Bob Shaw
El palacio de la eternidad

Alguien habrá todavía
Que aspire con debidos pasos
A poner sus manos en la dorada llave
Que abre el Palacio de la Eternidad…
MILTON

Primera Parte — Los humanos

1

A despecho de todos sus esfuerzos, Tavernor era incapaz de permanecer en el interior de su vivienda cuando el cielo se encolerizaba.

La tensión nerviosa le había estado haciendo un nudo en el estómago durante toda la tarde y el trabajo de reparación en la turbina de la embarcación había ido creciendo en dificultades progresivamente, aunque el bien sabía que se debía simplemente a que su concentración estaba fallando. Finalmente, dejó de lado su soldador de pistola y apagó las luces sobre el banco de trabajo.

Inmediatamente se produjo un alboroto nervioso entre los enjaulados seres de alas de cuero, en el lado opuesto de la larga habitación. Aquellas macizas criaturas parecidas a murciélagos se afectaban mucho y les disgustaba cualquier súbito cambio en la intensidad de la luz. Tavernor se aproximó a la jaula, acariciándola con las manos, sintiendo los alambres vibrar como cuerdas de arpa bajo sus dedos. Aproximó el rostro a la jaula, aspirando el aire fresco que producía el batir de las alas de aquellas criaturas, proyectando sus pensamientos hacia aquellos mamíferos chirriantes, de ojos plateados.

«Tened calma, amiguitos. Todo va bien… Todo va bien…»

El clamor existente en el interior de la jaula cesó al instante y las criaturas de alas de cuero volvieron a sus perchas, con las gotitas de mercurio de sus brillantes ojos mirándole con atisbos casi de inteligencia.

«Eso está mejor», murmuró Tavernor, convencido de que las facultades telepáticas de aquellas criaturas habrían captado el sentimiento de su amistoso mensaje.

Cerró la puerta del taller tras él, cruzó el cuarto de estar y salió del edificio de un solo piso en que vivía en aquella cálida noche de octubre. El año en Mnemosyne tenía casi quinientos días, no existiendo virtualmente estaciones; pero los hombres habían llevado su propio calendario al espacio. Allá en la Tierra, en el hemisferio norte, los árboles estarían cambiando sus hojas a un color de cobre y oro, y así ocurría en octubre en Mnemosyne y en otros cien mundos colonizados.

Tavernor comprobó el tiempo en su reloj de pulsera. Menos de cinco minutos para irse.

Sacó la pipa del bolsillo, la cargó con unas húmedas y olorosas hebras de tabaco y la encendió. Las puntas de las hebras surgieron encendidas hacia arriba y Tavernor las presionó con la yema del dedo endurecida por el trabajo, calmándose a sí mismo con los ritos de la paciencia. Se apoyó contra la pared de la casa a oscuras mientras que el humo se esparcía por el aire de la noche. Tavernor se imaginó la fragancia del tabaco llegando hasta los nidos y escondites de aves y animales en los bosques circundantes, tratando de pensar qué idea tendrían de ello sus habitantes. Apenas si habían tenido un centenar de años para acostumbrarse a la presencia humana en su mundo y con la excepción de los de alas de cuero habían mantenido una reserva sombría y expectante.

A los dos minutos antes de 0 horas, Tavernor dedicó su atención al cielo. Los cielos del planeta Mnemosyne eran muy diferentes a los de cualquier planeta que hubiera jamás visitado. Muchas edades geológicas antes, dos grandes lunas habían orbitado por ellos acercándose una a la otra más y más hasta llegar a una colisión. Las trazas de aquel cósmico impacto podían ser halladas por todos los cráteres; sin embargo, la mayor evidencia residía en el propio cielo. Todo un caparazón de fragmentos lunares — muchos de ellos todavía lo bastante grandes para que, con la irregularidad de su conformación, fuesen visibles a simple vista en constante deriva sobre la suave luz de las estrellas como fondo, formaban una cortina que alcanzaba de un polo a otro. La pauta de sus brillantes formaciones nunca se repetía a sí misma y como añadidura al espectáculo, se hallaba el hecho de que aquella pantalla era lo bastante densa para que se sucediera una constante serie de eclipses. Conforme la sombra del planeta Mnemosyne se desplazaba en el espacio, grupos de pequeñas lunas pasaban desde el blanco a los demás colores del espectro hasta desvanecerse en la negrura, para reaparecer después y para repetir la misma gama de colores a la inversa. El total de la luz dispensa da equivalía, a una luna normal; pero como se hallaba en forma difusa, procediendo de todos los lugares del cielo, no existían sombras, sino un ambiente suavemente plateado.

En un cielo semejante, incluso una estrella de primera magnitud resultaba difícil de apreciar; pero Tavernor sabía exactamente dónde mirar. Sus ojos se dirigieron rápidamente a la bella y esplendorosa lucecita vacilante de la estrella Neilson. Casi a siete años luz de distancia, parecía perdida en el calidoscopio del cielo nocturno de Mnemosyne; pero su insignificancia iba a ser pronto una cosa del pasado.

Conforme los segundos finales iban pasando, crecía la tensión nerviosa interna de Tavernor hasta hacérsele insoportable. Después de todo, lo sucedido había tenido lugar siete años atrás. «Estoy prestando demasiada atención a esto», se dijo a sí mismo. Aquello había sucedido cuando el Cuerpo de Ingeniería Estelar de la Tierra (la enorme egolatría del título nunca dejaba de desalentar a Tavernor)

había seleccionado la estrella Neilson, notando con aprobación que era del tipo clásico para su propósito. Una binaria próxima, habían difundido los informes popularizados al respecto. La componente principal, gigante en la secuencia del diagrama de Hertzsprung-Russell, y la secundaria, pequeña y densa; planetas, ninguno. Pronóstico para modificación: excelente.

Aquello sucedió cuando las naves enormes en forma de mariposa del Cuerpo llegaron como un enjambre sobre sus alas magnéticas, rodeando aquel gigantesco cuerpo celeste condenado a ser destruido, lanzando sobre él el terrorífico poder de los rayos láser, disparando torrentes de energía en la frecuencia de los rayos gamma, hasta que el influjo alcanzó intensidades insoportables, y hasta…

Los dientes de Tavernor apretaron la pipa conforme la casa, con el mismo efecto instantáneo de una habitación a oscuras en la que se enciende una lámpara, los bosques circundantes, las cadenas montañosas de la lejanía y todo el cielo, en fin, aparecieron bañados de una terrible luz blanca. Procedía de la estrella Neilson; que entonces era un punto de luz tan cegador que obligaba a los ojos a apartarlos de ella. Incluso a la distancia de siete años luz, la furia inicial de la nova podía achicharrar la retina de un ser humano. «Perdónanos», pensó Tavernor, «por favor, perdónanos».

El bosque permaneció en calma durante unos instantes, como inmovilizado por aquel espantoso impacto intangible de la nova, para inmediatamente conmoverse hasta sus cimientos en protesta contra aquel suceso innatural. Millones de alas batieron el aire en una especie de explosión difusa. El torrente de luz que caía de arriba desde el cielo transformado, parecía oscurecido momentáneamente conforme cada criatura capaz de volar se proyectaba en el aire, en busca de una desesperada seguridad o refugio. Su desafío a la gravedad dio a Tavernor la sensación de que era él quien se estaba hundiendo, y entonces el sonido le alcanzó. Gritos, chillidos, silbidos, rugidos, todo ello combinado con el batir de millones de alas, el de las hojas de los árboles, el de las patas de los animales que huían por todas partes, seguidos por…

Un total silencio.

El bosque observaba y esperaba.

El propio Tavernor se encontró aprisionado por aquella quietud fantasmal, reducido al nivel de una de aquellas criaturas del bosque de Mnemosyne, virtualmente sin mente, aunque teniendo, así y todo, en aquel momento el sentido de comprender la relación de la Vida con el continuo espacio-tiempo en una forma que los hombres no habían comprendido. Los vastos y transparentes parámetros del eterno problema parecían desfilar sobre la superficie de la mente universal de la cual a él le pareció formar parte repentinamente. La Vida. La Muerte. La Eternidad. ; El numen de las cosas. La panspermia. Tavernor sintió un intenso júbilo interior. La panspermia, el concepto de que la vida está diseminada por todos los rincones y componentes del Universo. La justificación para la creencia de que toda mente existente está ligada a cualquier otra mente que jamás haya existido. De ser así, entonces las novas y las supernovas eran solo bien comprendidas por los temblorosos habitantes de los oscuros escondites y refugios que le rodeaban. ¿Cuántas veces en nuestra propia Galaxia había estallado una estrella para convertirse en nova? ¿Un mil ón de veces? ¿Y en la eternidad de las galaxias? ¿Cuántas civilizaciones, cuántos incomputables miles de millones de vidas habían dejado de existir por el inconcebible estallido y muerte de una estrella? Y cada ser viviente, inteligente o no, en aquel último segundo, sirvió para alimentar el mismo mensaje en la mente cósmica panspérmica, haciendo posible a cada criatura que siguiera viviendo en las infinidades del oscuro continuo. Escucha, hermanito, si caminas; te arrastras, nadas en las aguas, te escondes en una madriguera o vuelas… cuando los cielos se llenan repentinamente de torrentes de luz, consigues tu paz, consigues tu paz…

Tavernor sintió aumentar su júbilo interno, parecía hallarse en el umbral de la comprensión de algo importante, y entonces, porque la emoción era un producto de su individualidad, se perdió el nebuloso contacto, con un acelerado anhelo de volver al estado normal. Y fue un momento de decepción; pero incluso aquello se desvaneció en algo menos que un recuerdo. Tavernor volvió a encender su pipa, e intentó acostumbrarse a la alterada apariencia de cuanto le rodeaba. Las declaraciones publicadas y difundidas por el Departamento de Guerra, habían expresado que la estrella Neilson durante dos semanas llegaría a ser aproximadamente un millón de veces más luminosa de lo que hasta entonces había sido, pero que aún así no llegaría a la milésima parte del brillo del propio sol del sistema del planeta Mnemosyne. El efecto era muy similar al producido por la luz de la Luna en la Tierra, según comprobó Tavernor. Solo lo repentino de su aparición había producido pavor, la sorpresa y el conocimiento de lo que pudiera suceder tras el fenómeno.

El sonido de una máquina de tierra aproximándose desde la dirección de El Centro perturbó la ensoñación de Tavernor. Prestando atención al ruido del motor, reconoció el coche costoso y de zumbar suave de Lissa Grenoble, incluso antes de que sus faros mostraran la luz de color topacio a través de los árboles. Su corazón comenzó a latir con más fuerza. Permaneció inmóvil hasta que el vehículo casi llegó a la casa, dándose entonces cuenta que estaba tratando deliberadamente de mostrar los atributos que más admiraba ella en él, su solidez temperamental, su autosuficiencia y su fuerza física. «No hay hombre más tonto que un hombre de mediana edad presumido», pensó Tavernor, al retirarse de la pared en que estaba apoyado.

Abrió la portezuela del vehículo en la parte destinada a1 pasajero y la sostuvo hasta que el vehículo tocó el suelo. Lissa le sonrió con su bella dentadura blanquísima. Como siempre, a la vista de la joven, Tavernor sintió un volcán en su interior. Enmarcado por unos cabellos negros que le llegaban hasta los hombros, el rostro de Lissa aparecía con la nota dominante de una hermosa boca y unos enormes ojos grises. Su nariz estaba ligeramente respingada para formar el conjunto de una belleza clásica. Era un rostro que resultaba casi el arquetipo de la cálida feminidad, perfectamente armonizado con un cuerpo cuyo busto y muslos resultaban ligeramente más amplios de lo que exigía la moda corriente.

—El motor suena todavía muy bien — dijo Tavernor a falta de mejor cosa que decir.

Lissa Grenoble era la hija de Howard Grenoble, el Administrador Planetario; pero Tavernor la había conocido de la misma forma en que usualmente conocía a la gente en Mnemosyne; es decir, cuando le buscaban para reparar una máquina. El planeta se hallaba virtualmente desprovisto de depósitos de metal, y además ningún navío mariposa podía dedicarse a traer carga procedente de la Tierra fuera del cinturón de los fragmentos lunares o de cualquiera de los demás centros manufactureros. Y así, siendo la primera familia de Mnemosyne y la más rica, prefería pagar las repetidas reparaciones hechas a un vehículo que embarcarse en el fantástico costo de importar uno nuevo, sirviéndose de una nave-mariposa, una estación orbital o reactor de línea.

—Pues claro que el motor suena bien — repuso Lissa —. Lo dejaste mejor que nuevo, ¿no es cierto?

—Sin duda has estado leyendo mi expediente de promoción — dijo Tavernor, halagado a pesar suyo.

Lissa dio la vuelta al vehículo, se aferró a un brazo de Tavernor y le atrajo hacia sí a propósito. Él la besó una vez, bebiendo en la increíble realidad de ella, en la forma en que un hombre sediento traga los primeros sorbos de agua. La lengua de Lissa estaba ardiendo, con un calor superior al que cualquier ser humano podía tener normalmente.

—¡Eh! — exclamó Tavernor apartándose de ella —. Has comenzado pronto esta noche.

—¿Qué quieres decir, Mack? — preguntó Lissa con un pícaro gesto.

—Las chispas. Has estado bebiendo chispas.

—No seas bobo. ¿Acaso huelo a chispas?

Tavernor comenzó a oliscar dudoso, echando pronto la cabeza hacia atrás al querer ella pellizcarle la punta de la nariz.

El aroma volátil de los prados en verano, propio de las chispas, estaba ausente; pero él no se quedó por completo satisfecho. Tavernor no bebía jamás aquel líquido productor de sueños, prefiriendo el whisky; otra forma de recordarle que Lissa tenía diecinueve años y él treinta años más que ella. La gente ya no mostraba apenas su verdadera edad, y así casi no existía una barrera física entre ellos; pero a pesar de esto los años estaban insertos en su mente.

—Entremos — indicó Tavernor —. Vámonos fuera de la vista de esta luz fantasmal.

—¿Fantasmal? Pues a mí me parece romántica…

Tavernor frunció el ceño.

—¡Romántica! ¿Sabes lo que significa? — Y miró hacia arriba al intenso punto de luz y poco después, ya más fácilmente, al objeto en que se había convertido en el firmamento la estrella Neilson.

—Sí, por supuesto. Eso significa que están abriendo una ruta comercial de alta velocidad hacia Mnemosyne.

—No — Tavernor sintió que volvía a sufrir una fuerte tensión —. La guerra viene por ese camino.

—Ahora eres tú el que te portas como un bobo.