Tardó dos días y dos noches en llegar a Chicago, y se pasó todo el rato leyendo las novelas que llevaba consigo. Tenía un compartimiento privado con salón y sofá-litera. El primer día terminó Muerte en la tarde de Ernest Hemingway y se llenó de emoción leyendo las descripciones de las corridas de toros que tanto la intrigaban. A continuación, leyó Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Ambos le parecieron muy adecuados para su aventurero estado de ánimo. Apenas habló con nadie mientras atravesaba el país. Sólo bajaba de vez en cuando del tren para estirar las piernas, comer cosas indigeribles en los restaurantes de las estaciones y chupar después los caramelos que se compraba; leía hasta muy entrada la noche en su compartimiento del tren. Se lo pasaba muy bien y, por primera vez en su vida, no tenía que pensar más que en sí misma. No se veía obligada a organizar comidas ni aprobar menús, regañar a las sirvientas o vestirse para la cena. En el transcurso del viaje, llevó una falda gris de franela, combinada con las distintas blusas que se compró. Empezó con una blusa de crespón de seda color de rosa y un collar de perlas que el abuelo le regaló al cumplir los veintiún años. El tercer día se puso una blusa de seda gris y la última noche otra de seda blanca. La noche en que se detuvieron en Denver se puso un chaquetón de zorro, pero la temperatura fue aumentando conforme el tren avanzaba. Estaban a mediados de junio y, al llegar a Chicago, Audrey se puso un vestido de hilo blanco y unos zapatos blancos comprados especialmente para el viaje con una tira azul marino cruzando el empeine. Eran la última moda y se sintió muy elegante al descender del tren con un gran sombrero inclinado hacia un lado y el cabello cobrizo enmarcándole el rostro. Se llevó todo el equipaje al La Salle Hotel donde pasó la noche antes de volver a tomar el tren a la mañana siguiente para recorrer el corto trayecto hasta Nueva York. Al llegar, se emocionó muchísimo. Hubiera deseado echarse a reír en plena calle. Incluso el dolor de dejar a los suyos se había amortiguado.

Volvió a angustiarse cuando habló con el abuelo, pero sólo un poco. Éste contestó al teléfono con aspereza para disimular su soledad.

– ¿Con quién hablo? -ladró el abuelo.

Audrey esbozó una sonrisa, con la mirada fija en la ventana de la habitación del hotel.

– Soy yo, abuelo -repitió Audrey-. No es posible que me hayas olvidado tan pronto.

– Estaba escuchando a Walter Winchell en la radio. -Audrey calculó rápidamente la diferencia de horario y comprendió que le mentía. No quería que ella supiera que estaba sentado al lado del teléfono, rezando para que ella le llamara-. ¿Dónde demonios estás?

– En Chicago. En el La Salle Hotel.

Antes de irse, le dejó el itinerario aproximado en el que figuraba el La Salle.

– ¿Qué es eso? ¿Una pensión de mala muerte?

– ¡No, por Dios! -Audrey se echó a reír. Se sentía muy lejos de casa y sufría por la soledad del abuelo-. Está cerca de una calle que llaman el Loop. Tú te alojaste aquí una vez. Me lo dijiste tú mismo.

– No lo recuerdo -pero la joven sabía que sí. Se mostraba áspero para desahogarse de la soledad que sentía sin ella-. ¿Cuándo te vas a Nueva York?

– Mañana por la mañana, abuelo.

– Bueno, pues, no salgas del compartimiento. No te imaginas la basura que habrá en ese tren. Tienes reservado compartimiento, ¿verdad?

– Pues, claro, abuelo -contestó Audrey, conmovida por su solicitud.

– Muy bien. No salgas de él. -De repente, el anciano asumió un tono de voz humilde y casi suplicante-. ¿Me llamarás desde Nueva York?

– En cuanto llegue.

El abuelo asintió en silencio. Hubiera querido darle las gracias, pero no sabía cómo hacerlo. Incluso le agradecía que le hubiera llamado desde Chicago.

– ¿Dónde te alojarás en Nueva York?

– En el Plaza, abuelo.

– Me parece bien. -Silencio-. Cuídate mucho, Audrey.

– Lo haré, abuelo. Te lo prometo. Y tú también. No te acuestes muy tarde.

– ¡Ten mucho cuidado en ese tren! -le repitió el abuelo-. ¡No salgas del compartimiento!

Pero, como es lógico, ella no siguió sus consejos cuando al día siguiente, tomó el Broadway Limited. La intrigaba demasiado el vagón-salón con su barra llena de alegres y parlanchines viajeros. El vagón-restaurante era asimismo muy lujoso y la comida servida por un camarero de frac, fue deliciosa. Audrey compartió la mesa con una pareja en viaje de luna de miel y con un respetable abogado de Cleveland, que había dejado mujer y cuatro hijos en casa. Pese a ello, le preguntó a Audrey si podría verla en Nueva York e incluso le ofreció su taxi para trasladarse de la Penn Station al hotel, pero Audrey declinó el ofrecimiento, tomó un taxi y empezó a fotografiar todo cuanto veía. Inclinada hacia adelante en el enorme asiento del vehículo, fotografió los rascacielos y a los viandantes, captando ángulos curiosos, extraños sombreros y expresivos rostros. Su habilidad con la cámara era extraordinaria, y estaba completamente enfrascada en su tarea cuando el taxi se detuvo frente a la entrada del hotel. Había varios cabriolés detenidos junto al bordillo. Mientras pagaba la carrera, el taxista la miró con curiosidad.

– ¿Es una turista o una profesional? -le preguntó.

Estaba desconcertado. La chica era atractiva y vestía con mucha elegancia, pero, por otra parte, se la veía muy experta en el manejo de la cámara.

– Un poco de las dos cosas -contestó Audrey sonriendo mientras el conserje tomaba el equipaje.

– ¿Quiere dar una vuelta por Nueva York? -preguntó el hombre, esperanzado.

– Pues, sí. -Audrey consultó el reloj-. Páseme a buscar dentro de una hora.

Era una preciosa tarde soleada y disponía de mucho tiempo para conocer la ciudad.

El taxista prometió volver y cumplió su palabra. Una hora más tarde, Audrey, volvió a subir al vehículo y descubrió cosas que jamás había visto en ninguno de sus anteriores viajes a Nueva York, entre ellas, el Empire State Building y St. John the Divine. Consiguió incluso que el taxista la llevara a Har-lem donde se entusiasmó haciendo fotos y les compró unos helados a dos chiquillas que habían posado para ella.

Fue un día precioso de un viaje extraordinario. Cuando volvió al hotel, le pareció que lo había visto todo. Gastó seis carretes y fotografió edificios y personas, el barrio de Harlem, el Central Park, el East River, el Hudson, el puente de Jorge Washington, Wall Street y la catedral de San Patricio. Estaba eufórica cuando llamó a su abuelo aquella noche; más tarde, fue a cenar al zi. Era uno de los más célebres locales de Nueva York y uno de los pocos en los que se permitía la entrada a mujeres solas. Audrey se puso un precioso vestido negro y, en cuanto se sentó, se le acercaron dos hombres, pero el camarero les rogó rápidamente que se fueran por donde habían venido. Audrey regresó al Plaza sin acompañante, tal como había salido.

Tenía tres días libres en Nueva York antes de embarcar, y los aprovechó muy bien. Visitó todos los lugares de interés e incluso fue a ver dos películas, ambas protagonizadas por Joan Crawford, una de sus actrices preferidas. Una se titulaba Gran Hotel, y en ella intervenía también Greta Garbo, y otra se titulaba Lluvia, con Joan Crawford y Walter Huston. Se habían estrenado el año anterior, pero ella no había tenido ocasión de verlas. Salió tan entusiasmada de los cines que, al día siguiente, fue a una sesión matinal de Ley de divorcio, protagonizada por Katherine Hepburn.

Callejeó sin cesar y admiró los escaparates de las tiendas. Lo que más lamentó fue no poder entrar en El Morocco, inaugurado hacía un año y medio, y sobre el que Annie le había contado cosas muy divertidas. Su hermana visitó el local durante el viaje de luna de miel y, al parecer, todo el decorado era a base de rayas de cebra y los representantes de la alta sociedad lo frecuentaban a diario, bebiendo y bailando hasta altas horas de la madrugada. Había mujeres bellísimas vestidas con fabulosos trajes de noche, y hombres apuestos y románticos. A Audrey le hubiera gustado ver el ambiente, pero no hubo manera. No conocía a nadie en Nueva York y no le hubiera pasado por la cabeza ir sola aunque le hubieran permitido entrar.

Paseó por las calles, sorprendiéndose de la elegancia de las mujeres y del estilo que tenían los hombres. San Francisco se le antojaba muy provinciano en comparación y así se lo dijo a Annabelle cuando la llamó.

– Qué suerte tienes, Aud. Daría cualquier cosa por estar contigo.

– Aquí llevan unos sombreritos deliciosos y unos vestidos elegantísimos.

Ambas sabían que los «sombreritos divertidos» eran el último grito de la moda aquel año, pero el hecho de verlos por docenas en las cabezas de todas las mujeres constituía un espectáculo incomparable. Todo era mucho más vivo y emocionante que en California. Audrey se alegró de haberse escapado del aburrimiento de San Francisco, aunque fuera por poco tiempo. -¿Fuiste a El Morocco?

– Pues claro que no -contestó Audrey, soltando una carcajada-. Es imposible. Aquí no conozco a nadie que pueda llevarme.

– A mí me han dicho que a las mujeres guapas y bien vestidas las dejan entrar.

Audrey también lo había oído decir. Era la única manera de mantener el local lleno durante la Depresión. Dejaban entrar a la gente bien vestida para que en el local hubiera ambiente y los habituales lo siguieran frecuentando.

– No creo que pudiera llegar muy lejos sin acompañante.

Lo dijo sin ningún pesar y Annabelle se encogió de hombros desde el otro extremo de la línea. Era una estupidez que Audrey viajara sola como una anciana.

– Puede que sea mejor, Aud -dijo Annabelle al fin, exhalando un profundo suspiro.

No dijo más, pero, por el tono de su voz, Audrey creyó adivinar que Harcourt le habría hecho alguna de las suyas.

– ¿Todo bien por allí? -preguntó Audrey, recordando con afecto a su hermanita. Para ella, Annabelle todavía era una niña-. ¿Ocurre algo?

Parecía una tigresa dispuesta a defender a su cría, pero Annabelle negó que pasara nada y Audrey quiso creerla.

– Estamos bien. Lo que ocurre es que todo es tan difícil sin ti. Yo no sé hacer bien las cosas y…

Había lágrimas en los ojos de Annabelle, pero, afortunadamente, Audrey no podía verlas.

– Lo haces todo muy bien. Ten un poco de paciencia. No se pueden aprender las cosas de la noche a la mañana.

– Harcourt cree que sí – dijo Annabelle con tristeza.

– Los hombres no entienden nada -Audrey sonrió-. Fíjate en el abuelo. Lo estás haciendo muy bien. Te las arreglas estupendamente con el pequeño Winston.

Así era, en efecto. Annabelle parecía una niña que jugara con un muñeco.

– Tengo tanto miedo de fallar en algo…

– Eso no ocurrirá -dijo Audrey, interrumpiéndola-. Tú eres su madre y sabes lo que le conviene -pensó en lo cara que le iba a salir la llamada. Llevaba tan sólo los cinco mil dólares del dinero que sus padres le dejaron al morir y le tenían que durar para todo el viaje-. Será mejor que te deje ahora, cariño. Te llamaré antes de zarpar.

– ¿Cuándo sales?

– Dentro de dos días.

Audrey sabía que su hermana no la envidiaba. Se mareaba mucho en las travesías de ida y vuelta a Hawai, y ahora le seguía ocurriendo lo mismo. Harcourt dijo que, durante el viaje de luna de miel, no salió para nada de su camarote del lie de Trance. Sin embargo, se recuperó inmediatamente una vez en París. Chanel, Patou, Vionnet: lo recorrió todo y se gastó una fortuna.

– Cuídate mucho y dale recuerdos al abuelo.

– Nunca me llama -gimoteó Annabelle.

– ¡Pues llámale tú, mujer! -dijo Audrey, hastiada. A Annie jamás se le ocurría ir hacia los demás. Siempre esperaba que todo el mundo fuera hacia ella-. Ahora te necesita.

– De acuerdo, le llamaré. ¡Y llámame si te decides a ir a El Morocco!

Audrey se rió para sus adentros mientras colgaba el teléfono. Cuan distintas eran la una de la otra. A Annie no le hubiera gustado lo más mínimo el viaje que ella pensaba efectuar por Europa. Chanel y Patou no figuraban en su itinerario. Tenía otras cosas más importantes que hacer. En cuanto subió a bordo del trasatlántico, sintió que el corazón se le desbocaba. Contempló las cuatro chimeneas del Mauretania y comprendió que sus sueños se estaban haciendo realidad. Olvidó incluso los álbumes de su padre. Cuando se instaló en su camarote de la cubierta A, sólo pudo pensar en sus viajes, en sus aventuras, en sus planes. Nadie acudió a despedirla, claro, pero ella subió arriba cuando zarparon y contempló cómo el buque se iba alejando lentamente del muelle mientras los pasajeros arrojaban serpentinas y confetis y llamaban a los amigos que se encontraban en tierra. La sirena del barco ahogó todos los restantes sonidos. A su lado, Audrey vio a una joven pareja tomada del brazo; ella, llevaba un precioso vestido de seda rosa y uno de aquellos sombreritos tan graciosos. Tenía el cabello tan negro como el ala de un cuervo, unos grandes ojos azules y una tez marfileña. Calzaba unos zapatos de lino con tiras cruzadas ribeteadas de oro y, cuando saludó a alguien del muelle, Audrey pudo ver una pulsera de brillantes. Cuando la sirena del barco cesó de sonar, oyó su risa y después la vio besar al hombre que la acompañaba. Éste vestía pantalones blancos de hilo, una chaqueta azul marino y un sombrero ladeado sobre un ojo. Paseaban tomados del brazo, riéndose y deteniéndose de vez en cuando para darse un beso. Audrey se preguntó si estarían en viaje de luna de miel y no le cupo duda de que sí cuando los vio, más tarde, bebiendo champán en el bar antes de la cena. Vio que la miraban"y aquella noche ella los miró a su vez desde el otro extremo del comedor. La mujer lucía un espectacular traje de noche muy escotado y el marido iba de esmoquin. Audrey vestía un traje de raso gris que súbitamente le pareció mucho menos sofisticado que cuando se lo compró en San Francisco, hacía unos meses. Pero le daba igual porque lo que más la divertía era mirar a la gente. Al terminar la cena, se echó sobre los hombros la chaqueta de zorro plateado y salió a cubierta. Allí les volvió a ver, besándose a la luz de la luna tomados de la mano. Se sentó en una silla de cubierta y contempló la luna. Sonrió al verlos pasar otra vez y se sorprendió cuando ellos se detuvieron y la mujer le dirigió una sonrisa.

– ¿Viaja sola? -le preguntó sin ningún preámbulo. Sus ojos eran bellísimos y más parecían brillantes azules que zafiros.

– Sí -contestó Audrey, sintiéndose súbitamente muy tímida.

Una cosa era soñar con las aventuras y otra muy distinta emprender sola un viaje, conocer nuevas gentes y tenerles que dar explicaciones. Se sintió muy torpe cuando aquella joven tan exquisitamente vestida se acercó a ella.

– Me llamo Violet Hawthorne y éste es mi marido, James.