– ¿Te encuentras bien? -le preguntó Annabelle, mirándola un instante en el probador donde se estaba poniendo el traje. Por un momento, le pareció que el rostro de Audrey adquiría un tinte verdoso, y así fue, en efecto. El contraste entre lo que veía y lo que pensaba casi le produjo un mareo.

– Estoy bien. Es que aquí hace mucho calor, eso es todo.

Dos dependientas corrieron por un vaso de agua y, mientras una abría el grifo y otra sostenía el vaso, comentaron en susurros lo que todo el mundo pensaba.

– Pobrecilla…, se muere de envidia de su hermana… Pobre-cilla…, es la solterona.

Audrey no oyó esas palabras, pero ya las había oído suficientes veces. Estaba acostumbrada a ellas y le traía sin cuidado, incluso aquella noche cuando se sentó a conversar en el salón con Harcourt Westerbrook IV, mientras esperaba que Annabelle bajara del piso de arriba y que el abuelo regresara del club. Éste llegó tarde, cosa insólita en él, y Annabelle se hizo esperar mucho, lo cual era completamente previsible en ella. Siempre llegaba tarde y siempre con la cara arrebolada, menos cuando Audrey se encargaba de todo.

– ¿Ya está preparado el viaje de luna de miel?

Con Harcourt, no podía hablar de otra cosa que no fuera la boda. Con cualquier otro hombre, hubiera comentado la nominación de la convención demócrata, pero conocía muy bien la opinión de Harcourt sobre las mujeres que hablaban de política con los hombres. Audrey se preguntó de qué habrían hablado la vez que ambos fueron a bailar. Quizá de la música. ¿O acaso Harcourt pensaba que las conversaciones sobre este tema también eran vulgares? Se le escapó la risa, pero en seguida logró reprimirla. Harcourt le estaba describiendo con todo detalle los planes del viaje de luna de miel. Tomarían el tren hasta Nueva York y allí embarcarían en el lie de France rumbo a El Havre; desde allí, seguirían hasta París en tren, se dirigirían a Cannes donde pasarían unos días y después recorrerían la Riviera italiana, visitarían Roma, se irían a Londres y regresarían en barco a casa. Pensaban estar ausentes un par de meses y, aunque el viaje parecía muy bonito, no era el que a Audrey le hubiera gustado hacer. Ella hubiera viajado a Venecia para tomar el Orient Express hasta Estambul. Se le iluminaron los ojos sólo de pensarlo, pero el monótono zumbido de la voz de Harcourt la devolvió a la realidad. Le estaba diciendo algo sobre un primo suyo que vivía en Londres, que les había prometido concertarles una audiencia con el rey. Audrey fingía estar enormemente interesada. En aquel instante, entró el abuelo y miró a Harcourt con expresión enfurruñada. Intuyendo su intención de comentar que nadie le había advertido de que había invitados a cenar, Audrey se le acercó, le tomó de un brazo y lo acompañó hasta Harcourt, esbozando una encantadora sonrisa.

– ¿Recuerdas que te dije que Harcourt vendría esta noche? El abuelo la miró un instante con los ojos entornados y entonces le pareció recordar algo.

– ¿Fue antes o después de que hicieras todos aquellos estúpidos comentarios sobre Roosevelt?

El abuelo la miró con cierto hastío no exento de benevolen-cia, mientras ella se reía y Harcourt contemplaba la escena escandalizado.

– Una desgracia, ¿no se lo parece, señor?

– No importa. Hoover será reelegido.

– Así lo espero.

«Otro ardiente republicano», pensó Audrey, mirándoles asqueada.

– Como eso ocurra, destruirá el país para siempre.

– ¡No empieces con tus estúpidas teorías! -tronó el abuelo, quedándose sin público en cuanto Annabelle apareció en escena, luciendo un vestido de seda tornasolada de color azul pálido. Parecía una figura salida de un cuadro y estaba preciosa con sus grandes ojos azules, sus delicados rasgos y el cabello rubio enmarcándole el rostro. Harcourt se quedó embobado al verla y sólo le quitó los ojos de encima para dirigirle a Audrey una mirada de reproche mientras los cuatro se encaminaban hacia el comedor.

– No dirías en serio lo de Roosevelt.

– Pues claro que sí. Éste es el peor año que ha vivido nuestro país y todo gracias a Hoover.

Audrey hablaba con una seguridad que no admitía discusión, pero Annabelle la miró con ojos suplicantes mientras tomaba del brazo a Harcourt.

– No hablaréis de política esta noche, ¿verdad?

Los grandes ojos tenían casi un aire de candor infantil.

– Pierde cuidado -contestó Harcourt, dándole unas palmadas en la mano.

Audrey se rió y el abuelo le guiñó un ojo. Audrey se moría de ganas de saber lo que habrían dicho los socios del club. Aunque casi todos ellos eran republicanos, la conversación de los hombres era siempre más interesante que la de las mujeres. Exceptuando los hombres como Harcourt que se negaban a comentar temas serios con las mujeres. Le parecía agotador parlotear y sonreír sin cesar, tal como lo hizo Annabelle a lo largo de la velada. Cuando, al final, Harcourt se fue, Audrey lanzó un suspiro de alivio. Annabelle subió al piso de arriba casi flotando en el aire como un angelito, y Audrey subió más despacio, tomando del brazo a su abuelo y dándole tiempo para que subiera la escalera con el bastón. Estaba tan guapo y elegante como siempre. Audrey pensó que ojalá algún día encontrara a un hombre como él. Sabía por las fotografías que, en sus buenos tiempos, había sido un mozo con mucha clase, una mente brillante y de fuertes convicciones. Hubiera podido vivir muy bien con alguien como él. Y, si no fácilmente, por lo menos muy dichosa. Audrey se detuvo en el pasillo con su abuelo. Era casi tan alta como él, ahora que los años le habían encorvado un poco.

– No te arrepientes de nada, ¿verdad, Audrey? -le preguntó el anciano con insólita dulzura.

Sus ásperos modales habían desaparecido por completo. Quería conocer los sentimientos de Audrey. Quería estar seguro, para su paz espiritual, de que su nieta mayor no lamentaba haberse dejado escapar a Harcourt.

– ¿Arrepentirme de qué, abuelito?

No le llamaba así desde que era pequeña, pero en aquel momento, el nombre brotó sin ninguna dificultad de su boca.

– De lo de… del joven Westerbrook. Hubieras podido tenerle para ti. – Edward Driscoll hablaba en voz baja, como temeroso de que alguien pudiera oírle-. Primero salió contigo. Y tú eres la mayor. Algún día serás una esposa mucho mejor que ella. No es que sea mala chica, pero es muy joven.

Y él no la entendía.

Audrey le miró sonriendo, conmovida por su preocupación.

– Todavía no estoy preparada para casarme. Y, de todos modos, no era el hombre apropiado para mí.

– ¿Por qué no estás preparada todavía? -preguntó el abuelo, apoyándose fuertemente en el bastón, en el pasillo en sombras.

Estaba cansado, pero aquello era extraordinariamente importante para él.

– No lo sé -contestó Audrey, exhalando un suspiro-. Pero sé que hay otras cosas que tengo que hacer primero.

¿Cómo se lo hubiera podido explicar? Quería viajar, tomar fotografías, hacer unos álbumes maravillosos como los de su padre…

– ¿Cómo qué? -preguntó el viejo, asustado por sus palabras.

Le sonaban a algo que le había costado un hijo-. ¿No se te habrá metido en la cabeza ninguna tontería, verdad?

– No, abuelito. – Audrey quería tranquilizarle. Era lo menos que podía hacer por él-. Ni siquiera sé lo que quiero. Lo único que sé es que no quiero a Harcourt Westerbrook. De eso estoy absolutamente segura.

Edward Driscoll asintió con la cabeza y la miró fijamente a los ojos.

– En tal caso, me parece bien.

«¿Y si no hubiera sido así? ¿Y si hubiera querido a Harcourt?», se preguntó Audrey mientras le daba a su abuelo un beso de buenas noches antes de dirigirse a su habitación. Permaneció de pie frente a la puerta, pensando en sus palabras. No sabía por qué las había dicho, pero estaba segura de que eran verdad. Quería hacer algo, visitar lugares, conocer otras gentes, ver montañas y ríos, aspirar otros perfumes y saborear comidas exóticas. Mientras cerraba la puerta a sus espaldas, comprendió que jamás hubiera podido ser feliz con Harcourt, y tal vez con nadie. Necesitaba alimentar su alma con cosas más sublimes y puede que algún día siguiera las huellas de su padre: tomaría fotografías, haría los mismos viajes misteriosos y viajaría en los mismos trenes como en un regreso a aquel pasado que reflejaban los álbumes… acompañada por él.

CAPÍTULO II

La mañana del veintiuno de julio, Audrey se encontraba de pie en el vestíbulo principal de la casa, consultando el reloj y esperando casi instintivamente que el carillón del comedor diera la hora. El automóvil los aguardaba fuera y suponía que los invitados ya debían estar esperándoles en la iglesia. A su lado, el abuelo golpeaba el suelo con el bastón mientras los ojos de los criados les acechaban por todas partes, acechando el momento en que Annabelle descendería por la escalinata. La espera mereció la pena porque, cuando la muchacha bajó, fue como una visión, envuelta en una nube blanca. Parecía una princesa o una reina de cuento de hadas; llevaba los delicados pies enfundados en unos zapatos de raso color crema y el rubio cabello adornado por una diadema de encaje antiguo y diminutas perlas. Su cintura parecía tallada en marfil y sus ojos bailaban de contento. Era la chica más bonita que jamás se hubiera visto, pensó Audrey, mirándola con ternura y orgullo.

– Estás preciosa, Annie.

Las palabras no alcanzaban a expresar sus sentimientos, pero a Audrey no se le ocurrían otras capaces de hacerlo. Las interminables pruebas habían merecido la pena. El traje le sentaba de maravilla. Audrey lucía un vestido de seda color melocotón con adornos de encaje beige antiguo mientras que las restantes damas vestían del mismo color, pero en un tono más claro. El cálido color se conjugaba muy bien con su cabello cobrizo y hacía resaltar el tono cremoso de su piel y el intenso azul de sus ojos.

– Tú también estás muy guapa, Aud -dijo Annabelle. En realidad, nunca lo pensaba, pero era cierto. Casi nunca pensaba en Audrey porque siempre la tenía a mano.

Audrey la miró satisfecha de los muchos meses de trabajo y de los años de amor que le había dedicado. Annabelle creció como lo que tenía que ser y ahora se iba a convertir en la esposa de Harcourt y viviría feliz en Burlingame. Era lo más adecuado para ella, lo que de veras quería. Sería una esposa perfecta y sentaría la cabeza. Sentaría la cabeza… Esas palabras le martillearon la mente y le provocaron un estremecimiento de angustia. Siempre había odiado aquellas palabras, sentar la cabeza. Le sonaban a algo así como morir.

– ¿Eres feliz, Annie? -preguntó, mirando a su hermana a los ojos.

Llevaba muchos años cuidándola, vigilando que saliera de casa abrigada, que tuviera a mano su muñeca preferida cuando se iba a la cama por la noche, que no tuviera pesadillas y que no estuviera sola, que sus amigos fueran amables con ella, que fuera a una escuela que le gustara. Audrey se batió con uñas y dientes para conseguirlo. Annabelle no quiso ir a la escuela de Katherine Branson, situada al otro lado de la bahía, sino a la de la señorita Hamlin. Audrey se encargó siempre de todo, incluso del menor detalle del soberbio traje de novia que ahora lucía su hermana. Y quería que fuera feliz. Siempre lo quiso, tal vez demasiado, y la mimó probablemente mucho más de lo que lo hubieran hecho sus padres porque siempre parecía una chiquilla desvalida. Incluso ahora. Audrey le escudriñó el rostro para cerciorarse de que Annie hacía de veras lo que más deseaba.

– Le quieres, ¿verdad?

Annabelle soltó una carcajada que resonó en el vestíbulo como una campanilla de plata. Envuelta en el elegante velo, se vio reflejada en el espejo y pensó que el traje era una pura maravilla.

– Pues claro que le quiero, Aud -contestó Annabelle en tono evasivo-. Más que nada en el mundo.

– ¿Estás segura?

El matrimonio le parecía a Audrey un paso trascendental. En cambio, Annabelle ni siquiera parecía asustada, sino tan sólo nerviosa.

– ¿Hum?

Annabelle se arregló el velo mientras Edward Driscoll baja-ba los peldaños de la entrada, tomando del bra2o al mayordomo.

– ¿Annie?

A Audrey se le encogió el estómago mientras miraba a su hermana. ¿Y si… no fuera una elección acertada? ¿La habría empujado ella sin querer a tomarla? ¿Lo habrían hecho otras personas, insistiendo en que el chico era un buen partido? ¿Y eso qué más daba? Ella no se hubiera dejado convencer por estas consideraciones, pero Annabelle…

Su hermana menor se volvió a mirarla con una radiante sonrisa y, por un instante, Audrey se tranquilizó.

– Te preocupas demasiado, Aud… Este es el día más feliz de mi vida. -Ambas se miraron fugazmente a los ojos. Audrey tuvo que reconocer que su hermana parecía feliz de verdad. Pero, ¿lo era lo bastante? Una sonrisa se dibujó de repente en sus labios. Annabelle tenía razón. Se preocupaba demasiado. Porque el matrimonio era para ella un paso extraordinariamente importante. Se preguntó cómo era posible que Annabelle no estuviera asustada. Tomó la mano de su hermana y la estrechó con fuerza en la suya enfundada en un suave guante de cabritilla color crema-. Te echaré de menos, Aud…

Audrey también lo había pensado. Le parecería raro no tenerla consigo. Durante catorce años, la había cuidado como si fuera su propia hija y ahora iba a perderla. Mientras en la calle se escuchaba el rumor de un tranvía, se sintió más la madre de la novia que una dama de honor.

– Burlingame no está muy lejos, ¿sabes?

Ambas hermanas se miraron con lágrimas en los ojos y, al final, Audrey se inclinó para abrazar a Annabelle procurando no arrugarle el velo.

– Te quiero, Annie… Espero que seas feliz con Harcourt. Annabelle se limitó a sonreír y, mientras se encaminaba hacia la puerta, susurró:

– Pues claro que lo seré.

Sonó la bocina del Rolls-Royce del abuelo, quien miró impaciente a Annabelle cuando la muchacha se acomodó en el automóvil, envolviéndolos a los tres con su vaporoso traje.

– ¿Quieres que se pasen todo el día esperándote en laiglesia? -ladró el abuelo, apretando con fuerza el puño del bastón. Sin embargo, se veía a las claras que estaba profundamente conmovido. Annabelle le recordaba demasiado a una novia que había vivido hacía veintiséis años. Aquélla era incluso más bonita…, la chica que se casó con su hijo Roland. El parecido con Annabelle era impresionante. Creyó haber retrocedido en el tiempo cuando, de pie al lado de Audrey, contempló a Annabelle pronunciando el sí mientras miraba con ternura a Harcourt.

Las lágrimas resbalaron lentamente por las mejillas de Audrey y sus ojos se volvieron a nublar cuando, más tarde, el abuelo sacó a la novia a bailar un vals durante la recepción. Nadie hubiera dicho que el anciano necesitaba un bastón para caminar y él también pareció olvidarlo mientras evolucionaba elegantemente con la novia hasta entregarla por fin a su marido. Por un instante, el anciano se desconcertó. Después se alejó despacio y con paso cansino.