartando la mirada.

Pensaba en una fotografía de su padre en China, tomada hacía veinte años. Le tenía un especial cariño y en ella se veía a su padre, riéndose montado en un asnillo.

– Se te veía tan feliz -dijo Annabelle, mirándola con inocencia.

Audrey sonrió y apartó los ojos de la ventanilla para mirar a su hermana.

– Debía de pensar en ti…, en la boda…

Ambas hermanas descendieron del automóvil y algunos peatones se las quedaron mirando. No era frecuente ver un Packard en los tiempos que corrían. Casi todo el mundo los había tenido que vender. Annabelle entró en el establecimiento con expresión extasiada y Audrey la siguió con la mirada perdida, como si acabaran de arrancarla de un remoto lugar, de la fotografía en la que pensaba durante el trayecto en automóvil, y la hubieran dejado de golpe en aquel sitio tan mundano y complaciente. La sensación le pareció extraña y, en aquel momento, una sinfonía de perfumes franceses invadió su olfato, y los guantes, sombreros y blusas de seda parecieron danzar ante sus ojos, todos muy bonitos y todos carísimos. Audrey pensó de repente en lo absurdo e insensato que era todo… y en lo injusto. Había en la vida cosas mucho más importantes: personas que no se podían permitir el lujo de comer o de comprar ropas de abrigo para sus hijos en invierno; barrios de chabolas llenas de gentes sin hogar, y ella estaba allí con su hermana menor, comprando elegantes prendas y un traje de novia que costaba más que toda una carrera universitaria.