– ¿Me concede este baile, señor Driscoll? -le preguntó súbitamente Audrey, rozándole un brazo.

Ambos se miraron con cariño. Era como si la partida de Annabelle les hubiera unido todavía más, tal como a veces ocurre en los matrimonios cuando se casan los hijos.

Tras evolucionar un poco con él por la pista, Audrey le acompañó a un sillón empleando el tacto suficiente como para que no se sintiera un anciano achacoso. Le dijo que ella tenía que atender a ciertos detalles de la fiesta. Todo el mundo comentó lo espléndida que había sido la recepción y, cuando Annabelle se marchó por fin bajo una lluvia de pétalos de rosas y arroz, luciendo un vestido blanco de lana, Audrey se sintió inmensamente feliz. Después se despidió de los últimos invitados y se fue con su abuelo en el Rolls.

Parecía que hubieran transcurrido siglos desde que habían salido de casa aquella mañana. Audrey se sentó exhausta delante de la chimenea de la biblioteca, mientras la niebla envolvía inexorablemente la ciudad y se escuchaban, a lo lejos, las sirenas de los barcos.

– Ha sido bonito, ¿verdad, abuelo?

Audrey ahogó un bostezo y tomó un sorbo del jerez que el abuelo le había servido. Los invitados consumieron litros y más litros del champaña de su bodega privada, discretamente llevado al hotel, pero ella bebió muy poco y ahora, mientras recordaba la boda de su hermana, el jere2 la tranquilizó. La chiquilla a la que había cuidado durante tantos años se había ido súbitamente. Ella y Harcourt pasarían la noche en una suite del hotel Mark Hopkins y, por la mañana, tomarían un tren con destino a Nueva York, donde les aguardaba el I/e de France en el que se trasladarían a Europa. Audrey prometió acudir a despedirles a la estación y, al pensarlo, experimentó una punzada de envidia, no por lo que ambos compartían, sino por el viaje que se disponían a emprender. El itinerario no era enteramente de su gusto, pero, aun así, les envidiaba. Le remordió en el acto la conciencia y miró al abuelo como temerosa de que le hubiera leído el pensamiento. Sus ansias de marcharse eran injustas, pero algunas veces el deseo de ver tierras nuevas era casi irresistible. A veces, las noches que se pasaba hojeando los álbumes de su padre no le bastaban. Quería algo más, quería ser una de las personas que la miraban desde las fotografías de las descoloridas páginas.

– Tendríamos que hacer un viaje juntos cualquier día de éstos.

Las palabras le brotaron de la boca sin que pudiera evitarlo.

– ¿Un viaje? -preguntó el abuelo, mirándola asombrado-. ¿Adonde?

En agosto, pensaban ir al lago Tahoe. Tal como lo hacían siempre. Sin embargo, el anciano intuyó inmediatamente que ella se refería a otra cosa y su forma de hablar le recordó la de Roland.

– A Europa quizá, como hicimos en mil novecientos veinticinco…, o a las Hawai…

Y, desde allí, a Oriente, hubiera querido añadir, pero no se atrevió a hacerlo.

– Y eso, ¿por qué? -Edward Driscoll la miró hastiado, pero no era hastío lo que sentía, sino temor. No le importaba perder a Annabelle, pero no hubiera soportado quedarse sin Audrey. La vida hubiera sido distinta sin ella, sin sus aptitudes, sin su inteligencia, sin su manera de percibir las cosas y sin las maravillosas batallas en que se enzarzaban desde hacía casi dos décadas-. Soy demasiado viejo para irme a viajar por medio mundo.

– Pues, entonces, vayamos a Nueva York.

Los ojos de Audrey se iluminaron y, por un instante, su abuelo estuvo a punto de compadecerla. La pobre muchacha no podía hacer gran cosa por su cuenta y casi todas sus compañeras de estudios llevaban casadas mucho tiempo y tenían dos o tres hijos, y maridos que podían llevarlas adonde quisieran. Audrey aún no había encontrado al hombre que tal vez no apareciera jamás y, en cierto modo, Edward Driscoll se sentía culpable. Era extraño que no hubiera encontrado a nadie. Estaba demasiado ocupada llevando la casa y cuidando a su hermana. Pero ahora ésta se había ido y él no lo lamentaba. Contempló el agraciado rostro de Audrey y su melena cobriza derramándose sobre sus hombros, libre ya del sombrero de seda color melocotón. Era una muchacha encantadora, una mujer deliciosa, pensó para sus adentros.

– Bueno, ¿qué dices?

Audrey le miró expectante, pero él había olvidado la pregunta.

– ¿Qué digo de qué?

Se le veía molesto y confuso. Audrey comprendió que debía de estar un poco cansado después de la larga jornada. A lo mejor, había bebido más de la cuenta, aunque no estaba borracho en absoluto.

– ¿Por qué no vamos a Nueva York, abuelo? -preguntó esperanzada-. Podríamos ir en septiembre, a la vuelta del lago.

– Pero, ¿qué necesidad hay de que vayamos? -Sin embargo, el abuelo conocía muy bien aquella ansia. También había sido joven una vez y tenía una esposa, aunque nunca les tuvo demasiada afición a los viajes. Aquel gusanillo lo tenía Roland, su único hijo, y sólo Dios sabía de dónde lo habría sacado. Audrey lo debía llevar asimismo en la sangre, pensó Edward Driscoll con tristeza, pero él no le permitiría ceder a aquel capricho-. Nueva York es un lugar insalubre, hay demasiada gente y queda muy lejos. Te encontrarás mejor cuando vayamos al lago, Audrey. Ya lo verás. – Edward Driscoll consultó el reloj y se levantó tambaleándose ligeramente. Había sido un gran día para él, aunque no quisiera reconocerlo-. Me voy a la cama y será mejor que tú hagas lo mismo, cariño. La boda de esta niña te ha dado mucho que hacer.

Mientras subía la escalera con su nieta, le dio una palmada en un brazo, cosa insólita en él. Después, desde la ventana de su dormitorio, contempló la ventana iluminada del de Audrey y se preguntó qué estaría haciendo y en qué pensaría. Se hubiera asombrado de verla sentada ante la mesita de su tocador, con la mirada perdida en la lejanía y el collar de perlas en la mano, soñando en el viaje que hubiera querido realizar alrededor del mundo y en las fotografías que hubiera tomado por el camino. Su abuelo, aquella casa, su hermana, la boda, todo cayó en el olvido. Al final, Audrey sacudió la cabeza para volver al presente, se levantó, se desperezó y se desnudó. Minutos después, se deslizó entre las frías sábanas de su cama y cerró los ojos, procurando no pensar en todo lo que tenía que hacer al día siguiente. Había prometido encargarse de los asuntos de Annabelle durante su ausencia: de la nueva casa, de los pintores, del mobiliario que les iban a enviar, de los regalos de boda. Lo haría todo ella, como siempre. La fiel Audrey. Se quedó dormida, soñando con Annabelle y Harcourt… y con que tenía una casa en una isla tropical mientras el abuelo le gritaba desde lejos: «Vuelve…, vuelve». Pero ella no pensaba hacerlo.

CAPITULO III

A pesar de las tres semanas que pasó en la casa de verano que tenían los Driscoll en el lago Tahoe, Audrey consiguió tenerlo todo a punto para Annabelle y Harcourt cuando éstos regresaron a finales de septiembre. En la preciosa casa de piedra que Harcourt había comprado les aguardaba un reducido, pero eficiente equipo de sirvientes. Las habitaciones se habían pintado en los colores que quería Annabelle, los muebles estaban en su sitio, el automóvil ya había sido entregado y Audrey se había encargado incluso de que lo pusieran en marcha de vez en cuando para que la batería no se apagara.

– Desde luego, tu hermana sabe llevar una casa, ¿eh? -comentó Harcourt al día siguiente de su vuelta.

Annabelle le miró sonriendo. Se alegraba de que estuviera contento. Temía que se enojara con ella por dejarlo todo en manos de Audrey, pero, si ésta lo sabía hacer tan bien, ¿por qué no hacerlo? Harcourt estaba de acuerdo. Sin embargo, justo en aquel momento, en California Street, nadie alababa las cualidades domésticas de Audrey. El abuelo se quejaba de que los huevos estaban demasiado cocidos, de que el té era una porquería y de que hacía varias semanas que no desayunaba a su gusto. Tenían una nueva cocinera y Edward Driscoll despotricaba, diciendo que no era tan buena como la anterior.

– ¿Es que no puedes encontrar una cocinera como es debido para esta casa? ¿Tengo que comer así el resto de mi vida o acaso quieres matarme?

Audrey reprimió una sonrisa al oír esa parrafada. El abuelo le repetía cada día lo mismo y no habría más remedio que buscarle una sustituía a la cocinera que él tanto aborrecía. Aquella mañana, Audrey estaba mucho más preocupada por algo que acababa de leer en el periódico. El salario medio semanal había bajado a menos de diecisiete dólares de los veintiocho que era hacía apenas tres años, y en todas partes había cientos de parados que hacían cola en los puntos de distribución gratuita de alimentos. Cinco mil bancos habían quebrado, más de ochenta mil industrias habían cerrado y otras tantas personas se habían suicidado. La situación del país era cada vez más desastrosa. Y las estadísticas del periódico de la mañana eran aterradoras. El producto nacional bruto había bajado a la mitad de su nivel de hacía tres años. Audrey frunció el ceño y tomó un sorbo de café.

– Yo no sé cómo eres capaz de ignorar lo que está pasando, abuelo.

Estaba furiosa con él y con lo que le ocurría al país y con su constante defensa de Herbert Hoover.

– Si dedicaras más atención a lo que ocurre en esta casa y un poquito menos a los asuntos del mundo, tendríamos una cocinera más competente y yo podría desayunar como Dios manda.

– La mayoría de la gente ni siquiera desayuna. ¿Acaso no lo sabes? -Audrey tenía ganas de pelea, pero al abuelo no le importaba. Es más, en su fuero interno, se divertía-. El país va camino del desastre.

– Eso ya hace muchos años que ocurre, Audrey. No es una novedad; y ni siquiera es un problema exclusivo de este país. -Edward Driscoll señaló el periódico con un dedo-. Aquí dice que Alemania está llena de parados y lo mismo sucede en Inglaterra. Ocurre en todas partes. ¿Qué quieres que haga? ¿Que me quede sentado en casa llorando?

Ahí estaba lo malo, nadie podía hacer nada.

– Por lo menos, podrías votar con inteligencia.

– No me gusta eso que tú llamas inteligencia -contestó él, mirándola con rabia.

Cuando se conocieron los resultados de las elecciones y se supo que Roosevelt había derrotado a Hoover, llevándose un sesenta por ciento de los votos, Edward Driscoll se puso hecho una furia y tuvo una acalorada pelea con su nieta. Ambos seguían discutiendo todavía la noche en que Annabelle y Harcourt acudieron a cenar con ellos y se marcharon muy temprano. Annabelle dijo que las conversaciones sobre política le daban dolor de cabeza, pero, en un aparte, consiguió confiarle a Audrey su secreto. Esperaba un hijo para mayo. Audrey se alegró muchísimo al pensar que iba a ser tía. Era extraño, se dijo, mientras subía aquella noche con el abuelo al piso de arriba, oyéndole lamentarse en voz baja de la derrota de Hoover. Sin embargo, en aquellos instantes, no le escuchaba. Sólo pensaba en Annabelle y en su hijo. Annie tendría veintiún años cuando naciera el niño…, veintiún años y todo lo que siempre había querido. Ella, en cambio, a los veinticinco, no tenía nada en absoluto. Empezó a deprimirse cuando llegó la temporada de las lluvias. Incluso los libros que leía le parecían tristes. Sin embargo, el embarazo de Annabelle no le dejaba demasiado tiempo para la tristeza. Tenía un montón de cosas que hacer, comprar la canastilla del bebé, preparar su habitación, contratar a una niñera y encargarse de todo lo que Annie no podía hacer debido a su estado. El día en que el abuelo cumplía ochenta y un años, nació el niño, un saludable y rollizo bebé que no le causó demasiados problemas a su madre. Audrey fue la primera en verles, después de Harcourt, claro, y luego cuidó de que en la casa todo estuviera a punto cuando Annie y su hijo abandonaron el hospital, dos semanas más tarde.

Un día, Audrey se encontraba en el cuarto del niño, doblando un montón de mantitas azules y haciendo un pequeño inventario del nuevo mundo de Winston cuando Harcourt apareció en la puerta.

– Pensé que te encontraría aquí -le dijo, clavando los ojos en los de su cuñada, como si quisiera confesarle algo; Audrey apartó el rostro, confusa. En general, tenían muy pocas cosas que decirse el uno al otro. Audrey trataba, sobre todo, con su hermana-. ¿Nunca te cansas de hacerle las cosas? -preguntó, entrando en la habitación mientras ella dejaba el montón de mantas azules, sacudiendo la cabeza y sonriendo.

– Pues la verdad es que no. Llevo mucho tiempo cuidándome de todo.

– ¿Y piensas seguir haciéndolo siempre? La pregunta era tan extraña como su tono de voz. Al verle acercarse, Audrey se preguntó fugazmente si estaría bebido.

– Nunca lo he pensado. Me gusta cuidarme de las cosas de Annie.

– ¿Ah, sí?

Harcourt enarcó una ceja y se le acercó tanto que Audrey sintió su aliento en el rostro. De repente, él extendió la mano y le acarició una mejilla. Después, le rozó los labios con un dedo y trató de estrecharla en sus brazos. Por un instante, Audrey se desconcertó y no le rechazó; después, se apartó rápidamente para esquivar sus labios, pero éstos le rozaron el sedoso cabello. En el momento en que intentaba escapar, él la asió las muñecas con sus fuertes manos.

– ¡Ya basta, Harcourt!

– No seas mojigata. Tienes veintiséis años, ¿es que piensas interpretar toda la vida el papel de solterona?

Las palabras la ofendieron más que sus manos. Su cuñado le tomó la cabeza y la inclinó hacia un lado para poder besarla. De nada sirvieron las protestas de la joven. Al final, Audrey consiguió rechazarle.

– ¡Ya basta, Harcourt! -Se apartó de él casi sin resuello y se dirigió instintivamente al otro lado de la habitación; la cuna del niño se interponía entre ambos-. ¿Estás loco?

– ¿Acaso es una locura quererte? Hubiera podido casarme contigo, ¿sabes?

Pensó que ojalá lo hubiera hecho, a pesar de su difícil carácter, de sus malditas ideas políticas, de los libros que leía y de su refinada educación. Él le hubiera dado otras cosas en que pensar. Por lo menos, Audrey tenía más temple que su mujer. Ya estaba harto de Annabelle y de sus constantes gimoteos infantiles. Lo que Harcourt necesitaba era una mujer. De las de verdad. Como Audrey.

– Estás equivocado -dijo la joven, mirándole con dureza-. Te casaste con mi hermana y nunca hubieras podido casarte conmigo.

– ¿Por qué no? ¿Te consideras demasiado superior a mí, señorita Sabelotodo? ¿Demasiado inteligente quizá? -Harcourt se enfureció al pensarlo. Le constaba que su cuñada era mucho más inteligente que la mayoría de personas que él conocía, tanto hombres como mujeres, pero esa idea no le gustaba ni un pelo-. No eres más que una mujer que espera al hombre adecuado, cometiste un gran error al rechazarme, Audrey Driscoll.