– Puede que sí. -Audrey reprimió una sonrisa. Su cuñado era un hombre ridículo e indudablemente inofensivo. Lo lamentaba por Annie. De súbito se preguntó si Harcourt se habría dedicado a asediar a otras mujeres pertenecientes a su círculo de amistades. Esperaba que no porque, de lo contrario, en seguida correría la voz-. En cualquier caso, Harcourt, ahora estás casado con Annabelle y tienes un hijo precioso. Te aconsejo que te comportes como un padre de familia, no como un pobre insensato o un don Juan de vía estrecha.

Mirándola con rabia, Harcourt le asió por un brazo desde el otro lado de la cuna.

– Eres una estúpida… -dijo. Y, tras una pausa, habló con la frialdad del hielo-: ¿Sabes que estamos solos en la casa, Audrey? Todos los criados están fuera.

Audrey sintió que un estremecimiento le recorría la columna vertebral. Pero no quería tenerle miedo a Harcourt. Era un pobre idiota y un niño mimado que seguramente no querría hacerle daño ni cometer una tontería. La joven no iba a permitirlo y así se lo dijo en un arranque de ira que obligó a Harcourt a soltarle el brazo de golpe mientras Audrey se alisaba la chaqueta del traje azul oscuro y tomaba el bolso y los guantes de encima de la mesa donde los había dejado.

– No se te ocurra volver a hacerlo, Harcourt. A nadie. Y a mí, todavía menos. -Mirándole con los ojos entornados, Audrey añadió-: Porque, en tal caso, me llevaría a tu mujer y a tu hijo a casa con tanta rapidez que lo ibas a lamentar para toda la vida. No mereces tenerlos aquí, si te portas de este modo. Hazme caso, y medítalo.

De pie en la puerta, le miró muy seria, enojada todavía con él por la estupidez que había cometido.

Harcourt la miró con ojos vacíos y Audrey se percató de que estaba ligeramente bebido, aunque no lo bastante como para disculpar su conducta.

– No sabe amar -dijo Harcourt. Pensó que, a lo mejor, él tampoco, pero intuía que su cuñada sí sabía y que en ella se encerraban muchas cosas que todos ignoraban y que se desperdiciarían tal vez para siempre-. Annabelle es una niña mimada, egoísta e inútil, y tú lo sabes. La culpa la tienes tú por haberla tratado como una chiquilla durante toda la vida.

– Puede que madurara si tú fueras más amable con ella -dijo Audrey, sacudiendo la cabeza.

Harcourt se encogió de hombros y se apoyó en la cómoda, sin dejar de mirar a su cuñada. Se preguntó si le iba a contar a su mujer lo ocurrido, aunque, en realidad, le daba igual. Alguien se lo diría al fin porque había habido otras mujeres. Llevaba algún tiempo tonteando. Desde hacía muchos meses, estaba harto de Annie. No hablaba de otra cosa más que del niño. Incluso se había trasladado a otro dormitorio para estar más cerca de él. Quizás ahora las cosas cambiaran, pero él ya se había acostumbrado a la variedad. Sus pequeñas aventuras con las amigas de su mujer o las esposas de sus amigos daban un poco más de emoción a su vida. Miró a Audrey y decidió herirla en lo más vivo.

– ¿Sabes por qué Annie es tan infantil, Aud? Porque tú la criaste así. Siempre se lo diste todo hecho. Y lo sigues haciendo. Ni siquiera sabe sonarse la nariz sola. Siempre espera que alguien le haga las cosas. Quiere que la cuiden constantemente porque tú la mimaste durante toda la vida, y ahora espera que yo haga lo mismo y nadie puede estar a la altura de lo que tú hiciste. Ni siquiera eres humana. Eres una especie de máquina que gobierna casas, compra cortinajes y contrata sirvientes.

Eran unas palabras duras, pero, en cierto modo, verdaderas. Había mimado a Annabelle desde que sus padres murieron, y tal vez hizo demasiado por ella. Más de una vez había pensado en ello. Pero, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer? ¿Dejar que se abriera camino ella sola? No hubiera tenido valor para hacerlo, pobrecilla. A Audrey se le llenaron los ojos de lágrimas al recordar los sollozos de Annabelle cuando sus padres murieron. Fue espantoso para las dos.

– Era muy pequeña cuando nuestra madre murió.

Audrey enderezó los hombros y trató de reprimir las lágrimas como si tuviera obligación de justificarse ante su cuñado. Pero, ¿y si él tuviera razón? ¿Y si hubiera estropeado a Annie para toda la vida? Harcourt la había llamado máquina. Una máquina de comprar cortinajes y contratar sirvientes. ¿Sería cierto? ¿No había en ella el menor rasgo humano? ¿Era así como la veía la gente? En su angustia, olvidó de golpe que él la había visto de muy distinta manera hacía unos momentos. Humana y deseable. La palabra máquina la había herido en lo más profundo de su ser.

– Hace más de catorce años que vuestra madre murió y tú se lo sigues haciendo todo. Fíjate… -Harcourt abarcó con un gesto de la mano los montones de mantas, botitas y jerseys-, lo sigues haciendo, Aud. Ella no hace nada ni para mí ni para sí misma y ni siquiera para el niño. Lo haces todo tú. Es como si me hubiera casado contigo -volvió a mirarla con lascivia y Audrey echó a andar rápidamente por el pasillo para que no volviera a acercársele. No quería forcejear con él y no quiso escucharle mientras bajaba corriendo la escalera que conducía al recibidor. Harcourt la miró desde arriba mientras ella abría la puerta-. Algún día te arrepentirás, Audrey. Algún día te cansarás de mimarla y de cuidar al abuelo y de llevar las casas de todo el mundo menos la tuya propia. Cuando ocurra, avísame. Te estaré esperando.

Audrey le contestó dando un portazo y corrió sin resuello hasta el automóvil; un sollozo estalló de golpe en su garganta cuando puso el vehículo en marcha para dirigirse al Camino Real.

¿Y si Harcourt tuviera razón? ¿Y si toda su vida se redujera sólo a eso? Cuidar al abuelo y a Annabelle. Tenía veintiséis años, y carecía de vida propia, aunque la verdad es que esto no le importaba. ¡Se hallaba siempre tan ocupada! Volvió a experimentar una punzada de angustia al recordar las palabras de su cuñado. Siempre estaba ocupada, comprando cortinajes y contratando sirvientes… y doblando las mantitas infantiles de los demás. Carecía de vida propia. Y, últimamente, ni siquiera disponía de tiempo de cultivar su afición a la fotografía. Llevaba meses sin tocar la cámara, y sus sueños de aventuras y viajes seguían esperando. ¿Por qué? ¿A qué esperaba? ¿A que muriera el abuelo? ¿Y si viviera quince o veinte años más? Podía vivir hasta los cien años. Su tatarabuelo vivió hasta los ciento dos y sus bisabuelos hasta los noventa y tantos. Enton-ees, ¿qué? ¿Cuántos años tendría ella? Habría desperdiciado media vida y el pequeño Winston ya sería mayor. Por primera vez en toda su existencia, le pareció que la vida había pasado de largo y se sintió atenazada por un terror que estuvo a punto de estallar cuando, al llegar a casa, se encontró al abuelo, agitando el bastón mientras reprendía a dos criados y al mayordomo. Aquella tarde, el chófer había destrozado el automóvil al chocar con un tranvía que doblaba la esquina y el abuelo le despidió en el acto, ordenándole que bajara y poniéndose él mismo al volante. Lo había dejado aparcado fuera de cualquier manera y ahora miró a Audrey con el rostro arrebolado, agitando el bastón en su dirección.

– ¿Ya ti qué te pasa? ¡Ni siquiera me sabes contratar a un chófer como es debido!

Lo tenía a su servicio desde hacía siete años y siempre se había mostrado satisfecho de él hasta aquella tarde. Audrey los miró a todos con los ojos inundados de lágrimas y luego subió los peldaños de la escalera de dos en dos, recordando las palabras de Harcourt. Sólo servía para eso, sólo la querían para contratar y despedir criados y para llevar la casa. Sus sueños no eran más que una vaga quimera. Se tendió en la cama sollozando y se quedó asombrada cuando el abuelo llamó con los nudillos a la puerta al cabo de un rato. Jamás había visto a Audrey en aquel estado y tenía miedo. Algo debía de haberle ocurrido a su nieta, pero ésta no se lo podía contar. No tenía la menor intención de traicionar a Harcourt. Y, por otra parte, lo que más la preocupaba en aquel instante eran las cosas que acababa de aprender. Sabía que tenía que hacer algo. Y antes de que fuera demasiado tarde.

– ¿Audrey? Audrey, mi niña querida… -El abuelo entró cautelosamente en la estancia y ella se incorporó en la cama con los ojos llorosos y enrojecidos y el vestido azul marino torcido. Llevaba puestos todavía los bonitos zapatos azul marino y blanco-. ¿Qué te ocurre, cariño?

Audrey sacudió la cabeza en silencio sin dejar de llorar. ¿Cómo se lo iba a decir? ¿Cómo se iba a marchar? Sin embargo, sabía que tenía que hacerlo en seguida. Ya no podía esperar más. Ya era hora de que se alejara de las criadas y del mayordomo y de los huevos pasados por agua y de los rituales del desayuno y de Annabelle e incluso de su encantador sobrino. Tenía que alejarse de todos ellos, antes de que fuera demasiado tarde.

– Abuelo… -le miró a los ojos y trató de sacar fuerzas de flaqueza.

El anciano se sentó cuidadosamente en el borde de la cama, intuyendo que le iban a confiar alguna noticia inesperada. A lo mejor, Audrey se iba a casar, pensó, aunque no acertaba a imaginar con quién. Siempre estaba en casa con él, excepto en las contadas ocasiones en que salía a cenar con alguna de sus amigas de la escuela de la señorita Hamlin o se iba a cenar a casa de Harcourt y Annabelle, en Burlingame.

– Abuelo… -repitió Audrey, casi atragantándose. Se lanzó sin más, sabiendo que le iba a causar un profundo dolor. Pero el abuelo había sobrevivido a otras cosas; a la muerte de su hijo y, antes, a la de su mujer-. Me marcho, abuelo.

Al principio, el anciano no pareció entenderla. Después, la comprendió y habló con el mismo tono mesurado que utilizó con Roland hacía mucho tiempo y en aquella misma habitación.

– ¿Adonde?

– No lo sé todavía… Tengo que pensarlo. Pero sé que tengo que irme… A Europa… Sólo por unos meses…

Lo dijo en un susurro y, por un instante, el anciano cerró los ojos y pensó que las palabras de la muchacha lo iban a matar. No podía permitirlo, no podía. Había vivido demasiado y, al fin, todos hacían lo mismo. Le destrozaban a uno hasta que no podía resistirlo más. No era rentable querer a la gente tanto como él quería a su nieta, pero no podía evitar hacerlo. Emitiendo un gemido de dolor, extendió una mano y, cuando Audrey se arrojó en sus brazos, la estrechó con fuerza, pensando que ojalá pudiera retenerla a su lado para siempre. Sin embargo, Audrey deseaba con toda el alma alejarse de él.

– Perdóname, abuelo, sé lo que debes sentir. Pero te prometo que volveré… Te lo juro. No ocurrirá como con mi padre.

Sabía lo que pensaba el anciano. Éste se limitó a asentir con la cabeza, en silencio, mientras dos solitarias lágrimas le resbalaban lentamente por las mejillas.

CAPITULO IV

El tren de Chicago salía de la estación de Oakland, y Anna-belle, Harcourt y el abuelo se empeñaron en ir a despedirla. Audrey decidió no tomar el avión para poder saborear mejor cada momento de su viaje hacia el este. Annabelle se pasó el rato charlando mientras el transbordador cruzaba la bahía de San Francisco; por su parte, Harcourt la miró varias veces con intención, como si estuviera a punto de atraerla a sus brazos y darle un largo y apasionado beso de despedida delante mismo de su mujer. Audrey se hubiera reído de la expresión de su cara de no haber sido por la inquietud que le inspiraba el abuelo, el cual llevaba varios días insólitamente apagado y aún no había abierto la boca aquella mañana. No dijo nada mientras tomaba el té, no se comió el huevo, a pesar de la excelente cocinera que Audrey acababa de contratarle, y ni siquiera había abierto el periódico. Estaba muy triste y Audrey se preocupó por él mientras cerraba la última maleta y contemplaba por última vez su habitación. Temía que su partida le provocara al abuelo un ataque al corazón o que incluso decidiera morirse. Pero, por una vez en sus vidas, se las tendrían que arreglar solos sin ella. Sencillamente durante un par de meses, el tiempo suficiente para que viera un poco de mundo y satisficiera sus ansias de viajar. Le prometió mil veces a su abuelo que volvería en seguida, pero él no la creyó.

– Regresaré a casa en septiembre o, todo lo más, en octubre, abuelo… Te lo juro.

El anciano la miró y sacudió la cabeza, diciendo que había oído aquellas mismas palabras hacía mucho tiempo y que Roland nunca regresó a casa de sus vagabundeos por el mundo. Jamás.

– Eso es distinto, abuelo.

– ¿De veras? ¿Y por qué? ¿Qué te inducirá a volver, Audrey? ¿El sentido de la obligación para conmigo? ¿El sentido del deber? ¿Es eso lo que te inducirá a regresar?

Habló casi con amargura y, sin embargo, cuando Audrey se ofreció para quedarse, no quiso que anulara el viaje. Sabía lo mucho que significaba para su nieta y sabía asimismo que, por el bien de su Audrey, tenía que permitírselo, por mucho que a él le doliera. De repente, se sintió muy viejo, como si algo que hubiera mantenido a raya durante muchos años le hubiera vencido súbitamente. Siempre había temido que, algún día, ella le dejara. Aquel día, la muchacha seguiría las huellas de su padre. Se le parecía enormemente y siempre estuvo muy encariñada con aquellos malditos álbumes. Ahora los había dejado en su habitación para irse a vivir las aventuras de su padre con su cámara Leica al hombro.

Audrey abrazó al abuelo en la estación, percatándose de lo frágil que era, y se arrepintió de su fuga, pensando que ojalá Harcourt no la hubiera empujado a hacer balance de su vida. ¿Con qué derecho lo hizo? Sin embargo, en cierto modo se lo agradecía. Tenía que hacerlo, era absolutamente imprescindible… para su propio bien. Necesitaba hacer algo para su propio bien, no por el del abuelo o el de Annie. Lo recordó apretando con fuerza las manos del abuelo y no pudo contener las lágrimas cuando éste la abrazó. Le miró muy emocionada mientras los demás permanecían a cierta distancia. Se sentía como una chiquilla que se dispone a abandonar el hogar por primera vez. Recordó de repente el dolor de su partida de Hawai, a la muerte de sus padres.

– Te quiero, abuelo… Volveré a casa muy pronto, te lo prometo.

El anciano tomó suavemente el rostro de su nieta entre las manos y besó en silencio las mejillas surcadas por las lágrimas. Había perdido todo rastro de dureza y la angustia que sentía había dejado al descubierto todo su amor.

– Cuídate mucho, nenita. Vuelve cuando estés preparada para hacerlo. Te estaremos esperando.

Habló en voz baja y fue su manera de decirle que ya se las arreglaría sin ella. No estaba muy convencido de ello, pero comprendía que la muchacha tenía derecho a la libertad. Se había dedicado por entero a él en el transcurso de los últimos quince años y ahora le correspondía disfrutar un poco de la vida. Aunque a él no le hacía gracia que viajara sola, Audrey insistía en que estaban en 1933 y en la era moderna no había razón para que no pudiera ir sola por el mundo. Además, sólo viajaría por Europa. Quería ponerse en contacto con amigos de su padre que vivían en París y en Londres, en Milán y en Ginebra. En todas partes había personas a las que podría recurrir, pero, en aquellos instantes, sólo tenía ojos para el abuelo. Le vio bajar lentamente del tren con el bastón en la mano y el sombrero en la cabeza y permanecer orgullosamente de pie en el andén, con los ojos clavados en los de ella. Cuando, por fin, el tren se puso en marcha, la miró sonriendo. Era su regalo de despedida, una forma de bendecir su aventura. Harcourt no la abrazó con demasiada fuerza cuando le dio el beso de despedida, y Annabelle no paró de hablar, comentando que no sabría qué hacer si la niñera de Winston se fuera o la doncella del piso de arriba la dejara plantada. Harcourt tenía tazón. Había hecho demasiado por todos ellos. Y ahora le tocaba la vez a ella. Agitó una mano todo el rato que pudo. Después, el tren tomó una curva y todos desaparecieron de su vista como un espejismo.